Daniel Ruiz García a propósito de ‘Todo está bien’, su nuevo trabajo

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«Con el 47 por ciento del voto escrutado, cuando está casi confirmada la mayoría absoluta, y después de los abrazos, los besos y las explosiones de euforia, se sirve el primer gintónic. El sorbo inicial le sabe amargo, y con esa expresión congelada en el rostro le toca recibir al presi, que acaba de atravesar la espesura de brazos y jaleos que lo aclaman como presidente reelecto y que se acerca hacia él titubeante, con la cara enrojecida, desgreñado, como si acabara de reptar por el interior del tubo de una chimenea».

está bien

Todo está bien, de Daniel Ruiz García.

Daniel Ruiz García (Sevilla, 1976) es escritor, periodista y guionista. Ha publicado varias novelas con las que ha obtenido reconocimientos como el Premio de Novela Universidad Politécnica de Madrid, el Premio de Novela Corta Villa de Oria y el Premio Onuba de Novela. También ha sido finalista en premios como el Ojo Crítico de Narrativa de RNE o el Premio Andalucía Joven de Narrativa. Además, está especializado en el asesoramiento en comunicación. Todo está bien es su séptimo trabajo, una novela fresca, crítica, mordaz y cargada de humor que da la impresión de parecerse mucho a la realidad.

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Todo está bien. Daniel Ruiz García. Tusquets Editores, 2015. 214 páginas. 17,00 €

Una noche de victoria electoral: Olegario García, consejero de Fomento y Vivienda en su comunidad, bien situado para liderar el partido, eufórico y con exceso de alcohol, quiere rematar la noche contratando los servicios de una prostituta. Entre las brumas de la resaca del día siguiente, recuerda que ha perdido la cartera y el teléfono móvil, y que seguramente la prostituta era un travesti. Los mundos de ambos van a colisionar por azar: el submundo ligado al tráfico de drogas o el proxenetismo se solapará con la formalidad de los partidos políticos, los gabinetes de prensa o las estrictas normas de la familia tradicional. Llegado a este punto, será decisiva la intervención de un bloguero (con miles de seguidores y toda una referencia nacional en el arte del planning) que quiere conseguir una noticia de impacto en las redes sociales.

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P.- Tu novela parece extraída de la misma realidad que hoy nos inunda y nos corrompe. Pero, ¿es posible que la ficción supere aún más la realidad que ya hemos vivido?

En el tiempo que transcurrió entre la contratación de la novela por parte de Tusquets y su publicación, confieso que sentí bastante ansiedad. Abría todos los días los periódicos, veía los informativos de televisión, escuchaba la radio, y me comían los demonios pensando en que algún político iba a “pincharme” la novela con un caso de corrupción cercano o parecido al que se describe en el libro. La vida política española se ha convertido en algo bastante desquiciado. Sólo un ligero recuento de cabeza: el pequeño Nicolás, los papeles de Bárcenas, los EREs de Andalucía, la Operación Púnica, la trama Gürtel… Todo ello convierte a España en una especie de parque temático de la corrupción al que, sorprendentemente, ninguna lumbrera se le ha ocurrido sacar provecho desde un enfoque turístico. Un parque temático mucho más brillante que Eurodisney o Terra Mítica, donde los Goofy y los Mickey Mouse son todos estos politicastros de formas mafiosas que parecen sacados de novelas de Hammet o Chandler, claro que sin un ápice de glamour. Así que pienso que no: la ficción, en esto de la corrupción, le ha perdido la batalla a la realidad.

2.- El protagonista es un político que podría asimilarse a cualquier partido o comunidad… ¿Todos son iguales?

El político reflejado en la novela es un político reconocible en cualquier comunidad, en cualquier administración local y en general en cualquier estructura de poder político. Es el político “de profesión”, con muchos años instalado en las estructuras del poder, que durante toda su vida no ha hecho otra cosa que alimentarse como una ameba de cargos de responsabilidad en distintos departamentos y áreas, y que ha perdido, con los años, cualquier noción ideológica. Podría ser igual de la gaviota que de la rosa, y eso no le causa ningún trastorno, ya que se ha vaciado de ideología, que ha sido sustituida por el resentimiento y el “cainismo”. Es el político abrazaespaldas que siempre lleva bien afilado el puñal en el bolsillo interior de su chaqueta. Y al que sólo le mueve la pretensión de medrar y alcanzar mayor poder. Todos los políticos no son iguales, pero este perfil político está lamentablemente muy instalado en los partidos y en las administraciones públicas donde no ha habido costumbre de alternancia.

P.- Siguiendo con la política y la enfermedad de la que hoy parece haberse contagiado: ¿el poder siempre acaba corrompiendo? ¿Los ideales se olvidan con la rutina política?

Mi impresión personal es que el contacto con el poder acaba pasando factura. He conocido a políticos que disfrutaron de cierta gloria en otro tiempo, pero que con los años, debido a movimientos internos y a luchas de intereses, acaban siendo arrinconados en departamentos o delegaciones adonde son enviados “a morir”. Son políticos resentidos de por vida, con comportamientos muchas veces despreciables, que constituyen la mejor evidencia de que el poder corrompe y degenera. Porque es difícil sobreponerse a la experiencia de haber tenido mucho poder. Es algo que lo distorsiona todo.

DRG

Daniel Ruiz García. Foto de Antonio Acedo.

P.- También entras de lleno en el mundo de las redes sociales. ¿Se nos terminará juzgando también por las opiniones o chismorreos que se viertan en solo 140 caracteres?

