Emma Goldman: “El individuo y el Estado”

Emma Goldman (1869-1940)

Emma Goldman (1869-1940)

«Todo progreso es, en esencia, una ampliación de las libertades del individuo con la correspondiente reducción de la autoridad ejercida sobre él por fuerzas externas.

Esto es tan cierto en el reino físico como en las esferas políticas y económicas. En el mundo físico, el hombre ha progresado hasta el grado de dominar las fuerzas de la naturaleza y hacerlas útiles para el mismo. El hombre primitivo dio el primer paso en el camino del progreso en el momento en que produjo el primer fuego y así triunfó sobre las oscuridades, cuando encadenó el viento o encauzó el agua.

¿Cuál es el papel que la autoridad o el gobierno jugó en el esfuerzo humano por mejorar, en los inventos y en los descubrimientos? Ninguno, o al menos, ninguno que fuera útil. Siempre ha sido el individuo quien ha logrado cada milagro en esta esfera, normalmente a pesar de las prohibiciones, persecuciones e interferencias de la autoridad, humana y divina.

De igual modo, en la esfera política, el camino del progreso se ha basado en un distanciamiento cada vez más de la autoridad del jefe tribal o del clan, del príncipe y rey, del gobierno, del Estado. Económicamente, el progreso ha significado un mayor bienestar de cada vez más personas. Culturalmente, ha supuesto la consecuencia de todos los otros logros: mayor independencia política, mental y física.

Considerado desde este ángulo, el problema de las relaciones humanas con el Estado asume una significación completamente diferente. No es cuestión de si la dictadura es preferible a la democracia, o si el fascismo italiano es superior al hitlerismo. Una cuestión más amplia y vital se plantea: ¿el gobierno político, el Estado, es beneficioso para la humanidad? y ¿cómo afecta al individuo el modelo social?

El individuo es la verdadera realidad de la vida. Un universo en sí mismo no existe para el Estado, ni para esa abstracción denominada “sociedad”, o para la “nación”, que sólo es una reunión de individuos. El hombre, el individuo, siempre ha sido, y necesariamente es, la única fuente y fuerza motora de la evolución y el progreso. La civilización ha sido una continua lucha de individuos o grupos de individuos en contra del Estado e, incluso, en contra de la “sociedad”, esto es, en contra de la mayoría dominada e hipnotizada por el Estado y el culto al Estado. Las más grandes batallas del ser humano han sido emprendidas contra los obstáculos impuestos al hombre y los impedimentos artificiales impuestos para paralizar su crecimiento y desarrollo.

El pensamiento humano siempre ha sido falseado por la tradición, la costumbre y una pervertida falsa educación, en interés de aquellos que mantienen el poder y disfrutan de privilegios; en otras palabras, por el Estado y la clase gobernante. Este conflicto constante ha sido la historia de la humanidad.

El individualismo puede describirse como la conciencia del individuo acerca de lo que él es y cómo vive. Es inherente a todo ser humano y es la clave del crecimiento. El Estado y las instituciones sociales vienen y van, pero el individualismo permanece y persiste. Es expresión de toda esencia de la individualidad; el sentido de la dignidad e independencia es el suelo en donde germina. La individualidad no es un elemento impersonal y mecánico que el Estado trata como un “individuo”. El individuo no es meramente el resultado de la herencia y el entorno, de la causa y efecto. Es eso y mucho más, algo más. El hombre vivo no puede ser definido; es el origen de toda la vida y valores; no es una parte de esto o de aquello; es el todo, un todo individual, creciente, cambiante, siempre un todo constante.

La individualidad no debe ser confundida con las diversas formas y conceptos del individualismo; y mucho menos con el “individualismo a ultranza” el cual sólo es intento enmascarado para reprimir y frustrar al individuo y su individualidad. El denominado individualismo es el laissez faire social y económico: la explotación de las masas por las clases altas mediante la superchería legal, la degradación espiritual y el adoctrinamiento sistemático de los espíritus serviles, a través del proceso conocido como “educación”. Este corrupto y perverso “individualismo” es la camisa de fuerza de la individualidad. Ha convertido la existencia en una carrera degradante por las apariencias, por las posesiones, por el prestigio social y la supremacía. Su máxima sabiduría es “Que al último se lo lleve el diablo”.

