Edith Wharton, una intelectual tras la escritora

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Por Anna Maria Iglesia

@AnnaMIglesia

freireAntes de comenzar a escribir, decido coger de la estantería El canon occidental de Harold Bloom, un ensayo que, en mi primer año de universidad, se convirtió en referencia ineludible, puesto que en su listado –un listado del que, dicho sea de paso, Bloom se arrepintió y que no está presente en otras ediciones del Canon, como sucede en la edición italiana, por ejemplo- encontré, o creí encontrar, las lecturas indispensables que todo letraherido debía poseer. Ha pasado más de una década de aquel primer curso universitario y ahora al volver a recorrer las páginas del canon bloomiano encuentro tantas ausencias como protagonismos demasiado exacerbados. Podríamos recurrir al ensayo La loca del desván, en particular a su segundo capítulo, para arremeter contra el listado de Harold Bloom y reivindicar una mayor presencia y, sobre todo, un mayor protagonismo de la literatura escrita por mujeres. Sin embargo, no es necesario, al menos teniendo en consideración la plataforma desde donde hablamos, adentrarse en la crítica feminista para observar la escasa presencia de autoras, con respecto a la de autores, en el ensayo de Bloom: no se trata sólo del listado con el que concluye la obra, sino de la propia obra, donde tan sólo se dedican cuatro capítulos a cuatro autoras: Austen, Dickinson, George Eliot y Virginia Woolf. Entre ellas, echo en falta a muchas, en concreto, a Edith Wharton, cuya figura acabo de redescubrir gracias al ensayo de Jorge Freire –Edith Wharton. Una mujer rebelde en la edad de la inocencia- publicado por Alrevés.

Si bien La edad de la inocencia, en particular tras la espléndida versión cinematográfica de Martin Scorsese, es una novela que ha conseguido llenar más de una biblioteca, la figura de Wharton ha quedado deslucida: reconocidos sus méritos literarios, en particular a través de la ya citada novela así como a través de La casa de la alegría, su labor crítica y ensayística han estado, y todavía lo están en parte, relegados a un segundo o tercer plano. Es cierto que en los últimos años se han reeditado algunos de sus ensayos –El arte de la ficción, Construir una novela, Cómo contar un relato-, pero el calado intelectual de Wharton ha pasado desapercibido, incluso en comparación con Virginia Woolf, cuyo ensayo El lector común (Lúmen) es desde hace tiempo un texto ineludible dentro de los estudios de teoría literaria. En su libro Jorge Freire reconstruye la figura de Edith Wharton, a través de su biografía así como a través de su implicación ya sea en el campo puramente literario así como en los debates intelectuales de por entonces: en efecto, como indica el propio Freire, el ensayo no sólo le permitía ahondar en “una de las tres o cuatro mejores escritoras del siglo pasado”, pues prosigue el autor, Wharton “tiene un corpus narrativo macizo, firme, de buena labra, que bien merece una biografía intelectual”, sino era la ocasión para “hablar de la Norteamérica de finales del XIX y la Europa de entreguerras” así como “de otros escritores que también me gustan, como Kate Chopin, Ellen Glasgow, Scott Fitzgerald, Charlotte Perkins Gilman o los hermanos James, en los que incluyo al novelista Henry y al filósofo William, pero también a la olvidada diarista Alice, a la que dedico un capítulo entero”.

Jorge Freire

Jorge Freire

Wharton fue, ante todo, una mujer libre, una mujer que, a pesar de su desdichado matrimonio y de las férreas ataduras que imponía la puritana sociedad norteamericana, no dudó en seguir su camino profesional, convirtiéndose en una escritora de referencia, cuya presencia en la prensa y en los debates intelectuales era frecuente y cuyas novelas, a pesar de las reticencias de la crítica moralmente más conservadoras, tuvieron un gran éxito entre los lectores. De hecho, aquella libertad que Wharton abanderaba, ya sea en su vida profesional como personal, impregnó también su narrativa, a través de la cual la autora realizó una dura crítica a la hipocresía social y moral estadounidense, se enfrentó al puritanismo que tanto arraigo había tenido en Estados Unidos y aplaudió la libertad de costumbres y las rupturas con respecto a la tradición que se verificaban en Europa, en concreto en ciudades como París y Londres. Wharton, cuya formación se realizó en gran parte en Europa, parecía encontrarse más cómoda en la sociedad europea y como Henry James, uno de sus principales interlocutores, transcurrió largos períodos en el viejo continente, viajando por Italia y viviendo largas, larguísimas temporadas, en París y Londres. La libertad y, sobre todo, la independencia intelectual y de costumbres que Wharton defendía para las mujeres no debe, sin embargo, llevar al engaño: la autora de La edad de la inocencia era una mujer profundamente tradicional en cuanto a su concepción de clase y a sus análisis culturales que diferían de los primeros movimientos intelectuales que veían necesaria una formación cultural de las clases populares y una des-elitización de la cultura, movimientos que culminaron con el ensayo de E. P. Thompson La formación de la clase obrera en Inglaterra y que prosiguieron, en particular, con Raymond Williams. “Wharton se definía, como T. S. Eliot, tradicionalista en literatura, monárquica en política y anglocatólica en religión”, señala Jorge Freire, quien en su ensayo observa cómo el posicionamiento de la autora norteamericana, que defendía una cultura de élite e inscrita a esa misma tradición –ese mismo canon- que defiende paradójicamente hoy Bloom, se enlaza directamente con las posiciones de T. S. Eliot –baste, como ejemplo, citar dos de sus ensayos: Tradición y talento individual e Idea para una sociedad cristina– acerca de una élite cultural capaz y reconocida para dirigir la educación de la sociedad, a la que se le recrimina por sus gustos “poco elegantes” y por su afiliación a una cultura de masas, marcada por una literatura fácil y con poco cariz intelectual. Y el posicionamiento de Wharton y que volvemos a encontrar con Eliot, será el mismo que adoptará el Grupo de Bloomsbury y que desembocará en la discusión, a través de ensayos y artículos de prensa, entre Alan Bennett y Virginia Woolf: una discusión que, partiendo de la idea de psicologismo narrativo y de la introspección que autores como Woolf llevaban a cabo a partir de las lecciones de psicoanálisis y al experimentalismo narrativo –flujo de conciencia, estilo indirecto libre-, tenía a la base una distinta concepción sobre quién era el lector y sobre a quién debía dirigirse el escritor con sus obras.

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En relación a esto, es programático el ensayo de Edith Wharton, El escritor mecánico: la autora toma el hábito de la lectura como punto de partida para una reflexión acerca del panorama cultural de aquellos años, en concreto en Estados Unidos, y para una crítica a una sociedad que, afirmaba Wharton, convertía a los lectores en consumidores: “El lector mecánico cree en la lectura como una virtud per se, una especie de hábito que nos hace mejores. Eso es una idiotez, y de ahí el irónico título de El vicio de la lectura. Ese tipo de lector sigue muy vivo, y, como tiene un concepto tan elevado de su deber, se obliga a estar al tanto de todo lo que se publica, y a consignarlo todo en su blog, y a leer todos los libros hasta el final, sean buenos o malos”, señala Jorge Freire. Éste dedica varias páginas a indagar acerca de la posición intelectual que ocupó Wharton, una posición que, vista desde el día de hoy, resulta tan problemática como ilustrativa, pues más allá de su elitismo, tan clasista como poco apropiado para una sociedad democráticamente moderna que aun defendiendo y apoyando la alta cultura no la quiera convertir en algo solamente accesible a un happy few, nos muestra como en el siglo XIX y, en concreto, en los primeros años XX se consolida el campo cultural de nuestro presente. Se trata de un campo cultural en el que, a pesar de la desjerarquizació socio-cultural que afortunadamente han tenido las denominadas democracias occidentales –con esto no quiero decir que, como dicen algunos, hayan desaparecido las clases sociales, pues resulta absurdo afirmarlo precisamente ahora cuando las diferencias sociales son dolorosamente acuciantes- se describen dos grandes subcampos: el subcampo de masa y el subcampo restringido, el de la élite, ahí donde se inscribía, y de la que era en parte abanderada, Edith Wharton: “Wharton diferencia entre «lector nato», que lee de manera inconsciente, como el respirar, y el «lector manufacturado», que se impone la tarea de manera objetiva. Por eso se reía del crítico Philip Hamerton, que se marcaba jornadas taylorizadas de lectura y luego apuntaba en su diario: «bueno, de las cincuenta horas que me propuse dedicar a Chaucer, hoy he leído una y cuarto, así que me queda cuarenta y ocho horas y tres cuartos”, concluye Jorge Freire.

En definitiva, Edith Wharton una mujer rebelde en la edad de la inocencia es mucho más que una biografía, sobrepasa los límites genéricos y mezclando la narración más propia de la novelística con el ensayo, recupera la figura intelectual de Wharton, una autora cuyos méritos literarios trascienden sus novelas e impregnan la crítica y los debates intelectuales de los que todavía hoy somos herederos. Freire enmarca a la autora norteamericana en su tiempo y en su sociedad a través de interesantes digresiones que permiten observar a Edith Wharton dentro de su tiempo y de su cultura, es decir, nos permiten descubrir, en palabras de Williams, esa estructura de sentimiento de la que Wharton es fruto y a la vez creadora. Releer a Wharton y redescubrirla es sin duda una forma de comprender nuestro presente.

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Una respuesta a Edith Wharton, una intelectual tras la escritora

  1. Mal escrito y lleno de tópicos. Luego se quejarán de lo mal que está el periodismo cultural.

    Diego
    19 abril 2015 at 18:17 pm

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