Clavos

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Por Juan Carlos Vicente. Puso la mano derecha sobre la barra y dejó que sus párpados cayesen. Necesitaba esos segundos de oscuridad previos como una medida de tiempo; significaban el inicio, una orden directa con la que el cuerpo se preparaba para trabajar. Abrió los ojos y levantó la mano izquierda sobre su cabeza con un giro circular del brazo, la muñeca levemente doblada, segura pero sin mostrar rigidez, el tipo de movimiento que inicia algo, que nos advierte y reclama nuestra atención. Giró los pies hacia fuera sobre el eje de los tobillos y flexionó su rodilla izquierda subiéndola por la superficie de su pierna derecha. Entonces se miró en el espejo que cubría por completo la pared donde se anclaba la barra y liberó su mano.

Bailar era prescindir del pensamiento, mutilar el recuerdo. Con los años, había llegado a la conclusión de que el cuerpo funcionaba mejor sin la corrupción de la memoria. Las imágenes eran poderosas, enemigos que estaban dentro de ella y de los que nunca podría deshacerse por completo. Mientras bailaba no lo sabía, solo era el movimiento mecánico de los huesos, la adherencia de la carne, la tensión de los músculos convertida en un lenguaje impenetrable.

Su visión conectaba con la visión del espejo en ráfagas de segundos, pero no era realmente ella o no se reconocía.

Fue girando hasta el centro de la sala sobre la punta de los dedos de sus pies, las zapatillas golpeaban la tarima igual que clavos, se anclaba al suelo con cada paso de baile, cada movimiento dependía del siguiente y del anterior, nada se exponía al azar o a la casualidad.

La danza era una de esas cosas de las que no podía desligarse, abandonar.

Saltó y extendió sus piernas por completo, abiertas durante una fracción de tiempo en el aire, luego cayó y se convirtió en un ovillo de brazos y piernas, la espalda protegiendo al resto, el caparazón de un animal indescifrable transformándose, a través de la música, en un animal diferente.

Dejó que se extinguieran las últimas notas y se levantó. Observó tras el cristal que delimitaba la sala, a las niñas preparadas, esperando a que ella terminara y les diese permiso para acceder a su clase. Algunas estaban sonriendo, expectantes, otras parecían

aburridas, obligadas a mantener su presencia allí. Les hizo pasar y cada una de ellas ocupó su posición en la barra, frente al espejo. Pensó que no era fácil adivinar, saber cuántas de ellas serían doblegadas, partidas por la mitad, en seco.

Se arrepintió de aquel pensamiento al instante, de cómo surgían de la nada, avalanchas que la arrasaban desde dentro sin importar el sitio donde se encontrase.

Dio la orden y las niñas comenzaron con el primer movimiento, todas a la vez, los compases iniciales de una coreografía que había permanecido sin vida durante tres décadas y que ahora parecía algo nuevo, limpio. Ella quería desvanecerse en esa pulcritud, en la inocencia de aquellos cuerpos inmaculados que sin duda mostraban una cualidad irrecuperable.

Dos palmadas y abandonaban el apoyo de la barra. Otras dos y se convertían en figuras diseminadas por el espacio de la sala, a merced del reflejo del espejo, de la imagen que multiplicaba y amplificaba sus errores. Caminó por la sala realizando los mismos movimientos con las manos agarrando la toalla blanca que colgaba de su cuello. No quería que la imitasen, quería que encontraran su propia disciplina, una fuerza que a ella misma le había sido arrebatada y que tardó años en recuperar.

Se ovillaba para protegerse, las manos le parecían estar llenas de excrementos o de una podredumbre indefinible; las apartaba y retomaba la posición vertical, arañaba el aire, lo hacía girones delante de la clase.

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