Cuestionario literario: Jose C. Vales

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biarritzTeóricamente una introducción que se precie debería iniciar presentando a Jose C. Vales como el ganador del premio Nadal 2015, ahondando sobre el valor histórico de dicho premio y la revalorización que este mismo ha tenido tras premiar el año pasado a un autor desconocido para gran parte del público lector o, en palabras del propio ganador, a “un autor dormido”. Sin embargo, en un afán por desordenar el orden de la jerarquía informativa y, puede -¿para qué engañarnos?-, en el intento y deseo de cumplimentarnos con el propio autor, hemos optado por definir por encima de todo a Jose C. Vales como un filólogo, como un apasionado estudioso de las buenas letras, como un entusiasta del estudio diligentemente lento, silencioso y solitario. De una inteligencia lectora poco común, la palabra escritor se queda paradójicamente corta para José C. Vales: formado en filología en la universidad de Salamanca y con una amplia preparación también en crítica y teoría literaria, José C.Vales desde hace años ocupa sus días en la edición, corrección y traducción de clásicos: desde la adaptación en viñetas de El Quijote hasta la traducción de los clásicos contemporáneos ingleses. Su admiración por la literatura inglesa de los siglos XVII y XVIII no sólo se hace explícita en su segunda novela Cabaret Biarritz (Destino), con la que ganó precisamente el Premio Nadal, sino en cada uno de sus análisis críticos –su blog es un espacio de obligada visita para todo aquel que conciba la crítica como un lectura atenta de los textos, una lectura reflexiva y afilada alejada del timing editorial- así como en su conversación: las referencias a Bennet o a Jane Austen aparecen con la misma naturalidad con la que en su segunda novela –había publicado anteriormente El Pensionado de Neuwelke– inventa una bibliografía sobre la cual se sustenta una novela que, en explícito diálogo con la tradición cervantina del manuscrito encontrado, se construye a partir de varios estratos textuales y a partir de juegos apócrifos de autorías. Rechaza, justamente, la definición de postmoderno que algunos han querido imponerle; a la posible relación entre la invención bibliográfica de Cabaret Biarritz con la obra de Borges, él responde que “todo está en El Quijote”. Permite alguna alusión a Lawrence Sterne y su Tristram Shandy, pero de inmediato reconduce la lectura de su novela a la tradición humorística española –de  El Lazarillo hasta Larra, pasando indudablemente por El Quijote de Cervantes y El Buscón de Quevedo– así como a la tradición literaria inglesa y, en concreto, a su tradición irónica, con Richardson, Jane Austen y Dickens como principales maestros de ceremonia. Asimismo, la imposible y frustrada historia de amor descrita en Cabaret Biarritz, si por un lado remite a la tradición trovadoresca y al amor imposible –a esa dama casada e inconquistable- versificado por Dante y Petrarca, por el otro remite a la tradición romántica, donde lo sublime se esconde tras lo terrible, lo melancólico y lo agotado, ya sea de la propia relación amorosa ya sea del paisaje en el cual se enmarca. La costa de Biarritz descrita en su belleza, pero –de ahí la lección del romanticismo- también en su adversidad, a través de sus costas, que se convierten en escenario de muerte. Si el Premio Nadal ha descubierto –al contrario de lo afirmado, en la recogida del premio, por el autor, éste no estaba dormido, sino que su labor estaba sencillamente, y puede que con razón, alejada de los focos-  a Jose C. Vales como autor, Cabaret Biarritz ha restituido sentido al concepto de premio literario como un galardón que debe descubrir obras y autores cuyo valor literario se imponga por encima de nombres, fama y luces cegadoras.

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¿Cuál es su idea de felicidad perfecta?

Es interesante que añadas el adjetivo “perfecta”, porque das por supuesto que existe una felicidad “imperfecta”. Y efectivamente, es posible que todas las “felicidades” sean imperfectas. Este tipo de ideas nacieron cuando aún no se conocían los orígenes químicos de tales estados anímicos, como ocurre con el amor, la melancolía, etcétera. Hoy sabemos que todas esas ideas remiten a procesos químicos, pero… bueno, conservan cierto valor desde el punto de vista cultural (como la antigua teoría de los humores).  En fin, si me preguntas por los momentos en que libero más serotonina y oxitocina, seguramente tienen que ver con la adquisición de conocimiento, los libros, la música, el trabajo, la naturaleza, las obras de arte y las personas a las que quiero.

