Fragmentos de “El Libro de la perfecta vacuidad” (Lie Zi)

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Retrato pictórico de Lie Zi

Continuando con nuestra costumbre de traer a esta sección lo más granado, en materia de sabiduría, de las diferentes tradiciones culturales del mundo, hoy presentamos una serie de meditaciones que forman parte de “El Libro de la perfecta vacuidad”. Esta obra es conocida en China como Lie Zi, el nombre del maestro legendario del siglo V a. C a quien se atribuye su autoría, y constituye una de las exposiciones filosóficas más destacadas del sistema religioso y de pensamiento oriental conocido como Taoísmo.

El estilo sencillo y narrativo que caracteriza el escrito en su conjunto permite descubrir poco a poco, sin prisa y sin dificultades, un caudal teórico abundante y enriquecedor, una cosmovisión de la que aprender y sobre la que reflexionar detenidamente, pues nos enseña matices de la realidad que los occidentales no solemos tener en cuenta o que, directamente, ignoramos. Sin más preámbulos, pasen y lean:

1- Cien años es el límite máximo de la longevidad. No hay uno solo entre mil que a ellos llegue. Y si alguien llegase, casi la mitad de ese tiempo lo ocuparía una infancia necesitada de protección y una vejez confusa que requiere ayuda. El descanso del sueño nocturno y la ociosidad vivida por el día representaría casi otra mitad. Y lo mismo, sufrimiento, enfermedades, penas y sinsabores, pérdidas, fracasos, tristezas y temores. De los diez años que restan, el tiempo transcurrido a gusto y en plena libertad, sin la menor preocupación, apenas alcanzaría la media hora. ¿Qué puede hacer, entonces, el hombre durante su vida? ¿Dónde buscar contento? Sólo queda la belleza y el placer, los sonidos y los colores. Mas belleza y placer nunca procuran una satisfacción prolongada y tampoco dura el encanto de colores y sonidos. Además ahí están las prohibiciones y obligaciones que se te imponen con castigos y recompensas, y la fama o las leyes que te empujan o te frenan. Luchas sin descanso por conquistar una efímera fama vacía, te esfuerzas tras una gloria inútil que sobreviva a tu muerte. Solitario, refrenas tus sentidos, preocupado por la moralidad de las tendencias de tu cuerpo. Pierdes vanamente el disfrute supremo del presente, incapaz de sentirte libre en cada instante. ¿Qué diferencia puede haber entre esta vida y la del prisionero cargado de cadenas? Los hombres de la remota antigüedad sabían muy bien que la vida es efímera, que la muerte pronto llega. Por eso se movían a impulsos de una mente libre y no renunciaban a las inclinaciones naturales. Ni dejaban escapar en cada ocasión lo que pudiera agradar al cuerpo. De ahí que no actuaran en busca de la fama. Libres y obedientes a su propia naturaleza, no se oponían a las inclinaciones de los demás seres ni les interesaba la fama tras la muerte. De modo que el castigo carecía para ellos de sentido. Y sin cuidado les tenían fama, jerarquías, y hasta la posibilidad de una larga vida.

2- Tian de Qi daba en el jardín de su casa un banquete al que asistían mil comensales. Cuando se sirvíó el pescado y los patos, Tian lanzó un suspiro y dijo: “¡Cuán generoso es el cielo con el hombre! Para su provecho hace crecer los cinco cereales y nacer los peces y las aves”. La aprobación de todos los invitados resonó en el jardín.
El hijo del señor Pao, de doce años, que estaba sentado en segunda fila, avanzó y dijo: “Las cosas no son como dice usted. Todos los seres del mundo son de diferentes especies, pero su vida en nada difiere de la nuestra. No se puede decir que unas especies sean nobles y otras despreciables. La jerarquía entre ellas se basa en el tamaño, la inteligencia o la fuerza. Una se comen a las otras, pero eso no es algo determinado por su propia naturaleza. El hombre se apodera de aquello que le sirve de alimento y se lo come, mas ¿cómo podría afirmarse que el cielo lo ha engendrado para el hombre? Los mosquitos y los cínifes nos pican la piel y los tigres y lobos devoran la carne humana, ¿acaso se puede decir que el cielo ha engendrado al hombre para los mosquitos y la carne humana para los tigres y lobos?.

3- Un hombre perdió su hacha. Sospechaba del hijo de su vecino. Al observar su forma de caminar, le parecía que era la propia de un ladrón de hachas; su fisonomía, la de un ladrón de hachas; todos sus movimientos y gestos eran sin excepción los propios de un ladrón de hachas.
Al poco tiempo, el hombre fue a cavar al valle y se encontró su hacha. Al día siguiente, cuando volvió a ver al hijo de su vecino, ni uno solo de sus movimientos o gestos le parecieron los de un ladrón de hachas.

