La chica de los ojos verdes, por Edna O’Brien

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Era una tarde lluviosa de octubre, y yo copiaba las cuentas de septiembre del libro de registro, un grueso tomo gris. Trabajaba en una tienda de ultramarinos en la zona norte de Dublín desde hacía dos años.

Mi jefe y su esposa eran gente de campo, igual que yo. Eran amables conmigo, pero muy exigentes también, y me habían prometido un aumento a principios del año siguiente. Nada me hacía sospechar que para entonces ya me habría ido de allí, en pos de una vida diferente.

Debido a la lluvia había pocos clientes, así que rellené apresuradamente las facturas y retomé mi lectura. Bajo el libro de contabilidad había escondido otro para poder leer sin miedo a que me pillaran.

Era un libro precioso, aunque triste. Se llamaba Suave es la noche. Me saltaba la mitad de los párrafos, ansiosa por leerlo deprisa, porque quería descubrir si el protagonista dejaría o no a la mujer. Los mejores hombres habitaban en los libros: hombres extraños, complejos, románticos; los que yo más admiraba.

No conocía a ninguno con esas cualidades, salvo el señor Gentleman, y a él llevaba dos años sin verlo. Ya no era más que una sombra, y lo recordaba igual que una recuerda un vestido bonito que se le ha quedado pequeño. A las cuatro y media encendí la luz. La tienda parecía aún más destartalada bajo la luz artificial, las estanterías criaban polvo y el techo no lo habían pintado desde que yo había entrado a trabajar allí. Estaba todo agrietado. Me miré en el espejo para comprobar si tenía el pelo bien. Íbamos a salir esa noche, mi amiga Baba y yo. El espejo reflejaba una cara redonda y tersa. Metí las mejillas hacia dentro para parecer más delgada. Cómo me habría gustado ser flaca como Baba.

-Parece como si fueras a tener un bebé –me había dicho ella la víspera al verme en camisón.

-No digas disparates –le respondí. Me angustiaba sólo de imaginármelo. Baba siempre andaba provocándome, aunque sabía perfectamente que yo nunca había ido más allá de los besos con el señor Gentleman.

-Es lo que les pasa a las paletas tontorronas como tú en cuanto bailan con un muchacho –había insistido al tiempo que abrazaba a un hombre invisible y bailaba un vals entre las dos camas de hierro. Luego estalló en una de sus locas carcajadas y sirvió ginebra en las tacitas de plástico transparente donde teníamos los cepillos de dientes, encima de la mesilla de noche.

A Baba le había dado por llevar una botellita de ginebra en el bolso. No es que nos agradara el sabor del gin-tonic, pero nos encantaba su aspecto: admirábamos, cautivadas, su gélido color azulado cuando nos despatarrábamos en nuestras camas duras, bebiendo y comportándonos como si fuésemos chicas mundanas.

Baba había regresado a la casa de los huéspedes de Joana tras su estancia en el sanatorio, y todo había vuelto a ser como en los viejos tiempos, sólo que ni ella ni yo teníamos novio. Por supuesto, salíamos y entrábamos –sin echarnos novio formal- , pero las citas entrañaban sus riesgos.

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Edna O’Brien (Tuamgraney, Irlanda, 1930) es una de las voces más prestigiosas de la narrativa en lengua inglesa de nuestro tiempo, aclamada tanto por la crítica como por los más prestigiosos autores contemporáneos.
Su carrera literaria arrancó con la novela que Errata naturae publicó con gran éxito hace apenas unos meses, Las chicas de campo (1960), que le proporcionó fama mundial, tanto por su calidad literaria como por reivindicar la independencia de las mujeres en un ambiente hostil. La chica de ojos verdes, que puede leerse sin conocer el libro anterior, amplía las aventuras de las dos protagonistas de aquella primera novela.

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