Luis Montero Manglano a propósito de “La mesa del rey Salomón”, su nuevo trabajo

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«Siglos después de la muerte de Salomón, la ciudad de Jerusalén fue conquistada por el Imperio romano. Los romanos saquearon el Templo y se llevaron todas sus riquezas: candelabros de oro de múltiples brazos, telas de seda, petos de plata cuajados de joyas… y una mesa. Una mesa que, se decía, poseía un secreto (Shem Shemaforash) capaz de otorgar poderes extraordinarios».

Salomón

La mesa del rey Salomón, de Luis Montero Manglano.

Luis Montero Manglano nació en Madrid en 1981. Licenciado en Historia del Arte, es director de Formación y profesor de Arte e Historia Medieval en el Centro de Estudios del Románico en Madrid. Ha publicado anteriormente la novela El Lamento de Caín (Premio EATER mejor novela de terror, 2012). Gran conocedor de la historia y arte de nuestro país, ahora llega a las librerías con La mesa del rey Salomón, una vibrante y muy entretenida novela que será la primera entrega de una interesante trilogía, la de “Los Buscadores”, una unidad especial y secreta encargada de recuperar objetos de arte expoliados, que trabaja en la clandestinidad de un sótano en el Museo Arqueológico de Madrid. El autor, estudioso del expolio nacional, introduce al lector en el contexto histórico de la conservación del legado artístico español, valiéndose de la leyenda sobre la mesa del rey Salomón, para crear una ficción llena de aventura y misterio.

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La mesa del rey Salomón. Luis Montero Manglano. Editorial Plaza & Janés, 2015. 592 páginas. 17,90 €

Tirso Alfaro está terminando el doctorado en Historia del Arte en Canterbury. Hijo de una reputada arqueóloga, la vida de Tirso transcurre con bastante apatía hasta que se ve envuelto en el robo de una antigua patena. Cuando regresa a Madrid recibe una oferta de trabajo y entra en el proceso de selección más extraño que ha vivido, sin sospechar que está siendo puesto a prueba por una organización secreta. A partir de ese momento, el joven formará parte de una trepidante carrera por apropiarse de mítica mesa del rey Salomón de la que se dice traerá desgracias a todo aquel que la posea. Pero ninguna leyenda antigua podrá compararse con la espiral de peligro, traición y muerte en que se convertirá su vida cuando entre en contacto con el misterioso grupo de “Los Buscadores”, un heterogéneo equipo de aventureros que trabaja de incógnito. Lo que Tirso no sospecha es que la búsqueda de la valiosa reliquia lo conducirá hacia la verdad sobre el pasado oculto de su familia y su propia identidad.

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P.- ¿Cómo nace el Real Cuerpo de Buscadores y por qué? Supongo que en la realidad (no secreta) existe alguna brigada para la protección del patrimonio artístico, ¿no?

A la hora de estudiar sobre el tema del “expolio legal” español, no dejaba de preguntarme qué habría ocurrido si alguien hubiera respondido a aquel expolio con sus mismas armas, es decir, robando al ladrón. La idea me resultó divertida y empecé a darle vueltas, añadirle adornos, crearle un contenido… Y así acabó apareciendo el Cuerpo de Buscadores.

Afortunadamente, en la España actual contamos con cuerpos de seguridad encargados de velar por nuestro patrimonio cultural. Hay varios y son muy eficaces: la Brigada de Patrimonio Histórico de la Policía Nacional, el Grupo de Patrimonio Histórico de la Guardia Civil… todos ellos trabajan en estrecha colaboración con organismos internacionales y están formados por agentes muy capaces. Como homenaje a su labor, les he dado un papel importante en “La Cadena del Profeta” (la segunda novela de Los Buscadores). Por supuesto, toda su actividad es pública y conocida. A diferencia del Cuerpo de Buscadores, ellos no pueden operar al margen de la Ley, por lo que su trabajo es aún más complicado.

P.- Si de verdad existiese ese grupo de restituidores del patrimonio, ¿qué opinaría el Museo Arqueológico de ellos?

