La dialéctica del amo y la esclava: “La sonata a Kreutzer”, de Lev Tólstoi

 

"La sonata a Kreutzer" (1901), lienzo de René François Xavier Prinet.

“La sonata a Kreutzer” (1901), lienzo de René François Xavier Prinet.

Por Ignacio González Orozco.

Lev Nikolaiévich Tólstoi (1828-1910), uno de los mayores retratistas de almas de la literatura universal, descendía de familia con prosapia nobiliaria (le correspondió el título de conde), cursó leyes y sirvió en el ejército, como oficial, durante las guerras del Cáucaso y Crimea (1853-1856). En tales lances incubó sus ideales antibélicos y pacifistas, que algunos comentaristas han calificado como propios de un “anarquismo cristiano”, y en el adjetivo no yerran, pues el escritor ruso creía firmemente en un providencialismo divino, con repercusión efectiva sobre la secuencia de lo solo azaroso en apariencia. Recluido desde 1862 en la propiedad familiar de Yasnaya Poliana, Tólstoi se centró tanto en el ejercicio literario como en la creación de una comunidad campesina basada en principios humanitarios.

Familiarizado con todas las tendencias literarias y del pensamiento de su época, ningún aspecto del virtuosismo narrativo escapó al autor ruso: por igual fue maestro en la descripción de ambientes y el retrato psicológico de los personajes, en el relato de acción y la prosa reflexiva. Publicó en 1852 su primera novela, la autobiográfica Infancia, y a ella siguieron una treintena de obras, la mayoría también narraciones, entre las cuales pueden destacarse títulos como Los cosacos (1863), Guerra y paz (1865-1869), Ana Karenina (1875-1877), La muerte de Iván Ilich (1886), La sonata a Kreutzer (1889) y Resurrección (1899). La crítica suele ensalzarlo como campeón del realismo decimonónico.

La sonata a Kreutzer toma nombre de una célebre pieza de Ludwig Van Beethoven y está considerada como creación inaugural de la tercera etapa literaria de Tólstoi, orientada hacia la crítica de las convenciones morales de la sociedad de su tiempo desde una perspectiva mística, pero también heterodoxa, que le valió el anatema de la jerarquía religiosa rusa. En concreto, La sonata… arremete contra una las instituciones más reputadas de nuestra civilización, el matrimonio, al considerarlo mero subterfugio de la sensualidad desbocada del varón y, por tanto, institución opuesta al verdadero amor, de cariz espiritual, que Jesús predicó en el Evangelio.

El protagonista, Pózdnyshev, es un hombre de posición acomodada que ha vivido la experiencia conyugal como una tortura, hasta el extremo de que para salir de ella solo encontró la senda más luctuosa: el crimen. Durante un viaje en tren, el criminal pondrá al corriente de los pormenores de la tragedia a su compañero de vagón, con el cual ha entablado casual plática (más bien se trata de un discurso y por cierto muy sentido, exaltado a veces). A lo largo de esa disertación, Tólstoi evidencia su habilidad para cartografiar de un modo ordenado y creíble todos los accidentes del alma de su personaje; la novela discurre con fluidez entre el relato y la meditación, que se compaginan de modo admirable en la presentación, nudo y desenlace de un asesinato anunciado de antemano. A diferencia de obras anteriores del autor, desaparece en La sonata… el juego dialéctico entre belleza y ruindad, bondad y malicia, heroísmo y vileza, que favorecía la inclusión de pasajes de hondo lirismo; la historia de Pózdnyshev comulga con el naturalismo de Zola, pues no abandona en ningún momento la travesía de los bajos fondos del espíritu humano.