Este “individualismo a ultranza” inevitablemente ha conllevado la mayor esclavitud moderna, las más extremas distinciones de clases, conduciendo a millones de personas hasta la miseria. El “individualismo a ultranza” simplemente ha supuesto el pleno “individualismo” para los amos, mientras que el pueblo está regimentado dentro de la casta de los esclavos para servir a un puñado de egoístas “superhombres”. Norteamérica es tal vez el mejor ejemplo de este tipo de individualismo, en cuyo nombre se defienden la tiranía política y la opresión social, los cuales se consideran como virtudes; mientras cada aspiración e intento de un hombre por alcanzar la libertad y oportunidad social para vivir es denunciado como “antiamericano” y satanizado en nombre de ese mismo individualismo.

Hubo un tiempo cuando el Estado era desconocido. En su condición natural, el hombre existía sin Estado o gobierno organizado. Las personas vivían como familias en pequeñas comunidades; araban la tierra y practicaban las artes y artesanías. El individuo, y posteriormente la familia, era la unidad de la vida social en donde cada uno era libre e igual a su vecino. La sociedad humana no era entonces un Estado sino una asociación; una asociación voluntaria para la mutua protección y beneficios. Los miembros más viejos y con más experiencia eran los guías y consejeros del pueblo. Ayudaban a gestionar los problemas vitales, y no a dirigir y dominar al individuo.

El gobierno político y el Estado se desarrollaron muy posteriormente, surgiendo del deseo de los más fuertes para beneficiarse de los más débiles, de unos pocos sobre los demás. El Estado, eclesiástico y secular, servía para dar una apariencia de legalidad y corrección de las maldades hechas por unos pocos a los demás. Esta apariencia de corrección era necesaria para un más fácil gobierno de las personas, ya que ningún gobierno puede existir sin el consenso de las personas, consenso abierto, tácito o asumido. El constitucionalismo y la democracia son las formas modernas de este consenso; el consenso se inocula y adoctrina a través de la denominada “educación “, en el hogar, en la iglesia y en cada fase de la vida. Este consenso es la creencia en la autoridad, necesario para el Estado. En su base se encuentra la doctrina de que el hombre es tan malvado, tan vicioso, tan incompetente como para reconocer lo que es bueno para él. Sobre ésta, se levanta todo gobierno y opresión. Dios y el Estado existen y son apoyados por este dogma.

El Estado no es nada más que un nombre. Es una abstracción. Como otros conceptos similares –nación, raza, humanidad– no tiene una realidad orgánica. El considerar al Estado como un organismo sólo demuestra una tendencia enfermiza a convertir las palabras en fetiches.

El Estado es el término para la maquinaria legislativa y administrativa en donde algunos realizan sus tejemanejes. No hay nada sagrado, santo o misterioso en torno de ello. El Estado no tiene más conciencia o misión moral que una compañía comercial que explota una mina de carbón o gestiona un ferrocarril.

Emma Goldman pronuncia un discurso en el funeral de Kropotkin (1921)

Emma Goldman pronuncia un discurso en el funeral de Piotr Kropotkin (1921)

El Estado no tiene más existencia que los dioses o los diablos. Son igualmente el reflejo y la creación del hombre, para el hombre; el individuo es la única realidad. El Estado es sólo la sombra del hombre, la sombra de su ininteligibilidad, de su ignorancia y sus miedos.

La vida empieza y termina en el ser humano, el individuo. Sin él no existe raza, ni humanidad, ni Estado. No, ni incluso la “sociedad” es posible sin el ser humano. Es el individuo quien vive, respira y sufre. Su desarrollo, su crecimiento, ha sido una continua lucha contra los fetiches de su propia creación, y en concreto contra el “Estado”.

En los primeros momentos, las autoridades religiosas moldearon la vida política a imagen de la Iglesia. La autoridad del Estado, el “derecho” de los gobernantes, procede del cielo; el poder, como las creencias, era divino. Los filósofos han escrito gruesos volúmenes para demostrar la santidad del Estado; algunos incluso lo han revestido con la infalibilidad y los atributos divinos. Alguien han mantenido la insensata noción de que el Estado es un “superhombre”, la suprema realidad, “lo absoluto”.

El cuestionar se condenó como una blasfemia. La servidumbre era la más alta virtud. Mediante tales preceptos y adiestramientos, ciertas cosas llegaron a ser consideradas como manifiestas, como sagrada su verdad, debido a su constante y persistente reiteración.