¿Cuál es su gran miedo?

Me preocupa muchísimo el sufrimiento y el dolor, en general, y en particular, de los que tengo a mi alrededor. En este universo caótico, maravilloso, ridículo, absurdo, asombroso y enloquecido, la parte más desagradable es el dolor y el sufrimiento. Ni el dolor ni el sufrimiento sirven para nada, ni se aprende nada de ellos, ni tienen ningún sentido. El dolor y el sufrimiento son las heces de la existencia: molestan, son desagradables y no tienen ninguna utilidad.

¿Cuál considera que es la virtud más sobrevalorada?

Tanto las virtudes cardinales como las teologales me resultan muy aceptables, especialmente la humildad (que a veces ni siquiera se incluye entre las virtudes). También me gusta mucho la prudencia, tal vez porque no la practico tanto como desearía. En nuestro mundo y dada su agotadora presencia en todas partes, parece que se consideran virtudes el sentimentalismo y el “emocionalismo” heredado del psicologismo de principios del XX. Suponiendo que sean virtudes, me parece que están sobrevaloradas. Y, por decirlo muy suavemente, no me resulta agradable que haya personas que pretendan lucrarse con ese sentimentalismo de cartón piedra.

¿En qué ocasiones recurre a la mentira? (en el caso que confiese mentir).

A veces miento por necesidad, o por obligación, o por egoísmo, o por miedo, o por caridad, o por desinterés, o por aburrimiento, o por deporte… Una de las simplezas que corren por ahí es que los autores de ficción cuentan mentiras o que las ficciones son embustes y mentiras bien narradas. Esto sirve para Twitter y Facebook —vertederos de simplezas—, pero la creación de ficciones nada tiene que ver con las mentiras; de hecho, guarda más relación con la verdad que con la mentira.

¿Se muerde la lengua antes de expresar determinadas opiniones por temor al qué dirán?

No doy mi opinión a menos que me la pidan, y suelo tener la prudencia de no opinar públicamente sobre cuestiones de las que no tengo cierto conocimiento. Que yo haya escrito un par de novelas y haya traducido unos cuantos libros no significa que pueda opinar sobre conflictos internacionales, economía, deportes o astrofísica. No se trata del qué dirán, sino de un uso discreto y racional de la inteligencia. Por otro lado, creo que mi opinión en algunos asuntos (como la política o la religión) es irrelevante: tiene sentido en el ámbito privado pero en el ámbito público mi opinión sobre la mayoría de los asuntos tiene el mismo valor que la opinión de mi frutero o mi quiosquero, y no vale la pena hacerla pública. Me asombra que la gente haga pública su opinión casi sobre cualquier asunto —sin conocimiento y sin prudencia, en la mayoría de los casos—. El resultado es que dichas opiniones no suelen ser más que majaderías. Pero las personas siempre hemos tenido opinión. Antes, afortunadamente, dichas opiniones quedaban circunscritas al ámbito privado; ahora se hacen públicas y, por tanto, la cantidad de majaderías ha aumentado exponencialmente. Al parecer la gente cree que sus opiniones son relevantes.

¿Cuándo fue la última vez que tuiteó o publicó algún comentario en las redes sociales con plena libertad?

Las redes sociales están plagadas de pequeños Torquemadas dispuestos a enmendarte la plana a cada paso. Yo suelo utilizar la etiqueta #noreply porque no me interesa mantener conversaciones públicas: comparto noticias, imágenes o ideas, pero prefiero que ahí acabe todo. Aparte de la insólita estupidez de estar trabajando gratis para empresas como Twitter o Facebook o Instagram, llenando de contenidos sus aplicaciones, las redes sociales son un campo de minas peligrosísimo en el que la “sobreexposición” rara vez te deja en buen lugar. No suelo ser muy agresivo en las redes, pero me enfurecen los “listos”, los presuntuosos, los soberbios, los paternalistas, los “jueces permanentes”, los censores e inquisidores con mala baba, y los prepotentes que desprecian a los demás y el trabajo ajeno: por eso le dediqué un tuit a cierto patán que fue bloguero faltón, escritor cutre y vomitivo, criticastro lerdo, editor de reemplazo y ahora va diciendo que imparte “clases magistrales de literatura”. Bueno: yo no digo que no tenga derecho a hacer el ridículo durante toda su vida, eso es cosa de cada cual; lo que digo es que se ocupe de sus asuntos y no parasite el trabajo ajeno.