El argumento central esgrimido por Tólstoi contra el matrimonio alude a su consustancial hipocresía; juzga este sacramento y estado civil como mera farsa, un subterfugio de honorabilidad para la sensualidad desbocada del varón (fuerza incontenible, superior incluso a la costumbre). Sostiene, empero, que la principal fuente de pulsión tan lasciva no proviene del instinto, sino de la educación. El autor se erige en temprano crítico de las directrices patriarcales que presiden las relaciones humanas, al sostener por boca de Pózdnyshev que el varón es educado en la creencia de su protagonismo absoluto en los asuntos del placer carnal, principio que implica la consideración de la mujer como simple medio para satisfacer sus apetitos. Así pues, el matrimonio aporta el acta de la propiedad varonil sobre quien se convierte en su esposa.

Aparte de este fingimiento esencial, prosigue Pózdnyshev/Tólstoi, el edificio del casorio está erigido sobre un error de cálculo, pues no se puede amar de modo indefinido, sin experimentar saciedad. Sobre todo si se considera que el amor –insiste: siempre carnal– no es un flujo continuo de sentimientos; bien al contrario, se demuestra inestable en su manifestación, irregular en la práctica, caprichoso en su intensidad. Durante los períodos transitorios entre las fases eróticas de la relación conyugal, cuando los encantos sensuales se diluyen ora en el cansancio ora en el hastío, los ánimos de los esposos son campo abonado para la discordia, el rencor e incluso el crimen. Ya lo dice Pózdnyshev: “El enamoramiento se había extinguido con la satisfacción de la sensualidad y nos habíamos quedado el uno contra el otro en nuestra verdadera relación, es decir, dos egoístas que se veían como completos extraños el uno para el otro, y que deseaban recibir cuanto más placer mejor el uno del otro.”

Tólstoi se atreve a proponer un remedio para este desaguisado universal: cambios en la educación sumados a dieta y metódico ejercicio físico… Pero duda de su necesidad última, pues un mensaje nihilista explícito campea sobre tanta reflexión: ¿debe perdurar la especie humana?, se pregunta Pózdnyshev. En su visión poco adánica, la vida social, pretendidamente alejada del instinto, tampoco cae en la santidad sino en una farsa de ribetes sanguinarios. Sin más fin aparente que perpetuarse, la vida carece de una finalidad ajena a sí misma y es por tanto inabordable desde una perspectiva ética. Y aun si tuviera sentido, sigue torturándose Pózdnyshev, ¿no debería concluir al alcanzarse su meta, puesto que el resto del tiempo por vivir carecería de justificación? (¡si hubiera conocido Tólstoi la teoría del gen egoísta…!).

¿Participan activamente las mujeres de esta tragicomedia? Sí, nos indica el autor, porque están imbuidas del mismo esquema ideológico que los hombres. De ahí que colaboren en la reproducción material del estereotipo femenino servido al desafuero de los instintos varoniles. Por supuesto, el individuo fémina busca vías para resarcirse de su subordinación sexual –seguimos con el argumento original de la novela– mediante la manipulación de la voluntad y las acciones del marido en pro de sus caprichos materiales. Podría leerse este aserto como trasunto conyugal de la dialéctica del amo y el esclavo expuesta por Hegel en la Fenomenología del espíritu, si no se viera limitado –dada la propia argumentación del autor– a las condiciones de vida de las clases altas, pues no se colige qué satisfacción de ningún tipo tendría la esposa de un pobretón, sometida a unas condiciones de vida miserables aparte de sufrir la salacidad de su marido.

Las alegaciones del genial novelista ruso pueden sonar a reclamo de precursor en las palabras de un hombre del siglo XIX, pero no tomemos gato por liebre, tan solo se trata de convergencia en los mensajes. En Tólstoi, cuanto semeja apología de la libertad individual no es sino reflejo de un providencialismo severo, que no reconoce otra posibilidad de conducta moral más allá de la sumisión a los designios inescrutables de Dios, entre los cuales figura un orden natural donde la coyunda no tiene más sentido que la procreación y la virginidad devenga beneficios espirituales superiores. Por lo tanto, planea sobre todos sus argumentos un desprecio militante con respecto a la sensualidad, que insufla tantas manifestaciones de la creatividad humana. Como se ve, las apariencias nos siguen engañando, sobre todo cuando profesamos una admiración confesa a la pluma de este titán de las letras.

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