Todo progreso se ha encaminado esencialmente hacia el desenmascarar la “divinidad” y “misterio”, la presunta santidad, la eterna “verdad”; ha sido la gradual eliminación de lo abstracto y la sustitución en su lugar de lo real, lo concreto. En resumen, de los hechos frente a la fantasía, del saber frente a la ignorancia, de la luz frente a la oscuridad.

(…) Siempre ha sido el individuo, el hombre de fuerte pensamiento y deseo de libertad, quien ha pavimentado el camino de cada avance humano, de cada paso hacia delante a favor de un mundo más libre y mejor; en ciencia, en filosofía y en el arte, así como en la industria, cuyos genios han rozado la cima, concibiendo los “imposibles”, visualizando su realización e imbuyendo a otros con su entusiasmo para trabajar y lograrlo. Hablando socialmente, siempre han sido los profetas, los videntes, los idealistas, quienes han soñado un mundo más de acuerdo con los deseos de sus corazones y quienes han servido, como la luz del faro en el camino, para alcanzar logros mayores.

El Estado, todo gobierno, independiente de su forma, carácter o color, sea absoluto o constitucional, monárquico o republicano, fascista, nazi o bolchevique es, por propia naturaleza, conservador, estático e intolerante al cambio, rechazándolo. Cualquier cambio experimentado siempre ha sido el resultado de la presión ejercida sobre él, fuerte presión para obligar a los poderes gobernantes a asumirlo pacíficamente o de otra forma, generalmente “de otra forma”, esto es, a través de la revolución. Es más, el conservadurismo inherente del gobierno, de la autoridad de cualquier tipo, inevitablemente se transforma en reacción. Por dos razones: primero, porque está en la naturaleza del gobierno no sólo retener el poder que posee, sino igualmente ampliarlo y perpetuarlo, nacional como internacionalmente.

Cuanto más fuerte es la autoridad, mayor es el Estado y su poder, y menos puede tolerar a una autoridad similar o poder político a su vera. La psicología del gobierno exige que esta influencia y prestigio crezca constantemente, tanto dentro como fuera, y explotará cualquier oportunidad para incrementarlo. Esta tendencia está motivada por los intereses financieros y económicos que están detrás del gobierno, a los cuales representa y se sirven de él. La fundamental raison d’être (razón de ser) de cualquier gobierno que, a propósito, ante lo cual antiguamente los historiadores de manera intencionada cerraron sus ojos, se ha hecho tan obvio en la actualidad que incluso los estudiosos no lo pueden ignorar.

El otro factor, que obliga a los gobiernos a ser cada vez más conservadores y reaccionarios, es su inherente desconfianza frente al individuo y el temor a la individualidad. Nuestro contexto político y social no puede permitirse el lujo de tolerar al individuo y su constante demanda de innovación. Por lo tanto, para su “autodefensa”, el Estado reprime, persigue, castiga e incluso priva al individuo de su vida. Es ayudado en esta labor por diversas instituciones creadas para preservar el orden existente. Recurre a cualquier forma de violencia y fuerza, y sus tentativas son apoyadas por la “indignación moral” de la mayoría frente al herético, el disidente social y el rebelde político; la mayoría durante siglos ha sido instruida en el culto al Estado, adiestrada en la disciplina y la obediencia y dominada por el temor a la autoridad en el hogar, la escuela, la iglesia y la prensa.

El más fuerte baluarte de la autoridad es la uniformidad; la menor divergencia frente a ella, es el mayor crimen. La generalización de la mecanización de la vida moderna ha multiplicado por mil la uniformidad. Está presente en cualquier lugar, en los hábitos, en los gustos, en el vestir, en el pensamiento y en las ideas. La mayor estupidez concentrada es la “opinión pública”. Pocos tienen el coraje de enfrentarse a ella. Quien se niega a someterse rápidamente es etiquetado como “raro” o “diferente” y desacreditado como un elemento perturbado en el confortable estancamiento de la vida moderna.

Tal vez más que la autoridad constituida, sea la uniformidad social y la igualdad lo que más atormenta al individuo. Su misma “singularidad”, “separación” y “diferenciación” lo convierte en un extraño, no sólo en su lugar de nacimiento sino incluso en su propio hogar. En ocasiones, más que los propios extranjeros quienes generalmente aceptan lo establecido.

