Truman (2015), de Cesc Gay

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Por Jordi Campeny.

Truman1En el breve lapso de tiempo de dos días uno ha tenido ocasión de degustar, disfrutar y emocionarse con dos magníficas películas; diferentes, pero con elementos en común. Los directores de las cintas, ambos catalanes, rechazan frontalmente el sentimentalismo pero sus obras están atravesadas por una exquisita sensibilidad. Aunque sus atmósferas son muy distintas, ambos crean microcosmos al servicio del ser humano; de sus miedos, sus pequeñas derrotas, sus soledades. Los relatos de uno remiten al universo de las fábulas; los del otro, más realistas, son sutiles y reconocibles realidades que vibran temblorosas sobre el asfalto. Ambas películas, luminosas y honestas, atraviesan el corazón. Y ambas hablan de la muerte.

La primera es una joya en miniatura, de una hora de duración, que lleva por título Un dia perfecte per volar. Su director, Marc Recha, sitúa a su hijo en la vida real, Roc, en un paraje solitario, e intenta hacer volar la cometa que le hizo el padre. Sopla el viento y el pequeño necesita la ayuda de un adulto. Con estos poquísimos elementos, y con la desbordante imaginación que emana de los cuentos infantiles, asistimos a una ráfaga de vida diminuta y desnuda que eriza la piel y zarandea, levemente, el alma. Lo que parece ser una oda a la paternidad, al amor más allá de las palabras que existe entre un padre y un hijo, se acaba convirtiendo, como por arte de magia, en un relato sobre la muerte vista a través de los ojos oceánicos de un niño. Un dia perfecte per volar, esta pequeña fábula psicológica, este diminuto milagro, nos ofrece leves pinceladas de realidad, imaginación, vida y muerte en las que la vida se erige, tímidamente, como vencedora.

La segunda, Truman, del director Cesc Gay, nos muestra el reencuentro de dos grandes amigos que llevan muchos años viviendo su amistad separados por un océano. Uno vive en Madrid; el otro, en Montréal. Uno de ellos se está muriendo, devorado por el cáncer; el otro acude para acompañarle cuatro días. Y despedirse. El mayor desasosiego del enfermo es decidir con quién dejará a su perro Truman cuando él emprenda el último viaje.

Entre otros logros, uno de los mayores de la cinta es que su director consigue que comprendamos perfectamente esta amistad entre los dos hombres sin que apenas se nos explique. Vemos la punta del iceberg, pero intuimos la grandeza que permanece oculta por debajo de las aguas del tiempo.

truman2La película, más una comedia dramática que un melodrama al uso, hace gala de la inagotable sensibilidad y honestidad de su director. El tema es manido y espinoso. La clave está en saber encontrar el tono. Y como suele decirse, lo clava. Uno sale de la proyección con la gratificante sensación de que  no se podía hacer mejor.

Ya conocimos el talento, sensibilidad y matices de Cesc Gay con sus estupendas Krámpack (2000), En la ciudad (2003), Ficció (2006) o Una pistola en cada mano (2012), profundamente pegadas todas ellas a la vida a ras de suelo, asombrosamente reconocibles las estampas que mostraban; puros espejos de lo que somos. Y de lo que perdemos. Si bien puede ser que se haya difuminado algo la originalidad de sus primeras propuestas, sus trabajos han ido ganando en calado emocional. Aunque, en Truman, es inevitable no sonreír –o reír, abiertamente– ante algunas de las ocurrencias de estos seres tan humanos, resulta imposible no llorar ni salir con el corazón herido tras su íntimo periplo. Sobria, irónica y contenida –el dolor nunca estalla, permanece siempre latiendo bajo la piel sin desbordarse–, Truman apuesta por la emoción y la ternura evitando con sutileza e inteligencia el drama desbocado.

Para el final, lo mejor: Ricardo Darín y Javier Cámara, probablemente los dos mejores actores hispanos del momento. Para el recuerdo de todos quedan ya sus trabajos en Truman, ambos premiados en el pasado Festival de San Sebastián. Es asombrosa su capacidad de transmitir sólo con la mirada este volcán de dolor que nunca explota pero que permanece siempre agazapado tras sus ojos. Esta vieja amistad, a estas alturas del partido, cuando éste ya se sabe perdido, no necesita ya de muchas palabras. ¿Para qué? El amor limpio, el de verdad, se encuentra en un territorio que está más allá de ellas. Lo importante siempre está en lo sencillo, y fuera del verbo. Está en coger una mano cuando la noche es muy oscura y muy fría. Está en mirar tus ojos en los ojos del que te mira. Está en el acto de comprender, y en el de callar. Está en entregar la correa de tu amigo más fiel.

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