¿Qué es para usted la libertad?

Como la felicidad, por la que me preguntabas antes, la libertad es una idea abstracta no mensurable. Además, tiene una vertiente social y otra personal. Es obvio que aquí gozamos de más libertad que en otros lugares del mundo, pero por razones laborales, económicas o sociales, a nuestro alrededor hay personas que tienen mucha menos libertad que la gente de Corea del Norte. Mi libertad personal es parcial y muchas veces discutible, igual que la libertad de mis conciudadanos. La libertad guarda relación con las posibilidades vitales, no con aspectos espirituales o psicológicos. Soy libre si en mi país hay democracia, justicia, igualdad social, libertad de prensa, etcétera, pero si no tengo trabajo, si no puedo comprar libros, si no tengo acceso a internet, si no puedo ir al teatro o al cine o a los museos, si no tengo educación, si no puedo permitirme viajar, si vivo en condiciones lamentables… entonces no soy más que un esclavo. La libertad no sirve de nada si no puedes utilizarla.

¿Siente que ser una persona reconocida públicamente le resta libertad con respecto a la persona anónima?

Para empezar, salvo en contadísimas ocasiones, nunca he sentido que soy una persona reconocida públicamente. En mi vida cotidiana ese reconocimiento es inexistente; tal vez porque mis amigos saben que no tolero bien los halagos empalagosos y gratuitos. Por otra parte, el hecho de que me concedieran el Premio Nadal significa que debo ser respetuoso con quienes tuvieron tal generosidad. Es cierto: he querido hacer honor al Premio Nadal y a veces me he comportado con más elegancia y educación de la que me pedía el cuerpo. Y créeme: hay tanto majadero suelto que no siempre ha sido fácil.

¿Hablar y expresar públicamente opiniones políticas o silenciarlas?

Como ya he dicho, tengo mis opiniones políticas, desde luego. Pero creo que no son relevantes: mi trabajo es traducir y escribir, y eso es lo que entrego a los lectores. Yo vendo mi trabajo. No me vendo a mí mismo. Mis opiniones políticas, como mis preferencias sexuales o mis intereses gastronómicos son irrelevantes. Por otra parte, si se entendiera que tengo alguna prevalencia social, no me gustaría utilizarla para incidir en determinadas posiciones políticas. Mis opiniones, en ese sentido, no tienen más valor que las de cualquiera. (Ya sé que algunos escritores, por el hecho de serlo, creen que pueden opinar sobre cualquier asunto —política, economía, fútbol, arte o pediatría— y que sus ideas son palabra divina… El resultado de hacer gala de semejante conocimiento universal, como se observa continuamente en la prensa, suele ser bastante lamentable).

¿Activismo público o compromiso privado?

Mi compromiso, como ya he dicho, es privado. Desde luego, hay aspectos de la vida común en los que uno se compromete por razones obvias. Es decir, cualquier persona normal y con un grado de desarrollo intelectual medio está preocupado por la preservación de las libertades, por la igualdad de derechos, por el derecho a la educación pública y la cultura, por la sanidad pública, por la ecología y la preservación de los espacios naturales, contra el maltrato animal… Pero, en fin, es tontería vanagloriarse por eso: lo he hecho desde que era un crío, y cualquiera con dos dedos de frente apoya esas causas siempre.

¿Informarse o ser informado? ¿Qué es para usted y qué valor tiene la información?

Yo vinculo la información al conocimiento. Mi café matutino siempre va acompañado de las noticias, con varios medios en internet y otras páginas de información cultural, españolas y extranjeras. De todos modos, en mi casa todos los días entra un periódico en papel, y los fines de semana… bueno, la mesa siempre está llena de prensa. La información es esencial para mí: otra cosa bien distinta es que la mayoría de los medios sólo ofrezcan noticias sobre asuntos irrelevantes, y sean aburridos, tendenciosos, manipuladores y propagandísticos. Hay muchos días en los que no hay ni una sola noticia que valga la pena leer. La mayoría de las noticias que me interesan están relacionadas con los libros, el mundo editorial, el arte y los museos, la historia, la arqueología, la lingüística, la educación, el conocimiento, las mentalidades, las neurociencias, la astronomía, los viajes…

valesLa cultura, ¿cuestión de esnobismo o conocimiento transversal? ¿Todo es cultura? O, mejor dicho, ¿qué no es cultura para usted?