En el verdadero sentido, el terruño de uno, con sus tradiciones, las primeras impresiones, reminiscencia y otras cosas añoradas, no es suficiente como para hacer a los seres humanos susceptibles de sentirse en el hogar. Una cierta atmósfera de “pertenencia”, la conciencia de ser “uno” con las personas y el medio, es más esencial para que uno se sienta en casa. Esto se basa en una buena relación con nuestra familia, el más pequeño círculo local, así como el aspecto más amplio de la vida y actividad, comúnmente denominado como nuestro país. El individuo cuya visión abarque todo el mundo a menudo no suele sentirse en ningún lugar tan desprotegido y tan desvinculado a su entorno como en su tierra natal.

En los tiempos anteriores a la guerra, el individuo podía al menos escapar al aburrimiento nacional y familiar. El mundo entero estaba abierto a sus anhelos y sus demandas. Actualmente, el mundo se ha convertido en una prisión y la vida continuamente confinada solitariamente. Especialmente esto es cierto con el advenimiento de las dictaduras, tanto de derechas como de izquierdas.

Friedrich Nietzsche denominó al Estado como un frío monstruo. ¿Cómo habría llamado a la bestia horrorosa en su forma de dictadura moderna? No es que el gobierno alguna vez hubiera permitido muchas oportunidades al individuo; pero los adalides de la ideología del nuevo Estado incluso no llegan ni a conceder esto. “El individuo no es nada”, declaran, “es la colectividad lo que cuenta”. Nada más que la completa rendición del individuo podrá satisfacer el insaciable apetito de la nueva deidad.

Aunque parezca extraño, los más ruidosos defensores de este nuevo credo los encontraremos entre la intelectualidad británica y norteamericana. Ahora están entusiasmados con la “dictadura del proletariado”. Sólo en teoría, está claro. En la práctica, prefieren todavía las pocas libertades de sus respectivos países. Han acudido a Rusia en cortas visitas o como mercaderes de la “revolución”, aunque se sienten más seguros y cómodos en su casa.

Tal vez no sólo sea falta de coraje lo que mantiene a estos buenos británicos y norteamericanos en sus tierras nativas antes que en el venidero milenio. De manera subconsciente, tal vez se pueda apreciar un sentimiento que demuestra que la individualidad sigue siendo el hecho más fundamental de toda asociación humana, reprimido y perseguido aunque nunca derrotado, y a la larga, vencedor.

El “genio humano”, que es lo mismo pero con otro nombre, que la personalidad y la individualidad, ha abierto un camino a través de todas las cavernas dogmáticas, a través de las gruesas paredes de la tradición y la costumbre, desafiando todos los tabúes, dejando la autoridad en la nada, haciendo frente a las injurias y al patíbulo; en última instancia, para ser bendecido como profeta y mártir por las generaciones venideras. Pero si no fuera por el “genio humano”, que es la cualidad inherente y persistente de la individualidad, seguiríamos vagando por los primitivos bosques.

Peter Kropotkin ha demostrado qué maravillosos resultados se han alcanzado por medio de esta única fuerza de la individualidad cuando ha sido fortalecida por medio de la cooperación con otras individualidades. La teoría unilateral e inadecuada de Darwin de la lucha por la existencia recibió su complementación biológica y sociológica por parte del gran científico y pensador anarquista. En su profundo trabajo, El apoyo mutuo, Kropotkin demuestra que en el reino animal, de igual forma que en la sociedad humana, la cooperación –como oposición a los conflictos y enfrentamientos intestinos– ha trabajado por la supervivencia y evolución de las especies. Ha demostrado que sólo el apoyo mutuo y la voluntaria cooperación –y no el omnipotente y devastador Estado– pueden crear las bases para la libertad individual y una vida en asociación.

En la actualidad, el individuo es la marioneta de los zelotes de la dictadura y de los igualmente obsesionados zelotes del “individualismo a ultranza”. La excusa de los primeros es que buscan un nuevo objetivo. Los últimos, nunca han pretendido nada nuevo. De hecho, el “individualismo a ultranza” no ha aprendido nada ni ha olvidado nada. Bajo su guía, la burda lucha por la existencia física todavía está vigente. Aunque pueda parecer extraño, y absolutamente absurdo, la lucha por la supervivencia física campa a sus anchas aunque su necesidad ha desaparecido completamente. De hecho, la lucha continúa aparentemente, ya que no es necesaria. ¿La denominada sobreproducción no lo prueba? ¿No es la crisis económica mundial una elocuente demostración de que la lucha por la existencia es mantenida por la ceguera del “individualismo a ultranza” a riesgo de su propia destrucción?

