Yo he venido a hablar de mi libro

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Por Elena Muñoz

Todo proceso de publicación de una nueva obra  culmina en el día grande: el de la presentación.

Al igual que si fuera un enlace matrimonial, son muchos los palillos que hay que tocar, y muchos los detalles que hay que controlar. No basta con sentarse en una mesa y contar lo bien que ha quedado el libro y lo buena que es la trama.

Yo por mi profesión de gestora cultural he organizado cantidad de presentaciones, participado en otras y asistido como espectadora a bastantes, y he podido comprobar grandes diferencias en cuanto a su resultado.

Empecemos por  la fecha. Hoy en día cualquier acto cultural tiene que bregar con el fútbol. La saturación de partidos hace que sea casi imposible no compartir fecha  con alguno de ellos. No obstante, no todos son del mismo interés, por lo que procuraremos no coincidir con los más destacados.

Sigamos con el lugar. Lo normal, y sobre todo más eficaz, es hacer la primera presentación en un sitio en el que tengamos una respuesta de público importante. Y eso siempre va a ser en nuestro pueblo, en nuestra ciudad. ¿La hora? Ni muy pronto, ni muy tarde. El tramo más tradicional es entre las 19.30 y las 20 horas. Asimismo, hemos de cerciorarnos de que, si vamos a utilizar audiovisuales, el local esté acondicionado pertinentemente y probar los equipos con tiempo para que no fallen.

Después tendremos que elegir la sala que acogerá el evento. Hay que tener en cuenta el número aproximado de personas que pensamos pueden acudir. Si no va a ser muy abundante, no lo hagamos en un auditorio muy grande, en donde quedará destartalado. Es preferible que la gente se quede de pie a que parezca un erial. Conocer los medios de prensa locales, a quienes invitaremos, así como una buena difusión en las redes sociales, con tiempo suficiente, nos permitirá no encontrarnos con una sala vacía.

También hay que tener en cuenta, muy cuidadosamente, quien nos acompañará en la mesa. No cabe duda que un buen presentador puede hacer maravillas a la hora de promocionar nuestro libro. Por ello, escojamos a compañeros  que tengan solvencia y credibilidad y, sobre todo, poder de comunicación. No nos vale un buen amigo, por ser eso. Debemos de tener en cuenta que va a ser nuestro telonero, en el mejor sentido de la palabra, y que debe despabilar al público y predisponerlo positivamente para escucharnos a nosotros como autores.

Bien, pues todo esto debe ser el proceso que culmine con nuestra voz, con nuestras ganas de mostrar que hay detrás de nuestro  libro. Y ahí, amigos míos, hay que echar el resto. Pero, cuidado, no se trata de mostrarse ni pretencioso- “¡he escrito una obra maestra!”- ni demasiado humilde- “es una obra que no pasará a la historia”-. Se trata de empatizar con los asistentes y contarles, de la forma más amena, qué hay detrás de nuestra obra, cómo se gestó y por qué comprarla, detalle  este último que hará muy feliz a nuestro editor. Y siempre, terminar leyendo un fragmento que de idea de nuestro estilo y del contenido de la novela.

Como broche de oro, las dedicatorias, en las que debemos poner todo nuestro interés y no solventarlas con unas palabras de aliño. Sé de buena tinta, me ha pasado a mi, que muchas personas comparan las suyas y algunas se sienten agraviadas si ven que han sido despachadas con un escueto “Gracias, con afecto…”, mientras nos esmeramos con otras. Preguntar siempre el nombre y personalizarlo.

Espero que mi exposición, fruto de la experiencia, resulte útil. No olvidemos que los lectores verán nuestra literatura como una prolongación de nosotros mismos, y si conectamos con ellos en una primera impresión, ellos lo harán con nuestros libros.

 

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