El espejo de la imaginación

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Por Francisco Balbuena

Con “La Corte de los Espejos”, que así se llama la ciudad capital de este nuevo espacio de la ficción llamado TerraLinde, su autora Concepción Perea nos ha ofrecido una obra insólita desde la excelencia literaria dentro del panorama narrativo en lengua española. Es una novela encuadrada en lo que se ha dado en llamar género fantástico, una historia hija de la pura imaginación que viene a romper de un modo valiente, desde el éxito editorial, con el habitual costumbrismo que nos aplasta contra la tierra mediocre de la narrativa de andar por casa.

Esta es una novela que a fuerza de desparpajo literario, a menudo bello, de humor a raudales, de fineza psicológica y de acción trepidante a través de una estructura sólida y arborescente, se desapega de complejos y prejuicios profundamente arraigados entre nosotros contra la fantasía. Porque hemos de reconocer que eso de las hadas y los duendes se lo dejábamos a los chalados de las islas británicas. Aquello de los centauros y los genios nigrománticos nos parecían extravagancias orientales. Y lo de adentrarse en otros mundos alternativos, otros tiempos medidos de diferente manera, otros universos soñados, se tachaba de un juego pueril propio de los inmaduros americanos. Nuestra narrativa siempre ha sido tan ridículamente realista que se ha estado negando a contemplar el otro hemisferio de su ser en el mundo.

Cierto que ha habido autores españoles de primera línea que han cultivado el género fantástico o, mejor dicho para no ser tan ambiciosos, aquella ficción que poseía un soplo imaginativo y especulativo desacostumbrado en nuestra cultura. Basta con recordar a contemporáneos nuestros como el maestro Joan Perucho o a la admirada Ana María Matute. Pero estos son autores que se atrevieron a sumergirse en ese río de aguas traicioneras por poco navegadas desde la fortaleza de una carrera literaria ya consagrada. Concepción Perea con “La Corte de los Espejos”, en cambio, ha abordado el género fantástico en su primera novela, y además lo ha hecho como se encaran las grandes empresas, con la fuerza arrolladora que imprime lo original. De su resultado brillante tenemos que agradecérselo a ella y a quienes confiaron en su talento.

Con esta novela que nos ofrece el nuevo sello Fantascy, la autora echa a volar un mundo poblado por seres tan fascinantes como Nicasia Recorretuneles, la ingeniera lisiada, o Dujal, el travieso phokas, criatura que puede ser lo mismo un gato burlón que un tipo travieso, o Boros, el FT31013.jpginquietante chico serpiente del linaje de los Ancestrales, o la misteriosa DamaMirlo, o Costurina la ahijada de Nicasia (¿cómo se ha atrevido esta escritora novel a poner una ahijada a su heroína, que se supone debe estar revestida de carácter épico y carecer de parentela irregular?), o la coqueta Mesalina, la sobrina de Marcias, éste un sátiro bonachón que regenta un burdel. A todos estos personajes los sentimos cercanos porque dentro de un género a menudo plagado de tópicos, etiquetas y envarados arquetipos, ellos nos hablan sin solemnidad, sin voces impostadas. Los apreciamos con tal naturalidad que llega a provocar que las criaturas de este mundo contingente por momentos nos creamos intrusos en el suyo; porque precisamente allí en TerraLinde se pone en duda la existencia de los seres humanos de aquí, que somos criaturas de leyenda, por si todavía no lo sabíamos.

A partir de esta revelación de la naturalidad aliada con lo maravilloso, es obligado preguntarse, por ejemplo, por qué a Tolkien no se le ocurrió levantar un burdel en “El señor de los anillos”, con tanta soldadesca suelta y sin ley como andaba por esas tierras medias. Concepción Perea se ha atrevido a hacerlo en su TerraLinde. Incluso ha otorgado a su entrañable heroína, Nicasia Recorretuneles, la muy noble tarea no de gobernar un imperio sino de administrar una posada en el barrio de los Constructores. “A Nicasia el fuego no le preocupaba. Ser una knoker la protegía de las llamas, al menos por un tiempo, pues los knokers son una raza de combustión lenta”. Alguien pensará que un knocker, además de un ser de la mitología céltica también es una aldaba, utensilio relacionado con la profesión metalúrgica de Nicasia; pero animo a buscar por Google Images la palabra knockers para encontrarnos con otra de las bromas traviesas de Concepción Perea.

Sus personajes principales, y tantos otros no menos atractivos, se mueven por los paisajes de TerraLinde a través de una suerte de ouête magique contada en capítulos breves y vibrantes, un tour de force a base de secretos por desentrañar que nos adentra en una lucha contra la intolerancia, representada por los elfos Aen Sidhe en su ambición de poder. Por unos momentos se nos antoja que esa intolerancia, producto de la soberbia de quienes se creen superiores, equivale a la que nos barruntamos que podía desprenderse de los mencionados complejos y prejuicios que habían estado negando por mucho tiempo al universo TerraLinde todo espacio de aventura libresca, para así confinarlo en algún juego de rol tipo Changeling, como ha declarado la propia autora. Hasta que de repente, a semejanza de lo que dice uno de los muchos brillantes párrafos de la novela: “La Oscuridad se disolvió como bruma. Por un momento, la cueva pareció que resplandecía bajo luz dorada. El estanque estaba lleno de plata líquida, y cada gota de agua que resbalaba por las paredes era una gema fugaz…” En efecto, vino la sevillana Concepción Perea y tuvo el valor de alumbrar literariamente a esos entes de la fantasía digital a este nuestro mundo de papel con su pluma ágil, inteligente, pícara y tan carente de complejos. Y digámoslo sin que nos tiemble el pulso: son personajes que destacan entre la superpoblada planicie de miles de otros personajes de la ficción fantástica ─sean libros, blogs, juegos o películas─ porque no se parecen a otros, poseen múltiples y contradictorias facetas, son creíbles como tales y a la vez son increíbles en su profunda humanidad, o feéridad.