Una de las dementes características de esta lucha es la completa negación de la relación del productor con las cosas que él produce. El trabajador medio no tiene un estrecho vínculo con la industria en donde está empleado, y es un extraño a los procesos de producción en los cuales es una parte mecánica. Como otro engranaje de la máquina, es reemplazable en cualquier momento por otro similar despersonalizado ser humano.

El proletario intelectual, aunque tontamente se concibe como un agente libre, no está mucho mejor. Él, igualmente, tiene pocas opciones o autoorientación, en sus particulares materias de la misma manera que sus hermanos que trabajan con sus manos. Las consideraciones materiales y el deseo de un mayor prestigio social suelen ser los factores decisivos en la vocación de un intelectual. Junto a esto, está la tendencia a seguir los pasos de la tradición familiar, convertirse en doctores, legisladores, profesores, ingenieros, etc. Seguir la corriente requiere menos esfuerzo y personalidad. En consecuencia, casi todos estamos fuera de lugar en el presente esquema de las cosas. Las masas siguen trabajando cansinamente, en parte porque sus sentidos han sido embotados por la mortal rutina del trabajo, y porque deben ganarse la vida. Esto es pertinente con mayor fuerza aún a la estructura política actual. No existe espacio en este contexto para la libre elección, para el pensamiento y actividad independiente. Sólo hay lugar para votar y para los contribuyentes títeres.

Mitin de Emma Goldman en Barcelona (1936)

Mitin de Emma Goldman en Barcelona (1936)

Los intereses del Estado y los del individuo difieren fundamentalmente y son antagónicos. El Estado y las instituciones políticas y económicas que soporta, pueden existir sólo modelando al individuo según sus propios propósitos; adiestrándolo para que respete “la ley y el orden”; enseñándole obediencia, sumisión y fe incondicional en la sabiduría y justicia del gobierno; y, sobre todo, leal servicio y completo autosacrificio cuando lo manda el Estado, como en la guerra. El Estado se impone a sí mismo y sus intereses por encima, incluso, de las reivindicaciones de la religión y de Dios. Castiga los escrúpulos religiosos o de conciencia de la individualidad, ya que no existe individualidad sin libertad, y libertad es la mayor amenaza de la autoridad.

La lucha del individuo contra estas tremendas desigualdades es lo más difícil –también, en ocasiones, peligroso para la vida y el propio cuerpo– ya que no es la verdad o la falsedad lo que sirve como criterio de la oposición que tendrá que hacer frente. No es la validez o utilidad de su pensamiento o actividad lo que despierta contra él las fuerzas del Estado y de la “opinión pública”. La persecución del innovador y del que protesta generalmente está inspirada por el temor de una parte de la autoridad constituida al sentir su incapacidad cuestionada y su poder minado.

La verdadera liberación del hombre, individual y colectiva, reposa en su emancipación de la autoridad y de la creencia en ella. Toda la evolución humana ha sido una lucha en esa dirección y con ese objetivo. No son los inventos y mecanismos los que constituyen el desarrollo. La habilidad de viajar a una velocidad de cien millas por hora no es una evidencia de un ser civilizado. La verdadera civilización será medida por el individuo, la unidad de toda vida social; por su individualidad y hasta qué punto es libre para desarrollarse y expandirse sin el estorbo de la invasora y coercitiva autoridad.

Socialmente hablando, el criterio de la civilización y la cultura es el grado de libertad y oportunidad económica que disfruta el individuo; de unidad social e internacional, y de cooperación sin restricciones por leyes hechas por el hombre y demás obstáculos artificiales; por la ausencia de castas privilegiadas y por la realidad de la libertad y dignidad humanas; en pocas palabras, por la verdadera emancipación del individuo.

El absolutismo político se ha abolido porque los hombres han comprendido con el paso del tiempo que el poder absoluto es dañino y destructivo. Lo mismo es cierto con todo poder, ya sea el poder de los privilegios, del dinero, del sacerdote, del político o de la denominada democracia. En sus consecuencias sobre la individualidad, importa poco cuál es el carácter particular de la coacción, ya sea negra como el fascismo, amarilla como el nazismo o con pretensión de roja como el bolchevismo. Es el poder lo que corrompe y degrada tanto al amo como al esclavo, y da lo mismo si el poder es ejercido por un autócrata, por un parlamento o por los soviets. Más pernicioso que el poder de un dictador es el de una clase; lo más terrible: la tiranía de la mayoría.