Puede que prefirieran que estuviese formado por gente menos peculiar que la que aparece en la novela. No sé por qué, pero me temo que en caso de tener que coexistir en la realidad, la relación no sería muy cordial. La gente del museo desconfiaría un poco de ellos al estar rodeados de secretismo, y mucho me temo que unos buscadores como los que aparecen en la novela tratarían a los trabajadores del museo con cierta condescendencia. Por su perfil, los buscadores no serían muy buenos haciendo amigos fuera del trabajo…

P.- Emprendes un proyecto realmente ambicioso. ¿Por qué una trilogía? ¿Afán quizás de una posterior continuidad ampliando la serie de tres (a nuevos objetos y búsquedas)?

Lo cierto es que en principio “La Mesa del Rey Salomón” iba a ser una sola novela. Tras leer el primer borrador, la editorial Plaza & Janés pensó que la historia de los buscadores merecía ser alargada en forma de trilogía. A mí me pareció fantástico. Tuve que rehacer gran parte del borrador, pero mereció la pena. Al ser una trilogía, el relato ganaba en profundidad y detalle, sobre todo en lo referido a las diferentes historias personales de sus protagonistas. Y, por supuesto, una trilogía permite insertar más tesoros, más aventuras y, en definitiva, más problemas para los pobres buscadores.

No tengo previsto ampliar la serie a más de tres libros, claro que tampoco tenía previsto hacer una trilogía… En realidad, una vez que esté publicada “La Ciudad de los Hombres Santos” (tercer volumen de la serie), me gustaría escribir sobre otra cosa; el cuerpo de buscadores y yo tenemos que descansar un poco el uno del otro… ¿Escribir en un futuro un cuarto libro sobre la serie? Quién sabe… Si los lectores lo desean, es una posibilidad que no descarto por completo.

Montero Manglano

Luis Montero Manglano.

P.- Para los lectores noveles, ¿cómo es Tirso Alfaro, el protagonista, y qué caracteres son los que más le asimilan al grupo de buscadores?

Ante todo, Tirso Alfaro no es un héroe; él mismo lo reconoce varias veces. Tampoco es un antihéroe, porque considero que eso implica un cierto matiz negativo y, en el fondo, Tirso es buena persona. Su historia familiar es complicada pero, aparte de eso, es un chico normal, con sus inseguridades, sus debilidades y sus fortalezas, como todo el mundo. Quería que fuese el contrapunto a sus compañeros buscadores, que en general son mucho más estrafalarios y atormentados.

Por otro lado, Tirso tiene alma de buscador, por eso encaja pronto en el Cuerpo. Es tremendamente inquieto, una persona que disfruta más atesorando preguntas que encontrando respuestas. Para él, como para sus compañeros buscadores, el tesoro no es lo importante si no la búsqueda en sí. Cuando Tirso no está buscando, se aburre como un hongo.

P.- En este libro la pieza a rescatar es la famosa mesa del rey Salomón. ¿Qué te atrajo de este objeto para convertirlo en eje central de la trama? ¿Su asombrosa leyenda?

Lo que me atrajo sobre todo fue su matiz marcadamente hispano. Quería que esta fuera una novela muy castiza, muy nuestra; y la Mesa de Salomón es un objeto muy vinculado al folclore histórico español.

Además, es un objeto relativamente desconocido para los lectores de “thriller” histórico. Modestamente opino que ya estamos un poco saturados de tanto templario buscando el Santo Grial, a los nietos de Jesucristo o los evangelios perdidos de vete tú a saber quién, que ponen en peligro los cimientos de la Iglesia… La Mesa de Salomón me pareció algo menos explotado e igual de fascinante, después de todo, ¿quién no querría poseer un artefacto que otorga el secreto del poder de Dios mismo?

P.- ¿Cuáles serán las siguientes piezas objetivo de los Buscadores?

Me gustaría poder responder a esta pregunta sin “spoilear” demasiado.

Veamos: en “La Cadena del Profeta” los buscadores irán tras un misterioso tesoro siguiendo los pasos de Diego Guevara, un conquistador morisco español que en el siglo XVI sometió al Imperio Songhay del Malí, el más grande del África Occidental (una especie de Hernán Cortés en versión andalusí, pero menos conocido). Por el camino encontrarán toda una serie de piezas fabulosas.