La reciente experiencia del tal Zapata, el concejal del gobierno de Manuela Carmena en Madrid, viene a corroborar algo que ya sabíamos: en los 140 caracteres no caben los matices. El discurso 2.0 tiende a ser plano, unívoco, sin lugar para el contexto o la ironía. Se trata, claro, de una gran limitación, que acaba pasando factura. Pero más que el poder de las redes sociales como archivo de una memoria distorsionada, me preocupa la propia construcción de discurso que se hace a través de dichas redes: cómo configuran la realidad de una manera parcheada, inevitablemente escueta, en la que prima la anécdota, el ingenio momentáneo, la sublimación de la forma frente al fondo. Twitter o Facebook conforman una realidad distorsionada, que desde luego tiene aspectos positivos, pero que también supone una limitación importante derivada de las características de los propios soportes. Por no hablar, claro, que son soportes en los que uno vive “de alquiler”, con contenidos y datos que pertenecen y son aprovechados por terceros.

P.- Visto lo visto a través de los medios de comunicación… ¿También ha llegado la corrupción hasta ellos? ¿Qué ha sido de su labor crítica e intelectual? ¿Se perdió la confianza en ellos?

Para los medios, la crisis económica no fue más que una crisis sobrevenida sobre otra crisis anterior, y probablemente más estructural, que era la propia crisis derivada de la irrupción de Internet y la imposición de nuevos modelos de comunicación más horizontales. Es obvio que los medios están asistiendo a un proceso paulatino de “precarización”, especialmente sensible en el caso de los medios convencionales, sobre todo la prensa escrita, que ha tardado demasiado en asumir la evidencia de un cambio de modelo (aunque parezca mentira, en algunas redacciones de periódicos aún existen redacciones paralelas y se discute qué contenidos deben publicarse online y cuáles han de salir en offline). Esta situación está provocando que muchos medios desarrollen prácticas que en otro tiempo se hubieran considerado impensables. Prácticas como, por ejemplo, publicar como información contenidos que son publicidad, y por tanto que están pagados. No diría que es corrupción, pero sí que se trata de una gran falta de ética. Por otro lado, nadie debe escandalizarse del nivel de “compadreo” que actualmente existe entre el poder político o el económico y los medios de comunicación. ¿Qué labor crítica cabe exigir a los medios ante semejante escenario?

P.- ¿El humor se hace clave a la hora de afrontar temas como los de tu novela? ¿Solo a través de la parodia o la ironía el lector sabe encajarlos mejor?

Pienso que sin humor, mi novela resultaría bastante indigesta. Personalmente, necesito el humor para vivir, y en el caso de esta novela lo necesitaba para poder contar la historia sin que se me cortara el cuerpo. De cara a los lectores, es también en cierta medida una decisión piadosa, ya que si se contara como un drama la novela debería venderse directamente con una cuchilla de afeitar de regalo.

P.- ¿Cómo surgió Olegario García Redondo? ¿Y el resto de personajes? ¿En qué o quienes te inspiraste para dibujarlos?

El personaje del político está, como he comentado, inspirado en un perfil de político que tristemente es bastante habitual en las estructuras de poder. En general, todos los personajes que construyo toman atributos y rasgos de distintas personas con las que me voy cruzando en el camino. Aunque la literatura me inspira, nunca me ha inspirado de cara a la construcción de personajes. Los personajes muy literarios me parecen, no sé si se entiende, muy antiliterarios: están vacíos de vida, resultan muy acartonados.

P.- Saliéndonos un poco de la novela y volviendo la vista a la situación política y social que nos ocupa (tan parecida a la del libro)… ¿Tenemos lo que nos merecemos?

No sabría responder a esa pregunta. Como ciudadano, la verdad es que pienso que no me merezco casi nada de lo que veo. Merezco la decencia que yo ofrezco a través del pago religioso de mis impuestos. Merezco que no se me trate como un gilipollas cuando se me pide el voto, sabiendo que los mismos que lo piden nos han engañado una y otra vez. Merezco un poco de honestidad en el mantenimiento de ese contrato que el político suscribe con el ciudadano, y no ese trato que cada vez se parece más al trato de un banco o una empresa de telefonía, donde impera la mala educación y la altanería.

P.- Sigamos con el humor: ¿de verdad que para ser creativo y llamar la atención hoy día… lo mejor es el planking? Vamos a rizar el rizo: si te plantearas hacerlo ¿dónde sería?

Tenía claro que uno de los personajes principales de la novela debía ser eso que llaman un prescriptor en las redes sociales. Un gurú de ésos que cuentan sus números de seguidores con la “K” de kilo, y cuyo discurso resulta totalmente bochornoso y vacuo. Entonces cayó en mis manos un reportaje sobre el planking, una tendencia que nació en el Reino Unido y que, básicamente, consiste en retratarse bocabajo en el lugar más impensable (en la mesa de un McDonald, a las puertas del Palacio de Buckingham, en un metro lleno de gente). Me pareció una tendencia tan brillante, por su soberana estupidez, que merecía ser recogida en el libro. Este y otros fenómenos como los Harlemshakes, los lipdubs y todo este tipo de tendencias suponen una revisión amable de las performances de los años 60 y 70, pero limpiadas de cualquier connotación crítica. Son tan vacías como el propio discurso 2.0 en el que encajan. Literariamente, desde luego, dan mucho juego. Pero si me preguntas personalmente, yo sólo practico un tipo de planking, sobre todo durante el verano: el de la toalla de playa, mucho mejor si está acompañado de una lata de cerveza.

P.- ¿Tienes ya algún nuevo proyecto narrativo entre manos?

Me interesa mucho reflejar realidades sociales que se encuentran en mi entorno y diseccionarlas de una manera divertida, aportando mi propia visión. Estoy muy interesado en el fenómeno del coaching como disciplina formativa y empresarial, y en el modo en que este coaching se ha convertido para muchas empresas en la nueva religión. En eso andamos.

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Por Benito Garrido (@benitogarridog).

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