El largo devenir de la historia ha enseñado al hombre que la división y los conflictos internos significa la muerte, y que la unidad y la cooperación lo hace avanzar en su causa, multiplica sus fuerzas y amplía su bienestar. El sentido del gobierno siempre ha operado en contra de la aplicación social de esta lección vital, salvo cuando sirve al Estado y los ayuda en sus particulares intereses. Éste es el antiprogresivo y antisocial sentido del Estado y de sus castas privilegiadas que están detrás de él, el cual ha sido responsable de la amarga lucha entre los hombres. El individuo y los amplios grupos de individuos han comenzado a ver debajo del orden establecido de las cosas. No por mucho tiempo seguirán cegados como en el pasado, por el deslumbre y el oropel de la idea del Estado, y por las “bendiciones” del “individualismo a ultranza”. El hombre está extendiendo su mano para alcanzar las más amplias relaciones humanas que sólo la libertad puede otorgar. La verdadera libertad no es un mero trozo de papel denominado “constitución”, “derecho legal” o “ley”. No es una abstracción derivada de la irrealidad llamada “el Estado”. No es el aspecto negativo de ser liberado de algo, ya que con tal libertad uno puede morirse de hambre. La libertad real, la libertad verdadera, es positiva: es la libertad a algo; es la libertad de ser, de hacer; en resumen, es la libertad de la real y activa oportunidad.

Este tipo de libertad no es obsequio: es el derecho natural del hombre, de cada ser humano. No puede otorgarse; no puede ser encadenada por medio de ninguna ley o gobierno. Su necesidad, su anhelo, es inherente al individuo. La desobediencia a cualquier forma de coerción es su instintiva expresión. La rebelión y la revolución son el intento más o menos consciente de alcanzarla. Estas manifestaciones, individual y social, son las expresiones fundamentales de los valores humanos. Debido a que esos valores deben ser alimentados, la comunidad debe comprender que su mayor y más duradero recurso es la unidad, el individuo.

En la religión, como en la política, las personas hablan de abstracciones y creen que se trata de realidades. Sin embargo, cuando van a lo real y concreto, la mayoría de las personas parecen perder su fogosidad. Tal vez puede ser porque la realidad únicamente puede ser demasiado práctica, demasiado fría, como para entusiasmar al alma humana. Sólo puede encender el entusiasmo las cosas no triviales, excepcionales. En otros términos, el Ideal es la chispa que prende la imaginación y el corazón de los hombres. Se necesita cierto ideal para despertar al hombre de la inercia y rutina de su existencia, y convertir al sumiso esclavo en una figura heroica.

La discrepancia vendrá, por supuesto, del objetor marxista, que es más marxista que el propio Marx. Para ellos, el hombre es un mero títere en manos de ese omnipotente metafísico llamado determinismo económico o, más vulgarmente, la lucha de clases. La voluntad humana, individual o colectiva, su vida psíquica y orientación mental no cuenta para nada para nuestro marxista y no afecta a su concepción de la historia. Ningún estudioso inteligente puede negar la importancia de los factores económicos en el crecimiento social y desarrollo de la humanidad. Pero sólo un estrecho y deliberado dogmatismo puede persistir en mantener ciego al importante papel jugado por una idea concebida por la imaginación y las aspiraciones del individuo.

(…) De todas las teorías sociales, el anarquismo es la única que proclama firmemente que la sociedad existe para el hombre, y no el hombre para la sociedad. El único legítimo propósito de la sociedad es servir a las necesidades e incrementar las aspiraciones del individuo. Sólo haciendo esto, está justificada su existencia y puede ser una ayuda para el progreso y la cultura.

Los partidos políticos y los hombres que luchan salvajemente por el poder me menospreciarán como a alguien completamente desconectada de nuestro tiempo. Tranquilamente asumo la acusación. Me reconforta la seguridad de que su histeria no tiene un carácter perdurable. Sus hosannas son cantos momentáneos.

El hombre anhela la liberación frente a toda autoridad, y el poder nunca será más suave, a pesar de sus cantos altisonantes. La búsqueda de la libertad de cualquier grillete es eterna; debe y seguirá siéndolo».

(Fuente: Las palabras como arma, artículo “Individuo, sociedad y Estado”, Emma Goldman, LaMalatesta Editorial)

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