Algunas reflexiones sobre Podemos (II): La llave inglesa

Por Daniel Lara de la Fuente.

10717466_667552670010235_1399270975_nEn el texto inicial de estas consideraciones, algunas cuestiones -o quizá demasiadas- fueron planteadas excesivamente de soslayo. Entre otras, cabría destacar la que gira en torno a la palabra cuyo carácter vírico va alcanzando paulatinamente cotas de repetición papagayesca: ¿qué es eso de la casta? ¿De dónde diantres viene?

La respuesta a la primera pregunta seguramente sea más o menos intuitiva para alguien medianamente avispada, dando por hecha la ausencia de sofisticación en el diagnóstico – cosa que en la arena política realmente existente importa más bien poco – a la que va inevitablemente unida la palabrita fetiche. Por tanto, si el mequetrefe autor de este texto se molestara en hacer una redundante definición de lo ya dicho, la cosa perdería su gracia, por lo que el objetivo será divagar, dentro del formato permitido, sobre la segunda pregunta.

Si se mira detenidamente la pregunta “¿de dónde viene la casta?”, ésta podría llevar a un equívoco, el cual podría a su vez conducir a pensar este concepto meramente en tanto llave inglesa discursiva. Y en parte lo es, obviamente. Pero las ventajas que ofrece esta llave van más allá de eso: dice la prestigiosa Wikipedia: “La llave inglesa es una herramienta manual utilizada para aflojar o ajustar tuercas y tornillos. Su abertura es ajustable (posee una cabeza móvil) lo que le permite adaptarse a diferentes medidas de pernos o tuercas[…] La diferencia entre la llave inglesa y las llaves fijas está en la capacidad de la primera de ajustar su boca a la medida del elemento que va a montar, haciendo posible el uso de una misma herramienta para una infinidad de medidas posibles, lo cual requeriría un gran número de llaves fijas”.

Si se es honesto, quizá una de las lecciones que pueden aprenderse del pasado sea alejarse del empecinamiento en creer fantasiosamente que, finalmente y después de un proceso de hipóstasis, toda la muchedumbre primeramente desordenada y después presuntamente dormida por el consumismo de la sociedad administrada acabaría encajando en la llave fija, produciéndose el acontecimiento tan largamente esperado: la revolución advendría. En los momentos de crisis de legitimidad- bajo las cuales muchas de las revoluciones del pasado pudieron incubarse-, cuando el hartazgo generalizado siempre aparece canalizado en diferentes reivindicaciones, siempre se pensó que habría algo común necesariamente subyacente a todas ellas. ¿Podría pensarse hoy día lo mismo de los acontecimientos y movimientos del último lustro en el Reino de España? ¿De verdad puede pensarse que la PAH, JSF, el vecindario del barrio de Gamonal, las distintas mareas, o las protestas por las estafas de las preferentes entre muchos otros sucesos y movimientos, se articulan por sí solos como un proyecto político? ¿o más bien, como recetó hace casi treinta años el duo dinámico del postmarxismo, para hacer algo más que comerse los mocos, han de ser unidos discursivamente por diferenciación frente a un enemigo?

Esto, tanto en la barra del bar como en un seminario de máster, puede parecer insultantemente obvio. Tal vez lo más desalentador era que hasta ahora, no se había hecho nada al respecto. Es aquí cuando aparece nuestro coletas preferido exhibiendo su pico de oro por la televisión, uniendo cabreos múltiples mediante algo tan sencillito como lo es la palabra casta. He aquí la llave inglesa que se adapta como un guante al gusto del consumidor o, como pulcramente escribe Laclau coqueteando, como casi nunca dejó de hacer, con Althusser, la “sobredeterminación de luchas parciales” que hace que cada reivindicación que da a luz un acontecimiento político sea percibida como acto de oposición general al sistema.

¿Qué se ha conseguido de momento con esto? Citando esta vez literalmente a nuestro entrañable argentino, ni más ni menos que lo siguiente: “1) la formación de una frontera interna antagónica separando el “pueblo” del poder; 2) una articulación equivalencial de demandas que hace posible el surgimiento del pueblo”(1).

Ojo, y sólo falta un pasito para la tercera digievolución: la metamorfosis de lo que es en un principio “ un vago sentimiento de solidaridad […] en un sistema estable de significación” (2). En cristiano: la construcción de una identidad común, o como dice el astuto líder intelectual podemista en la sombra, “un nosotros que padece la problemática [y] una motivación, referentes o aglutinantes simbólicos para la movilización en pos de los objetivos comunes del nosotros, ahora en constitución”(3). De ahí el vendaval al que aludía en la primera reflexión, que aún está por soplar y cuyas consecuencias pueden ser inéditas.

Normalmente, el discurso cool casta-mode de simplificación discursiva del espacio político siempre ha sido señalado por parte de sus detractores como adolecedor de simplonería, superficialidad y escaso potencial futuro en lo que a la máxima gramsciana del progreso intelectual de las masas se refiere, limitándose a conectar con el sentido común sin mostrar excesivo esmero en ir más allá, en gran parte por temor al debilitamiento de poder aglutinador. Parte de verdad no falta al respecto. Sin embargo, y recurriendo de nuevo al sardo, éste nos advierte que no hay que poner el carro delante de los bueyes, y que repetir lo que la gente tiene latente en sus cabezas por el momento no viene nada mal:

“Crear una nueva cultura no significa sólo hacer individualmente descubrimientos originales, significa también y especialmente difundir críticamente verdades ya descubiertas, socializarlas por así decirlo y por lo tanto hacer que se conviertan en base de acciones vitales, elemento de coordinación y de orden intelectual y moral. El que una masa de hombres sea conducida a pensar coherentemente y en forma unitaria el presente real es un hecho filosófico mucho más importante y original que el hallazgo por parte de un genio filosófico de una nueva verdad que permanece como patrimonio de pequeños grupos intelectuales” (3).

—–

(1)Laclau, Ernesto. “La razón populista”, FCE, 2006, p.99

(2)Íbidem

(3)Errejón, Íñigo. ¿Qué es el análisis político? p.11. El texto se puede encontrar aquí: http://relacso.flacso.edu.mx/que-es-el-analisis-politico

(4)Gramsci, “Cuadernos de la cárcel”, Tomo 4, Ediciones Era, 1986, p.247

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *