Los retratos de Rubén Amón, un verdadero bestiario

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Por Anna Maria Iglesia

@AnnaMIglesia

En pleno auge de la autoficción –a veces más ficción que auto, dicho sea de paso- y del afortunado renacer del periodismo narrativo, Ruben Amón se presenta en las librerías con un bestiario, un género aparentemente trasnochado, propio de la Edad Media y que los esquemáticos e historicistas manuales de secundaria mencionan en passant, donde se reunían relatos y descripciones de animales reales o imaginarios según el código horaciano del dilectare et prodesse. El bestiario, sin embargo, no es ni un género literario trasnochado ni tampoco un género literario que tenga sus orígenes en la Edad Media: basta consultar la RAE para observar que los romanos denominaban bestiarios a los hombres que se enfrentaban a las fieras en los espectáculos circenses y basta releer con perspectiva histórica los bestiarios medievales para observar que su origen está en el mundo latino, en concreto en las Metamorfosis de Ovidio. Y si damos un salto hasta el siglo XX, encontraremos el Bestiario de Julio Cortázar, un conjunto de relatos en los que cabe destacar Cartas a una señorita de París, cuyo protagonista sufre la desdicha de vomitar conejitos de forma constante, y el relato Bestiario, en el que un tigre amenaza la vida de la familia Funes. Cortázar se aleja de la tradición clásica que vincula el género del bestiario con relatos en los que figuran los animales, sin embargo no duda en incluir en su obra la figura del tigre, animal que reaparece, no sé si paradójicamente, en el título del bestiario de Rubén Amón: El tigre mordió a Cristo (ed. Léeme)

Ilustración de Carlos Rascón

Ilustración de Carlos Rascón

“Soy el auténtico unicornio de los antiguos

¿Quién puede dividirme

Y conjuntar de nuevo mi cuerpo

Para que mi cadáver ya no se abra…?”

En esta poesía de la antigua tradición alquimista, la figura escindida del unicornio hace referencia a su naturaleza doble: al ser atrapado, el unicornio alza el cuerno para liberarse, lo alza, indican los bestiarios medievales, de la misma manera que “Nuestro Señor Jesucristo alzó para nosotros un cuerno de salvación en medio de Jerusalén, en la casa de Dios, mediante la intercesión de la madre de Dios, una doncella pura, casta, llena de misericordia, inmaculada, inviolada”. El unicornio, aquel ser que para los alquimistas derivaba de Mercurio, se transforma en una allegoria Christi dentro de la tradición cristiana.

amon 1Tras todo este preámbulo no sólo ustedes pueden preguntarse qué tiene que ver la allegoria Christi con el Cristo mencionado por Amón, un hombre mordido por el tigre de Jesulín de Ubrique, sino que tendrían derecho también a exigir a quien aquí escribe que hable del libro en cuestión y que se deje de tanta parafernalia erudita. Sin embargo, y sin querer ostentar una erudición más bien inexistente, este preámbulo pretende servir para mostrar el doble sustrato temático que configuran los distintos relatos propuestos por Rubén Amón: resultaría del todo injusto reducir El tigre mordió a Cristo a una serie de relatos de personajes conocidos (Andreotti, Plácido Domingo, Simone Veil, Amélie Nothomb, Alberto Sordi…) y anónimos –personajes extramuros e intramuros, como los define el autor-, escritos, con estilo brillantemente ágil, desde la ironía. A través de estos personajes, y como afirmaba el propio autor en una entrevista, se refleja “implícitamente, porque esto es una galería de monstruos en su decadencia, el lado oscuro de las personas, incluso cuando asumimos que son profundamente millonarias y felices”.

tigreEn efecto, El tigre mordió a Cristo es un libro nada complaciente, es un libro marcado por una mirada crítica e irónica, por ese humorismo que tan bien definió Luigi Pirandello así como – ¿se habrán leído?- Gómez de la Serna: el humorismo que provoca una sonrisa, para después dejar paso a la reflexión, incluso a la melancolía, pues tras la imagen humorística y paródica se esconde una realidad que poco tiene de risotada. “Creo que el sufrimiento es otra de las claves del libro”, señalaba al respecto Rubén Amón quien, en esa misma entrevista, hacía hincapié en la ironía que impregna cada uno de los retratos; se trata de la ironía entendida como perspectiva distante, distante a nivel crítico, puede que con tintes de escepticismo, pero que en ningún momento abandona la humanidad y, en especial, la empatía, sentimiento que desprende cada uno de los retratos. Amón no se sube a un pedestal para juzgar, no se sitúa como árbitro o como juez, sino como observador compasivo y a la vez analítico, como observador curioso que no se deja encandilar por los focos del éxito, el dinero y el poder y busca la esencia humana que acomuna a todos, independientemente de la relevancia pública. Y de esta observación ecuánime e irónica no escapa el propio Ruben Amón, quien realiza de sí mismo un retrato que, desde la auto-parodia, no escatima en críticas, no siempre amables, a su profesión, el periodismo, llegando a definir el ser tertuliano como síntoma de un proceso de degradación, así como rechaza todos los posibles tópicos que sobre él se han podido verter –“no siendo el autor un joven prodigio, como llegó a considerarse”: su auto-retrato, muy cercano a la ironía que sobre él mismo vertía Gómez de la Serna en su Automuribundia, responde a esa voluntad de rebajar el protagonismo y la grandilocuencia hacia la figura del periodista y/o narrador: “Periodista rima con exhibicionista y no me parece una casualidad”, afirmaba hace algunos días Amón, quien sostenía que “sería bastante sano rebajar el grado de protagonismo que tenemos los periodistas”. Y es desde este ángulo, desde un proyecto ya no sólo periodístico, sino de observador curioso y analítico, desde una mirada crítica pero profundamente humana que debe entenderse este curioso y espléndidamente escrito bestiario. Un divertido e inteligente compendio de retratos escrito –la última frase de su auto-retrato es el mejor resumen del espíritu de estas páginas- por “Rubén Amón Delgado, natural de Madrid. Y, sobre todo, padre de Daniel”.

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