4- Al principio el maestro Lie Zi gustaba de viajar. Hu Qiu zi le preguntó: “A Yu kou le gusta viajar, mas ¿qué placer puede uno obtener de los viajes?”. Lie Zi le respondió: “La satisfacción de un viaje consiste en disfrutar de las novedades. La gente cuando viaja contempla lo que ve; yo cuando viajo, contemplo los cambios (de la naturaleza). ¡Viajar! ¡Viajar! Nadie puede saber lo que es un verdadero viaje”.
Hu Qiu dijo: “Los viajes de Yu kou son como los de los demás, ¿cómo puedes decir que viajas de forma diferente? Todo el mundo al ver las cosas ve siempre sus cambios. Dices que disfrutas con las novedades de las cosas y no sabes que el propio yo se renueva también constantemente. Te entregas a viajes exteriores. Te entregas a viajes exteriores y no sabes entregarte a la contemplación de tu interior. El que viaja por el mundo exterior busca su complemento en las cosas; el que contempla su interior se realiza en sí mismo. Realizarse en sí mismo es el viaje perfecto. El buscar plenitud en las cosas exteriores es un viaje fallido”. A partir de entonces Lie zi no volvió a salir de viaje en toda su vida; consideraba que no sabía viajar.
Hu Qiu zi dijo: “¡Viaje perfecto! Perfecto viajero es el que no sabe adónde va, perfecta contemplación es no saber lo que se mira. Todas las cosas son motivo de viaje, todas las cosas son objeto de contemplación. He ahí lo que llamo viajar, lo que yo llamo contemplar. Por eso digo: ¡Viaje perfecto! ¡Viaje perfecto!”.

5.- Un hombre llamado Hua zi, que vivía en Yang li, en Song, cayó en un estado de amnesia a mitad de su vida. Por la tarde olvidaba lo que había tomado por la mañana; a la mañana siguiente olvidaba lo que había dado la tarde anterior. Cuando iba a algún sitio, se le olvidaba caminar; en casa, se le olvidaba sentarse. Si ahora no recordaba lo que acababa de hacer poco antes, al cabo de un rato tampoco iba a recordar lo que ahora estaba pasando. Su familia estaba amargada. Todo fue inútil. Ni los adivinos pudieron descubrir con sus cábalas la causa de la enfermedad, ni liberarle de ella las invocaciones de un brujo, ni dominarla los remedios de un médico.
Un letrado de Lu se ofreció para curarle. La mujer y los hijos de Hua zi le prometieron la mitad de su hacienda si lo conseguía. El letrado les dijo: “Si trata de un caso que no se puede remediar ni con cábalas, ni con invocaciones, ni recurriendo a las medicinas. Yo lo que haré será intentar modificar su mete, cambiar sus pensamientos. Así, puede que se restablezca”.
Acto seguido dispuso una serie de pruebas. Hizo que le desnudaran y él reclamó la ropa; le tuvo sin comer y exigió comida; le dejó a oscuras y pidió luz. Entonces el letrado dijo satisfecho a la mujer e hijos de Hua zi: “Se puede curar la enfermedad. Sin embargo, mi método es algo secreto que no se puede divulgar”. Despidió a todos y se quedó a solas con el enfermo durante siete días.
Nadie supo que hizo éste con el enfermo, mas el hecho fue que una enfermedad acumulada a lo largo de los años desapareció una mañana.
Al recobrar la plena conciencia, Hua zi se puso furioso. Recriminó a su mujer, castigó a sus hijos y, con una lanza en la mano, salió corriendo detrás del letrado. Las gentes de Song le sujetaron y le preguntaron por qué se comportaba de aquella manera. Hua zi les explicó: “Antes, sumido como estaba en un estado de amnesia, en mi profunda indiferencia ni siquiera sabía si existen o no el cielo y la tierra. Al recobrarme ahora, surgen en mi mente en caótica confusión todos los logros y pérdidas, éxitos y fracasos, penas y alegrías, amores y odios, de los últimos decenios. Y mucho me temo volverán a turbar mi mente nuevos logros y pérdidas, éxitos y fracasos, penas y alegrías, amores y odios. ¿Podré volver al estado que acabo de perder?“.

6.- Un antiguo aforismo reza así: “Ten compasión de los vivos y olvídate de los muertos“. Excelente aforismo. El principio de la mutua compasión no se reduce al mero sentimiento. Se debe aliviar al que está agobiado, saciar al hambriento, ayudar al indigente. En cuanto al “olvidarse de los muertos” no significa prescindir de llantos y lamentaciones en caso de fallecimiento, sino abandonar la costumbre de introducir en la boca del difunto perlas y jades, de enterrarlos con vestidos de seda y brocado, ofrecer animales como sacrificio y colocar en su tumba objetos funerarios.

7. En el mundo hay un camino que siempre lleva a la victoria, y otro que inevitablemente nos aparte de ella. El que siempre lleva a la victoria se llama debilidad; el otro, el que inevitablemente nos aparta de la victoria, se llama fuerza. Los dos son fáciles de descubrir, pero el hombre no los conoce.
Por eso, en la remota antigüedad, se decía: “Los fuertes vencen a quienes lo son menos que ellos; los débiles vencen por sí mismos. Los primeros se encuentran en grave peligro en cuanto tropiezan con un igual; los segundos nunca se encuentran en peligro. (…)
Yu zi dijo: “Si quieres dureza, deberás conservarla mediante la blandura. Si quieres fortaleza, deberás guardarla mediante la debilidad. Si te mantienes en la blandura, te harás duro; si te mantienes en la debilidad, te harás fuerte. Si observas con atención en qué se mantienen los hombres, podrás prever su futuro, desgracia o felicidad. El fuerte triunfa sobre el que lo es menos que él, pero cuando tropieza con alguien igual de fuerte debe endurecerse; la victoria del blando reside en él mismo, lo que le confiere una fuerza inconmensurable.
Dice Lao Dan: “Las armas fuertes atraerán la ruina, el árbol vigoroso se quiebra. La blandura y la debilidad son atributos de la vida; la firmeza y la dureza son atributos de la muerte“.

(Fuente: El libro de la perfecta vacuidad“, Lie Zi, Ed. Kairós)

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