En la tercera novela, los buscadores viajarán a Sudamérica tras algo que durante siglos han buscado numerosos aventureros, desde los vikingos hasta los exploradores ingleses decimonónicos, pasando por los conquistadores españoles. Y mejor no cuento más, porque corro el riesgo de revelar alguna que otra sorpresa…

P.- Te ha salido una novela de acción, intriga y aventuras en toda regla al estilo Stevenson o Verne. ¿Era lo que buscabas? ¿Difícil reto?

En primer lugar, gracias por la comparación, igual algo inmerecida.

Quería escribir una novela de aventuras añeja, decimonónica, más en el espíritu de un H. R. Haggard que un Michael Crichton, por ejemplo (que también era un escritor estupendo, pero lo suyo era más bien “tecnoaventura”). El reto es difícil en la medida en que lo es escribir cualquier libro de aventuras, donde lo más complicado es hacer que resulte verosímil y enganche al lector. Pienso que lo importante en este tipo de literatura es crear un compromiso tácito entre narrador y lector: éste se compromete a poner de su parte para tomarse en serio la historia y, a cambio, el narrador pone todos sus esfuerzos en respetar las reglas del género y, sobre todo, en no ser aburrido. Espero haber cumplido mi parte del trato.

P.- Los Buscadores se dedican a investigar el posible paradero de piezas expoliadas a lo largo, sobre todo, de los dos últimos siglos. ¿Qué momentos históricos fueron los más feroces en ese tema? ¿La invasión francesa quizás?

Sin duda la invasión francesa fue muy dañina. Aunque no quiero hablar mal de los franceses, que, además, han tenido la amabilidad de comprar los derechos de edición de la novela para su país…

Hay que admitir que los ejércitos napoleónicos causaron verdaderos estragos. No se limitaron a llevarse numerosos tesoros sino que también atentaron contra aquello que no pudieron robar, sólo por afán destructivo. La fábrica de porcelanas del Buen Retiro, sin ir más lejos: el ejército de Napoléon la voló antes de salir de España para que no hiciera sombra a las fábricas que había en Francia. Eso sin contar las joyas de la corona española, que José Bonaporte se llevó del Palacio Real para poder sufragar su dorado exilio en Filadelfia.

No obstante, hay que señalar que los españoles fuimos en gran medida culpables de nuestro propio expolio. La Desamortización de Mendizábal del siglo XIX quitó a la Iglesia numerosas propiedades y obras de arte sin preocuparse de que éstas fueran a parar a mejores manos. Muchos particulares vendieron a coleccionistas extranjeros cuadros, códices, estatuas y hasta monasterios enteros aprovechándose del vacío legal existente. A raíz de esa desamortización, España se convirtió en un coladero de patrimonio donde todo nuestro pasado estaba en venta. Fue un episodio muy triste de nuestra historia.

Salomón_IIP.- La reja de la catedral de Valladolid es uno de los expolios más conocidos, pero ¿cuáles son los casos más escandalosos?

Por desgracia hay tantos que no sabría cuál escoger. Las pinturas románicas de San Baudelio de Berlanga, el ábside de la iglesia de San Martín de Fuentidueña, el castillo de Benavente, el monasterio de Óvila… Quizá uno de los casos más llamativos fue el del claustro románico de Sacramenia. William Randolph Hearst (el personaje en quien está basado el “Ciudadano Kane” de la película de Orson Welles) lo compró entero para llevárselo a California. Cuando los sillares arribaron a Estados Unidos, las autoridades aduaneras abrieron las cajas que los guardaban y los desordenaron por completo. Hearst no pudo reclamarlo nunca porque durante el proceso se arruinó, y el claustro permaneció olvidado en un almacén portuario durante décadas. Finalmente, en los años 50, dos individuos lo compraron y lo volvieron a montar en Miami, Florida; y ahí sigue aún. En su interior hay una estatua románica del rey Alfonso VII, que el pobre debe de estar preguntándose qué diablos hace en ese sitio tan raro, rodeado de palmeras y caimanes…

P.- El expolio del patrimonio ha sido algo habitual durante años. Como experto en el tema que eres, ¿crees que el gobierno ha tomado las medidas adecuadas para ponerle freno?

