Sin pudor; sin miedo

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Por Andrés Isaac Santana.

OLYMPUS DIGITAL CAMERALa obra del artista venezolano -residente en Madrid- Nelson Villasana resulta de una espontaneidad vital que juega con ciertas nociones de “ingenuidad” y de “gravidez” a un mismo tiempo. En ella se descubre ese malabar sinuoso del artífice que desea, antes que nada, travestir el soporte pictórico o la superficie apoteósica del collage en un ejercicio de afirmación, en un acto de reconciliación que advierte de las confluencias y conducciones que se tercian entre el espíritu y la materia. El cuerpo, aquí, viene a ser ese espacio de especulación infinita, ese orden en el que la narración cobra sentido a tenor de las propias demandas que el artista hace de este. Esas anatomías, a modo de huellas homicidas, expanden sus propios límites rivalizando con el margen del soporte que las contiene y muestra. Se revelan en silencio, agazapadas, buscando interpelar a quienes miran. No para afirmar algo, sino, creo, para sugerir, para insinuar, para seducir.

Estas piezas relatan una historia: la del pudor y la del miedo a manifestarnos en nuestra animal humanidad. El desnudo se conduce entonces por una propuesta que, con independencia de su pericia conceptual o de sus conquistas técnicas, busca reflexionar acerca de ese estado de convalecencia en el que los seres humanos dejamos de ser para parecer. La fuerza de sus piezas, si es que podemos hablar de ello en los términos habituales, reside en su capacidad para ir desvelando las posibilidades muchas de un pudor que restringe y asfixia la versatilidad misma de lo que somos.

Tal y como afirma el escritor Pedro J. Ruiz en las palabras que escribiera para la actual muestra del artista bajo el sugestivo título Sin pudor, “nuestro cuerpo, como nuestro espíritu, puede doblegarse, perderse en pliegues y sombras, esconderse detrás del miedo. Pero también abrirse, de frente, sin temor; puede mostrarse a los demás tal y como es, con su perfecta imperfección. Desnudo, sincero, nuestro cuerpo se ofrece, sencillo, ingrávido, ligero, luminoso, y al ofrecerse recibe, se llena, se hace más rico y fuerte. Y nuestro cuerpo alimenta al espíritu, al igual que nuestro espíritu alimenta al cuerpo”. Me temo que este pequeño fragmento apunta, a su modo, hacia la auténtica preocupación que moviliza buena parte del trabajo de Nelson. Me refiero, concretamente, a esa necesidad de reflexión constante sobre las dimensiones de la moralidad que no ofrecen alternativas más allá del aburrimiento y la desidia. Creo que la obra de este creador busca, por sobre todas las cosas, intentar rescatar para el sujeto esa libertad que pueda ser ejercida sin las cortapisas claustrofóbicas y anémicas de un código moral de responsabilidad. Los cuerpos de Nelson expanden las márgenes reduccionistas de los modelos asépticos y se abren, como bien afirma este escritor, hacia territorios festivos y de insubordinación. La idea de que el cuerpo –del tipo que sea- ha ser reglamentado, controlado, escrutado desde el aparato de poder que decide sobre sus placeres y sus goces, queda aquí colapsada de un modo arbitrario.

¿Existe acaso un juego más excitante que el de desobedecer la norma que resulta de esa consideración social ortodoxa que estrangula la polivalencia de lo que en verdad somos? Desde luego que no. Al menos yo conozco pocas. El placer de subvertir un orden de imposición o de coacción reactiva es solo comparable al de la libertad que rebasa el dominio de lo verbal para hundir sus raíces en el ámbito de lo simbólico. Solo allí, ese cuerpo maltrecho, asediado por el peso de las doctrinas que le nombran y le construyen a su imagen y semejanza, se emancipa y goza de su propia autonomía. Se convierte en materia dúctil y amenazante, en soporte de un logos que va más allá de los lugares comunes en el afán de celebrar el oportunismo de la máscara.

Lo corporal sin pudor puede ser entonces un dechado de virtudes o un modelo de vicio. ¿Acaso importa tanto responder a una u otra dimensión si la respuesta conlleva la cláusula de la restricción y del dominio? Lo que importa, lo que en verdad importa es salvaguardar ese “principio de libertad” en el que las dimensiones de lo humano no están reñidas con ninguno de los modelos éticos operantes. Solo así –quizás estos cuerpos lo saben a modo de sospecha- se romperá el vínculo con la estructura hegemónica para celebrar el placer de la propia soberanía.

Puede que respondiendo a esta misma idea sus collages postulan una impresión ciertamente arquitectónica. Sus superficies se hayan cubiertas por barridos de escayola que actúa como elocuente metáfora de esa coraza que habría de destrozar en nombre de la independencia y de la autenticidad de la voz. Las piezas aquí reunidas se convierten en la narración de un drama: ese que, precisamente, habla de la coerción y el ultraje de la libertad de expresión, también del miedo. Los personajes o elementos citados en la superficie (o debajo de esta) pugnan por la liberación de ataduras y actúan como una suerte de catalizador de energías muchas que van y vienen. Su densidad matérica refiere esa carga, pero, al mismo tiempo, alegoriza el peso mismo que todos soportamos en el diálogo con la cultura que nos “expone” y que nos “examina”.

Sería falso, sin embrago, creer que el único propósito de toda esta obra reunida bajo “Sin pudor” es el de la desobediencia o la contestación frente a esas reglamentaciones de las que hemos hablado. Me resiste a creerlo porque una vez ante a ellas se percibe (y mucho) una especie de divertimento, de juego, de placer por hacer, por crear, por construir narrativas que van más allá de la reacción crítica y que responden –por entero- al deseo de expresarse en libertad.

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