Basta entrar en los numerosos blogs donde se glosa esta novela para descubrir la sorpresa que suscita entre sus usuarios el que una autora nacida en las tierras bajas del Guadalquivir, que no reside en Edimburgo, que no ha estudiado en la Universidad de Miskatonic y que ni siquiera ha sido testigo de la aparición esporádica de la ciudad de Brigadoon (que yo sepa), hable con tanto conocimiento de las hadas y sus variadas y fascinantes estirpes. Luego llama la atención entre sus seguidores que saque a escena a los knokers, unos duendes mineros irlandeses, como es Nicasia la posadera. Después se sorprenden que ponga a cabalgar a los CazaTruenos, que son tres centauros muy rápidos pero a los que la protagonista puede alcanzar con un cacharro volador llamado SurcaCielos. Poco a poco va revelándose uno de los grandes logros de la novela y que ha cautivado a sus lectores. Describe lugares sin minuciosidad pero de una manera vívidamente impresionista que revela a una escritora de raza. Sus diálogos son de una finura y de una verosimilitud que a muchos otros autores les lleva años aprender en su carrera, si es que alguna vez consiguen dominar el difícil arte dialógico. Y crea conceptos nuevos, criaturas, objetos o lugares, a partir de juegos de palabras ─Hueste Invernal versus Hueste Estival─, cualidad literaria que no está al alcance de cualquier autor sin el suficiente talento.

En este sentido, más adelante aparecen artefactos como el CazaTruenos, o el SaltaNubes, entre las Montañas TocaEstrellas,. Nos encontramos en medio de lugares tan sugerentes como TiemblaSauces o tan peligrosos como el TajaGargantas, donde pueden “encontrarse individuos dispuestos a acelerarle a cualquiera el paso al otro mundo a precios no demasiado módicos”. Se encuentra uno al nigromante ciego Ismail o a DamaMirlo por territorios de ensueño poblados de vespifatas, de bogans, de goblins, de elfos, de slughs, de cluricans… Aquí reside precisamente la mayor de las originalidades de “La Corte de los Espejos”: es un plato exquisito cuyos variados ingredientes nos vienen de las mitologías nórdica, celta y grecolatina, que se sirve con guarnición de steampunk y que está sazonado con un estilo indirecto libre que le permite una sorprendente versatilidad expresiva. “Un enjambre de pelillos se arremolinó alrededor, un torbellino ligero como pavesas de papel que se dispersó sin dejarle ninguna respuesta”. Antes hemos leído que el olor cuelga del aire, y que los músculos maltrechos se han convertido en lana mojada. Aquí encontramos fuerza expresiva, hay una voluntad de estilo que pone a Perea en el campo de la literatura de calidad.

La autora confiesa que su obra debe mucho al gran Terry Pratchett. Uno piensa, además, que su fuente primigenia es el ingenio andaluz, que es un genio de la inquietud salido de alguna caverna o túnel de “Las mil y una noches”. Ayudado ese talento por una osadía sin límites para retar con su obra a acartonados académicos y sesudos pensadores; a los unos por desdeñar el ámbito de la fantasía a favor del plato de garbanzos con chorizo, y a los otros por argumentarlo. Ahí tenemos a nuestro querido Allan Poe, que llegó a escribir un ensayo donde menoscababa la fantasía a favor de la imaginación. Aserto temerario por contradictorio e impropio de su obra. Más tarde apoyado por su divulgador Charles Baudelaire, quien pese a su fina inteligencia tuvo el descaro de afirmar que la imaginación es una actividad creativa que se opone al estéril acto de fantasear, que es una reproducción de imágenes de manera desordenada. De verdad que el bueno de Baudelaire por esta pifia se merece unos azotes en el pompis con la correa; con lo cual “Nicasia se desprendió del abrigo, se remangó y se quitó la hebilla del cinturón.

¡Eh! ¡Sin desnudos! ¡Hay menores de cien!”

Pero acudamos a lo que en su “Crítica de la razón pura” dice el discreto de Inmanuel Kant: “La imaginación productiva es la fantasía creadora de signos de forma simbólica, alegórica y poética”. No le falta razón. La imaginación es la facultad de la mente humana de pergeñar imágenes, pero es el movimiento lo que dota a éstas de un significado trascendente. Es decir, la fantasía es un plus de la imaginación que deviene en el espejo que refleja sus imágenes y que dinámicamente a través de su movimiento les da sentido narrativo. Concepción Perea ha sabido por medio de “La Corte de los Espejos” imprimir reflejo narrativo a multitud de personajes, de lugares y de aventuras por medio de una fantasía desbordante, la cual se ha prodigado poco entre nosotros pero de la que, por esto mismo, esperamos una fructífera continuidad en los trazos de su pluma. Nunca es tarde para leer esta excelente novela. Leedla cuanto antes, que parece ser que pronto saldrá su esperada segunda parte.

 

Información del libro:

Concepción Perea: La Corte de los Espejos (2013). Fantascy. 672 pags. Rústica a solapas, 19.90 €; electrónico, 4.99 €

 

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