Te estás muriendo, y ahora, ¿qué vas a hacer?

VIVERO RODRÍGUEZ, Roberto. Cáncer de piel. Barcelona: Ediciones Oblicuas, 2014, 128 págs. PVP: 14€

Hay dos preguntas que todos nos hemos hecho alguna vez: ¿Qué haría si me tocase tanto dinero como para no tener que trabajar en toda la vida?, y ¿qué haría si me dijesen que me quedan unos meses de vida? Ambas preguntas nos enfrentan de manera radical a lo que ya hacemos a diario: gestionar nuestro tiempo, nuestra vida. En Cáncer de piel, Roberto Vivero nos propone, a través de su protagonista, un viaje y una experiencia que ofrecen una respuesta a la segunda pregunta.

Cáncer de piel - PORTADA

En esta novela breve, ganadora del VII Premio de Narrativa Ediciones Oblicuas 2013, escrita en primera persona en forma de diario, de un diario que se va deshaciendo formalmente igual que se deshace la piel y la vida del protagonista, el narrador se presenta como un individuo cínico y desengañado que, sin embargo, al ir desvelándonos su pasado, va iluminando con su lucidez insobornable no solo sus rincones oscuros, sino también, y como si se tratase de su secreto mejor guardado, sus lugares más luminosos, esos que son tan difíciles de alumbrar. Este protagonista narra desde una posición en la que la cultura forma parte esencial de su propio ser y, así, en las primeras páginas hace un examen de las posibles justificaciones para escribir un diario y repasa, brevemente, lo que considera los límites entre los que se mueve todo diario. Pero este hombre no es tan sencillo de desentrañar como parece, y su lucidez también ejerce un trabajo de ocultación destinado, paradójicamente, a mostrar algo más, algo que no se dice y que, quizá, no puede decirse: lo que calla nos informa de igual manera que sus palabras, y aquello para lo que no se puede encontrar justificación ni sentido surge ante nosotros en toda su desnudez como un ser desollado.

 

Escrita con soltura, rapidez y pericia, la narración avanza por los hechos punteándolos con reflexiones que en ningún momento se hacen pesadas ni pedantes. Y, con todo, tanto la narración como las reflexiones del protagonista no eximen a este de su exposición a las propias imposibilidades. De hecho, el protagonista, que pasa por un tipo culto, es un buen ejemplo de ese tipo de cultura e inteligencia estéril que no puede crear y que, por lo tanto, acaba cayendo en la esterilidad de la crítica y la repetición. El recurso a lo que el protagonista calla se evidencia, por ejemplo, en su relación de diarios ejemplares: no menciona los de Musil o los de Kafka, por ejemplo, lo que nos indica que estos le hieren al reconocer en la inteligencia del primero y en la creatividad del segundo piedras de toque para su propia esterilidad, para su muerte en vida, para su vida que es un irse siendo y un ir no-siendo con un principio y un final tan absurdos, tan nada como la nada antes y después de la vida. Llegada la hora de la verdad, cuando el protagonista ha explorado también la muerte desde la propia muerte en una especie de orgía sangrienta y fría, este se encuentra detenido en el vacío de un angustioso instante que no puede terminar porque el pasado se ha agotado antes de tiempo y porque ya no había tiempo para el futuro.

 

Roberto Vivero (ganador del III Premio de Novela Corta Fundación MonteLeón 2014 con Violaciones) ya nos había sorprendido en Las fieras (Baile del Sol, 2009) con unos textos en los que el dominio técnico se ponía al servicio de una dureza propia de quien investiga la pureza del mal. Aquí parte del cáncer siguiendo la tradición literaria que desde Homero hasta Camus, pasando por Boccaccio, Defoe o Thomas Mann, ha hecho de la peste el memento mori que hace que el hombre sea plenamente consciente del tiempo y de su finitud. Cáncer de piel sigue también la estela temática de La muerte de Iván Ilich o de La hermana, de Márai. Estamos, pues, ante una narración de gran coherencia temática y formal, que hunde sus raíces en la tradición literaria, y que engancha al lector gracias a una técnica que lo lleva por los vericuetos del análisis psicológico y que concluye en un final que, como la muerte misma, no por sabido deja indiferente: más bien, todo lo contrario.

 

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