Una nueva amiga (2014), de François Ozon

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Por Jordi Campeny.

una_nueva_amigaEl tema del travestismo, o del denominado cine trans, viene de lejos. Son varios y paradigmáticos los ejemplos de directores que han hecho del transformismo casi un leit motiv de su obra. Resulta innecesario puntualizar que en nuestro país tenemos al más ilustre de todos ellos: Almodóvar.

Reformular los viejos roles de género a estas alturas del partido sólo puede seguir antojándose fresco y transgresor si el director que los reformula consigue llegar unos pasos más allá de donde ya se había llegado con anterioridad. En múltiples ocasiones, además, la fina línea que separa lo sublime, o lo transgresor, de lo ridículo, se halla completamente difuminada. Hay que tener mucha seguridad y aplomo para moverse por tan pantanosos y revisitados territorios. Y tener una buena historia que la sustente. Creer en ella y en uno mismo. Apasionarte y trasladar esta pasión al espectador. Ser un narrador único y personal; y resultar irresistible. Complementar tu peripecia con elementos y estrategias arriesgadas para imprimirle un sello particular a la criatura. Sorprender. Entretener. Emocionar. Conseguirlo todo.

El último trabajo del prolífico y sensacional director francés François Ozon logra su cometido –lo consigue todo– , aunque son varias las voces discordantes que la critican y se amparan bajo el paraguas gastado de la falta de verosimilitud y de sentido del ridículo. Ozon, impagable y arriesgado creador, que firmó trabajos tan irresistibles como Gotas de agua sobre piedras calientes (2000), Swimming Pool (2003), 5×2 (2004), Ricky (2009) o la mayúscula, soberbia –que se alzó con la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián– En la casa (2012), nos ofrece ahora una historia de amor con tintes trans, homos, de comedia desenfadada e incluso intriga hitchcockiana. Una amalgama de géneros que roza lo temerario –o, directamente, lo suicida–, pero ante cuyo resultado uno no puede hacer otra cosa que aplaudir con fervor.

El relato se inicia con un fascinante flashback de las dos amigas; de su amistad con trasfondo lésbico, de un inconfundible sabor a cuento de hadas. A continuación se nos presenta el conflicto: años después, una de ellas muere, y su desolada amiga promete cuidar del marido y de la hija pequeña de ambos. A la amiga, sin embargo, le espera una delirante sorpresa cuando, pasados unos días, decide ir a visitar al viudo.

Con esta premisa –que adapta libremente de una novela de Ruth Rendell–, Ozon vuelve a uno de sus grandes temas: la identidad sexual. O de género. Y, una vez más, en este tortuoso camino de autodescubrimiento de sus personajes, Ozon no les juzga. Se limita a contemplarlos, a acompañarles, y realza la belleza que puede suponer el descubrimiento de uno mismo. Con ello, y con su tono de fina autoparodia  –sirviéndose en ocasiones de la bendita frivolidad– consigue desterrar de forma fulgurante cualquier atisbo de estereotipo.

Con su habitual estilo fresco y desprejuiciado, Ozon consigue arrastrarnos una vez más a su universo atrayente y enrarecido. Y entretiene, divierte, inquieta, emociona y hace pensar. Y, lo que es más relevante, derriba tabúes. Uno tras otro.

No logra una obra maestra –ni lo pretende–; ni siquiera firma una gran película. Se limita a ofrecer un relato de apariencia leve pero de sustrato complejo, personal y libre. Un canto más a la diversidad y a la tolerancia; un desfile excéntrico para voyeurs que nos remite, de nuevo, a la íntima complejidad de cada uno de nosotros. Mención especial a la entregada actuación del actor francés Romain Duris. Y todo ello aderezado con una espléndida y estimulante partitura. Es cine sutilmente pegado al aquí y al ahora. Y cine para entretener, divertir, ensanchar algunas mentes y dejarnos con leves interrogantes a su término. Uno no está dispuesto a exigir, en este caso, absolutamente nada más.

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Una respuesta a Una nueva amiga (2014), de François Ozon

  1. Hay que destacar también la belleza irresistible de una actriz tan francesa en cuerpo y gesto como Anaïs Demoustier que es, para mí, lo más álgido del filme junto con, cómo no, la gran escena de la discoteca y el momento Amanda Lear.

    Julio Damián Herrera Vera
    18 junio 2015 at 9:48 am

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