El expreso de Tokio, de Seicho Matsumoto

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Por  Marta Marne de Leersinprisa.

A las seis y media de la mañana de un 21 de enero, un obrero cruza la bahía de Hakata colmada de niebla, en Japón. Sobre una oscura superficie de roca descubre dos cuerpos abrazados, inmóviles, con el viento moviendo sus ropas. Se trata de los cadáveres de Kenichi Sayama, subdirector de la sección X del ministerio X, y de una muchacha llamada Toki. Junto a los cuerpos,  una botella de zumo mezclado con cianuro potásico no deja lugar a dudas de los hechos: se trata de un suicidio perpetrado por dos amantes. Se realizan las fotografías oportunas, se toma nota de todo lo encontrado y caso cerrado.

Sin embargo, entre los agentes que llevan la documentación del caso se encuentra Jutaro Torigai, un viejo policía cuyo sexto sentido le dice que hay algo que no encaja. Sayama llevaba en su cartera el recibo de una comida efectuada en el tren que le llevó al lugar de su muerte, recibo que refleja que comió solo. Si los suicidas eran amantes, resulta muy raro que en un viaje en tren que han realizado juntos ella ni siquiera le acompañe con un té.

A partir de esta premisa, comenzará a investigar por su cuenta, partiendo de la forma en la que debieron llegar al punto final los amantes: a través de un viaje en tren. Desandando los pasos de la pareja, tratará de desvelar el misterio y averiguar si realmente se trata o no de un suicidio.

Pero la cosa no queda ahí, recordad que estamos hablando del suicidio de un cargo político. Y, casualidades de la vida, justo en el ministerio en el que trabajaba Sayama se acaba de destapar un caso de corrupción política. Entrará en juego entonces Kiichi Mihara, un joven inspector de la sección segunda de la policía de Tokio. A los pocos pasos de investigar ya tendrá un sospechoso con poderosos motivos para haberse deshecho de Sayama. Pero su coartada parece un muro infranqueable.

De un modo absolutamente riguroso y meticuloso recorrerá paso por paso de su sospechoso los días previos a la muerte de Sayama. Los lugares donde estuvo, los trenes que cogió, los telegramas que envió. No deja ni un solo detalle por investigar. Es tremendamente estricto, sin dejar un solo dato sin comprobar, ni una persona con quien hablar. Recuerda mucho al estilo deductivo de Agatha Christie. Por algo dicen que Matsumoto es el Simenon japonés.

En El expreso de Tokio no encontraréis una novela vertiginosa y acelerada. Todo lo contrario. Aquí todo lleva su tiempo, cada comprobación es exacta y eso conlleva dedicación y mucho trabajo de reflexión. No hay grandes sorpresas, ya que escuchamos cada uno de los pensamientos de nuestros investigadores punto por punto, comprendiendo por donde van sus razonamientos y dejándote llevar por ellos.

Como en toda buena novela negra encontramos cierto toque de denuncia social, en este caso respecto a la corrupción política. También se dejan entrever toques de costumbrismo y aportes para conocer la cultura japonesa: la forma en que debe comportarse una esposa, cómo de mal visto o no puede estar una relación amorosa fuera del matrimonio, como está de instalado el suicidio como una realidad más en la sociedad nipona. Japón es uno de los países con la tasa más alta de suicidio, pero a pesar de ello sorprende cómo se trata de una forma tan natural, sin resultar un gran trauma para los conocidos de los fallecidos sino siendo una forma como otra cualquiera de morir. es

El expreso de Tokio es una novela corta, poco más de 200 páginas, y no es solo la extensión la que se hace corta. Es una novela muy amena que a pesar de lo meticulosa de la trama consigue que no se haga pesada. Una parte fundamental es el estudio de los horarios y los recorridos de los trenes, y algo que a priori podría resultar tedioso consigue plasmarse de un modo fascinante. Hasta tal punto llegó la precisión del autor que los horarios que encontramos en la novela son los reales de los trenes de Japón de 1947.

 

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