Es una cuestión peliaguda. En la disciplina de la Historia de las Mentalidades se dedican muchas horas a la cuestión de “la cultura”. Muchas veces el término se utiliza en términos demasiado amplios, como sinónimo de “civilización”, y en otras ocasiones, con vocación restrictiva, aludiendo únicamente a la “alta cultura” o la cutura de las “élites”. A mí me parece que, en este punto, conviene recordar que lo que no ha sido “cultura” en determinadas épocas… lo es en la actualidad; y que lo que fue “alta cultura” en un momento dado… hoy es pasto de polillas y gusanos. Entre la “alta cultura”, la cultura popular, la subcultura, la literatura, la subliteratura, los museos, los grafiteros, los libros, internet, las bibliotecas nacionales y los cuentacuentos hay vasos comunicantes por los que fluye más información de la que parece. Ni siquiera lo que nació con vocación industrial (véanse carteles, vehículos, objetos retro, etcétera) puede hoy apartarse de la idea de cultura. Al fin y al cabo, eso es la cultura pop. Para que un “acto” sea cultural, debe responder a una tradición (o refutarla), e influir en su tiempo, en otras personas y en otras obras de arte. Si es un hecho aislado, perdido en el tiempo e ignorado, no se puede considerar cultura, porque la cultura de un momento dado la forman grupos con mentalidades similares en permanente acción.

¿Sus referentes culturales son literarios, musicales, artísticos, cinematográficos…?

No sería comprensible que alguien interesado en la literatura ignorara otras artes, al menos en nuestra época. No sé cómo se puede entender la cultura de otras épocas o entender el mundo en que vivimos sin abrir la mirada a otras artes. Desde The Beatles a REM, y desde Elvis a The Shins, pasando por Mozart o Haydn, la música es esencial para mí, y en todos los sentidos. O la pintura y la escultura, y sus diferentes épocas, siempre de la mano de la literatura; o el cine (Spielberg, Coppola, Scorsese, Hitchcock, Allen, Wilder…): no me imagino que se pueda uno dedicar a la literatura sin tener amplias referencias en la música, la pintura o el cine. Y muchos de esos artistas, como Lennon, Cohen, Toulouse-Lautrec, Fortuny, Wilder o Kubrick o Burton, han tenido mucha más incidencia en mi modo de escribir que la inmensa mayoría de los escritores del siglo XX.

¿Un autor para releer?

Sí… esto de las relecturas es casi una tragedia. Si estoy trabajando y tengo que buscar algo en el Quijote, o en la Biblia, o en Tito Livio, o en Plinio, o en Séneca, o en Garcilaso o Fray Luis o en otros clásicos… ya sé que acabaré “perdiendo” dos o tres horas en esos libros. El mortal aburrimiento que me proporciona la literatura del siglo XX se desvanece ante el brillo y la elegancia de los clásicos. Y releo continuamente a Séneca y a Marco Aurelio.

¿Un autor recién descubierto?

No voy a hablarte de ningún escritor conocido. Voy a hablarte de un joven publicista cuya estética visual me encanta y cuyos textos me parecen una verdadera sorpresa en el mundo literario que nos rodea. Hablo de José Ramón Navarro, que ya ha publicado alguna novela en pequeñas editoriales, y algunos cuentos. Los microdramas que publica en su tumblr revelan un talento y una fuerza literaria que tarde o temprano todo el mundo reconocerá. Los editores y las editoriales parecen abonados actualmente al lloriqueo sentimental o a esa modalidad literaria llamada “intimismo”, o repiten esquemas librescos hasta la saciedad, pero si alguna vez deciden mirar más allá de la mesa camilla, el chocolate con bizcochos y los visillos, ahí tienen a José Ramón Navarro. Anímense.

¿Una película, una obra de teatro o un espectáculo recientemente visto y que no olvidará?

