Las siete enseñanzas principales de Mahatma Gandhi

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“Su pacifismo, su lucha por la verdad y su fe en la no violencia son como un faro”, dijo alguna vez la escritora Verónica Murguía sobre Mahatma Gandhi, “sobre todo porque sabemos que, a la larga, esa voz fue escuchada”.

Vertidos en el molde de nuestra realidad actual, los consejos de esta histórica figura tienen la paz y perseverancia que sufren tanta sed entre nosotros.

Y mucho más allá de que Gandhi se haya convertido en un meme que circula en redes sociales portando mensajes de superación personal fuera de contexto, si prestamos cuidado a sus palabras hay valiosas posibilidades políticas y espirituales. Los siguientes son algunos de los puntuales y sabios consejos de este hombre de apariencia frágil que, sabemos, era al mismo tiempo poderoso.

Nadie puede lastimarme sin mi permiso.

Lo que sientes y cómo reaccionas ante algo es siempre tu decisión. Muchas veces el orgullo y la importancia personal juegan un papel demasiado soberano en nuestras reacciones, y ello es enteramente en detrimento propio.

El débil nunca puede perdonar. El perdón es un atributo del fuerte.

Es verdad que para perdonar hay que ser mejores personas de la que somos comúnmente, pero para ello tenemos la capacidad de decidir ser humildes en lugar de orgullosos.

Una onza de práctica vale más que toneladas de sermones.

Muy poco se puede lograr sin tomar acción. Sin embargo, esto es muy difícil cuando tendemos a resistirnos casi inconscientemente al hecho de llevar a cabo; y por ello recurrimos al sermón (al igual que recurrimos a compartir frases de Gandhi en redes sociales sin jamás llevarlas a la práctica).

No es sabio estar demasiado seguro de la sabiduría de uno. Es sano que le recuerden a uno que el más fuerte puede debilitarse y que el más sabio puede errar.

Cuando uno comienza a “mitologizar” a personas exitosas, o incluso a uno mismo, corre el riesgo de desconectarse por completo de lo humano. Mantener a personas en estándares irrazonables solo genera conflictos innecesarios y negatividad. Todo hombre es igual de humano que el que está a lado, y uno debe recordarlo siempre que quiera estar centrado y sano.

Primero te ignoraran, luego se ríen de ti, luego luchan contra ti, luego ganas.

La persistencia es lo único que nos queda después de tener en cuenta la consigna anterior. Si todos erramos sin importar nuestro estatus o erudición, lo que queda es persistir: es lo que al final del día sobrevive.

Supongo que el liderazgo algún día significó músculos; pero hoy significa llevarse bien con la gente.

Al fortalecer las habilidades sociales e intentar empatizar con los demás es más fácil salir motivado de la ecuación. Estar al servicio de los otros es el verdadero liderazgo, tomando en cuenta lo mencionado antes (decidir cómo reaccionamos, perdonar, llevar a cabo, humanizar y persistir).

El constante desarrollo es una ley de vida, y un hombre que siempre trata de mantener sus dogmas para parecer consistente se conduce a una falsa posición.

Para los vivos no hay descanso, nunca dejamos de transcurrir y cambiar de opinión; y aceptarlo es lo que nos hace honorables. Walt Whitman lo dijo bien: “¿Que yo me contradigo? Pues sí, me contradigo. Y ¿qué? (Soy inmenso, contengo multitudes)”.

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