Por suerte, la situación ha cambiado para mejor en las últimas décadas. En los años 80 se elaboró una nueva ley de patrimonio que solucionaba muchos de los desmanes que había en las leyes anteriores. Tampoco es que fuera perfecta, pero resultó una mejora importante. Hoy en día casos como el de la rejería de Valladolid o el del claustro de Sacramenia sería difícil, casi imposible, que se volvieran a producir.

Aún así, aún queda mucho camino por recorrer para que nuestro patrimonio quede completamente blindado. El principal problema actualmente es la falta de fondos (y, en ocasiones, de interés) que se dedican a este asunto por parte de las diferentes administraciones. Los museos e instituciones artísticas de nuestro país a veces no pueden recuperar piezas que se sabe que son fruto del robo o del expolio porque, sencillamente, carecen de dinero y medios para ello. A todo esto hay que añadir que el mercado negro de arte robado sigue siendo, por desgracia, muy activo.

España es uno de los países del mundo con mayor riqueza artística y cultural, a menudo olvidamos la inmensa cantidad de tesoros únicos que la Historia ha puesto en nuestras manos y de la que somos responsables. Hay tanto, que protegerlo todo resulta casi utópico, pero al menos debemos intentarlo.

P.- Tu experiencia como profesor de Arte e Historia imagino que ha sido clave a la hora de escribir este libro. Pero además, la labor de documentación ha debido ser ardua. ¿Por donde empezaste? ¿Cómo fue el proceso?

De no haber sido por mi trabajo de profesor, es probable que nunca se me hubiera ocurrido escribir esta novela. Mi labor fue la que me hizo conocer la historia del “expolio legal” español y, desde hace tiempo, tenía la idea de escribir algo sobre ello.

No sé exactamente por donde empecé a documentarme. Hace algunos años oí por primera vez sobre el asunto del expolio, cuando investigaba sobre las pinturas románicas de San Baudelio de Berlanga. Poco a poco fui averiguando cosas, atesorando datos de diversas fuentes… Creando, por así decir, un archivo mental que estuviera listo para cuando encontrase la manera de darle forma de novela. A menudo suelo hacerlo así: encuentro un tema que me llama la atención, del cual pienso que puede salir una buena historia, y voy recopilando todo lo que pueda sobre ese tema. ¡Tengo muchos en la recámara para utilizarlos cuando encuentre un buen argumento donde encajarlos!

A la hora de documentarme, consulto fuentes de todo tipo: libros, páginas web, documentales, fotografías… Y, si tengo la oportunidad, hablo con personas que me puedan resolver dudas determinadas. Me gusta mucho la labor de documentación. Disfruto con ella.

Ahora bien, yo no escribo ensayo sino novela, por lo tanto, si he de adaptar la realidad a las necesidades del argumento, lo hago. Como dijo William R. Hearst (aunque me fastidie citar al Gran Expoliador): “no dejes que la realidad te estropee una buena historia”.

P.- El tema de las falsificaciones de arte (cuadros, joyas…), ¿está quizás hoy día más extendido que nunca? ¿Por qué?

No sé si hoy está más extendido que nunca o en realidad siempre ha llamado la atención. A menudo se ve al falsificador de Arte como una especie de antihéroe romántico… Por el ejemplo, el famoso Erik el Belga, que no era más que un vulgar delincuente pero al que en algunos medios se le trataba casi con admiración. Creo que, en general, todo lo que tiene relación con el mundo del Arte resulta fascinante.

P.- ¿Para cuando los siguientes capítulos de los Buscadores?

Por suerte, no habrá que esperar mucho. Si todo va según lo previsto, el siguiente volumen, “La Cadena del Profeta”, saldrá a la venta en el mes de Junio (buen mes: los libros de la trilogía son muy adecuados para leerlos en verano, disfrutando de las vacaciones) y el tercero, “La Ciudad de los Hombres Santos”, verá la luz en enero del año que viene. Los tres de la mano de Plaza & Janés, que, por cierto, está haciendo una labor de edición fantástica.

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Por Benito Garrido (@benitogarridog).

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