La muerte del cuento

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Por J.M.B.

 

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Los cuentos están muriendo. Y algunos soñadores, idealistas anclados en la posibilidad mágica de un resurgimiento epifánico, continúan su lucha por mantener con vida algo condenado a la extinción: el arte de contar historias. Y no se trata de contarlas de cualquier forma; el cuento, el relato breve y otros parientes cercanos, se elevan sobre una estructura y unas características que, si ya parecían difíciles de definir, ahora se han convertido en imposibles.

Cada día aparecen en las librerías nuevos ejemplares de cuentos: deformadas narraciones cortas, aberraciones literarias que recuerdan más a un intento de asesinato que a cualquier otra cosa. ¿Se habrán empeñado las editoriales en acabar, por fin y para siempre, con la literatura breve? Y todos sabemos que un cuento no es siempre tan breve, pero también sabemos la respuesta a la pregunta anterior y aun así se formula.

Quedan buenos narradores, quedan buenos escritores y buenos cuentistas, pero parecen esconderse a causa del monstruo editorial que persigue la cantidad y no la calidad. Cuánto daño ha hecho la frase “lo importante es que la gente lea; no importa qué”, tan acertada como decir “lo importante es que la gente coma; no importa qué” o “lo importante es que la gente beba; no importa qué”. Pero si sólo nos ofrecen detritus, si únicamente nos llenan los ojos con deshechos putrefactos capaces de socavar el gusto no educado del consumidor perezoso y frágil, qué vamos a elegir; no existe elección cuando no hay opciones. Algunos pueden defender aquí a las pequeñas editoriales, esos reductos de literatura que todavía apuestan por textos y autores de calidad, pero la realidad es que apenas tienen representación en un mercado cada vez más contaminado y que, como cualquier organismo vivo, tiende a protegerse y buscar la forma de garantizar su supervivencia, en este caso basada en la constante producción de insultos a la inteligencia del consumidor y del creador, y obligando a la rendición para no perder la poca dignidad que nos queda, si es que queda algo.

Estas perversiones lideran las listas de ventas, ocupando las estanterías de las grandes librerías que, dicho sea de paso, están acabando con las librerías de siempre, esas a las que daba gusto ir porque el librero, el auténtico librero, conocía cada libro y te recomendaba siempre algún acierto en forma de descubrimiento casual. Ahora la literatura, como todo lo demás, se ha convertido en un producto de consumo rápido. Y en novela es posible tapar los agujeros propios de la falta de talento y trabajo con herramientas que, de forma más o menos sutil, disimulan los errores a vista de un lector sin tiempo para preocuparse por ello –porque uno busca desconectar y no desmontar una obra de arte, claro-. Sin embargo con el cuento resulta imposible; esa estructura esférica de la que hablaba Cortázar necesita de todo el talento y el trabajo necesario para tenerse en pie sin necesidad de añadir ni posibilidad de quitar.

Y esta es la belleza del cuento: su independencia, su autonomía y su dificultad, aunque muchos se empeñen en no verlo.

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