Raymond Carver: ‘Tres rosas amarillas’

Por Berta Delgado Melgosa.

Siempre que escribo sobre Raymond Carver recuerdo la primera vez que tuve Catedral entre las manos. Esa sensación es la misma que cuando leí Dublineses de Joyce, Opiniones de un payaso de Böll o Pregúntale al polvo de Fante. Es decir, hay una serie de escritores que se van pegando a tu piel siendo indiferente que casi todo el mundo mencione a los mismos, porque es como si fueran sólo tuyos y los hubieras descubierto y guardado en la intimidad de tu cuarto.

Así pues, lo que pueda decir de Carver, su inevitable relación con Chejov, con quien siempre se le ha comparado, será redundante. En especial, porque Tres rosas amarillas, el cuento que da título al volumen de seis relatos publicados en 1988, el año de su fallecimiento, recrea de manera imaginaria los últimos días del maestro ruso. Amigo de Tobias Wolff o Richard Ford, ganó diferentes premios, a pesar de escribir sólo relato y poesía, y contó con la colaboración de un gran editor, Gordon Lish, que contribuyó, de manera notable, a pulir su prosa y elevar el minimalismo a sus más altas cotas.

En los relatos de Carver no veremos grandes temas, sino detalles de vidas aburridas y personajes hundidos y tristes, aunque no se den cuenta, que construyen el universo de este escritor, ex-alcohólico y profesor de escritura creativa. Con todo, no es un escritor maldito, ni sentimental. Parco y preciso, nos cuenta lo que ocurre en los hogares de esas personas a nuestro alrededor pero que no vemos. La concisión de su prosa no evita, sin embargo, que nos colemos sin pudor en esos pedazos de vida en los que subyace la soledad o la incomunicación. Carver recrea el ambiente opresivo de la cotidianidad en el que se mueven sus personajes y nos permite vernos reflejados en ellos.

bertadelgadomelgosa.wordpress.com

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