Aunque veo mucho cine (en el cine) y voy al teatro siempre que puedo, voy a hablarte de un “espectáculo” distinto. Creo que puede llamarse “espectáculo”, claramente, la exposición que Jeff Koons instaló en el Georges Pompidou de París unos meses atrás. (Creo que también estuvo en el Guggenheim de Bilbao hace poco). Es difícil evaluar a ese artista pop que va de lo infantil a lo pornográfico en el espacio de un par de salas. Sé —y, hasta cierto punto, lo comprendo— que a muchos críticos Koons les molesta sobremanera (a los críticos siempre les molesta todo sobremanera, por la úlcera estomacal y eso…). Sólo puedo decir en mi descargo que soy un fanático del pop y que a mí Koons me divierte muchísimo. Siempre que alguien se burla de los esnobs amargados y los elitistas mafiosos… me divierto.

La creación, ¿un arte, una pasión o un oficio que se puede aprender?

Bueno… sobre la “creación” se ha dicho mucho, pero sigue vivo el misterio al que aludía Valéry cuando señalaba que la esencia del artista es crear algo “de la nada”. A mí me gusta la idea de entender el arte como la variante que utilizamos para simbolizar o mostrar lo inefable, lo que no podemos explicar sistemáticamente, en un ensayo, por ejemplo, para comprendernos y comprender el mundo… o algo así. Creo que el poder creador y la imaginación es consustancial al hombre, y que todo el mundo es capaz de “crear”, sea un peinado, un reloj, un estofado, una casa, un tipo de letra, una novela, o un programa informático. La creación artística es otro asunto y, respecto a tu pregunta concreta, parece que los especialistas se decantan por una combinación que mezcle el talento creador con la técnica.

¿Todos podemos escribir un libro? ¿Todos podemos publicar? ¿Todos podemos ser artistas?

Yo creo que sí: creo que cualquiera puede escribir un libro, igual que cualquiera puede construir un puente. Otra cosa es si a mí me interesa cruzar determinados puentes y si los puedo considerar seguros… Ahora en serio: el ejercicio de la literatura, como el de cualquier arte (danza, arquitectura, pintura, escultura, etcétera), requiere ciertos conocimientos técnicos imprescindibles: a nadie se le ocurre que un arquitecto, un pintor, un escultor o un músico pueda ejercer su oficio sin los conocimientos técnicos necesarios, en los que suelen invertir muchos años y mucho esfuerzo. Ocurre igual con la literatura. No me imagino a nadie sensato que quiera entregarse a la literatura sin conocer los rudimentos filológicos básicos del oficio (me refiero a la lingüística, semántica, etimología, historia de la lengua, historia y teoría literaria, retórica, filosofía, historia, etcétera). Por supuesto, estos conocimientos no tienen por qué ser académicos. Aunque en el caso de los arquitectos, yo preferiría que sus conocimientos lo fueran.

El éxito: ¿personal o profesional? El éxito: ¿fama, dinero, reconocimiento o no necesariamente?

Supongo que si a uno le conceden el Premio Nadal… debe decir que ha alcanzado el éxito. Pero, suponiendo que lo haya tenido, no sé en qué consiste en realidad. Si tuviera que expresarlo en una acción concreta, yo diría que el éxito es la escena en la que un lector se acerca para decirte que le ha encantado tu novela o tu traducción, que ha pasado un buen rato leyéndolo, que se ha divertido y ha encontrado en tu trabajo algún elemento que ha modificado, ampliado o transformado su modo de entender el mundo. Cuando un lector se acerca para decirme algo así, o me lo comenta por correo, me alegra enormemente, y supongo que eso puede llamarse éxito.

¿Cuál considera que es su gran logro?

No sé si he conseguido algún gran logro. Supongo que, a juzgar por la recepción que ha tenido, Cabaret Biarritz lo es, y supongo que recibir el Nadal lo es, desde luego; como no lo esperaba y jamás pensé que podría recibir semejante honor, supongo que puede llamarse un logro extraordinario. Pero publicar en Destino, y haber trabajado con Impedimenta o EspasaClásicos, o haber traducido a Dickens, Shelley, Austen o Bennett… en fin, yo diría que son mis pequeños grandes logros. También he subido montañas y he acabado algún maratón. Y tengo un par de amigos o tres. Eso también importa.

¿Cuál es su lema?

“Arrieritos somos y en el camino nos encontraremos”.

 

 

 

 

 

 

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