Cuestionario literario: Oscar Esquivias

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andarasEn su extraordinario texto ensayístico-biográfico, Infancia en Berlín hacia 1900, Walter Benjamin escribía: “Importa poco no saber orientarse en una ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje”. Recuerdo las palabras de Benjamin nada más terminar Andarás perdido por el mundo, de Oscar Esquivias,  una serie de relatos en los que, como el propio autor menciona en las notas al final de libro, abogan por la belleza y el placer que despierta el sentimiento de pérdida. La pérdida, en Esquivias, es sinónimo de libertad y, a la vez, de búsqueda; perderse, nos dice el autor burgalés afincado de Madrid, es liberarse de los corsés y de las ataduras, morales y sociales, de los “dogmas” educacionales, de aquel “estar en el mundo” codificado en parámetros no elegidos y, sin embargo, asumidos con pasividad inaudita y ante los cuales cedemos, condenándonos incluso a la frustración y a la infelicidad. Si el filósofo y autor de El libro de los pasajes decía que perderse requiere aprendizaje, los personajes de Esquivias son los protagonistas de este aprendizaje, son seres que, en contextos absolutamente distintos, aunque principalmente urbanos –la ciudad, diría Barthes, es el espacio de la pérdida benjaminiana- a los que la pérdida les llega, antes como desconcierto y, posteriormente, como signo de liberación. En efecto, en todos los relatos de Esquivias la pérdida y su asunción es el punto de llegada; en este sentido, los relatos reunidos en Andarás perdido por el mundo pueden leerse como unos relatos de formación en los que, sin embargo, se invierte la lógica narrativa-conceptual: Esquivias da una vuelta al género convirtiendo el aprendizaje en un desaprendizaje. Desaprender lo que se ha aprendido para, finalmente, aprender a ser uno mismo y, sobre todo, a aprender a ser ese ser “perdido” en tanto que ese ser liberado de todo tipo de anclajes. Y, en este sentido, el tema de la homosexualidad juega un papel primordial en la narrativa de Esquivias: no se trata de enmarcar sus relatos dentro de la etiqueta LGTB, ni tan siquiera de calificar su literatura como una literatura gay -¿acaso hablamos de literatura heterosexual? ¿acaso no existe solamente buena o mala literatura o, mejor dicho, literatura y no literatura?-, sino de observar como la sexualidad juega un papel liberador en los relatos de Andarás perdido por el mundo, se convierte en imagen metafórica de las constricciones del yo y, a la vez, de la expresión de liberación. “En aquel preciso lugar yo vivía en el mejor de mundos posibles y que no lo iba abandonar ya jamás”, dice el protagonista del relato, de claros ecos volterianos, El mejor de los mundos; el protagonista, en un abandonarse dionisiaco, termina por identificarse con Pangloss, aquel que, pese a las invectivas del mundo, no duda en afirmar que se trata del mejor de los mundos posibles. Sin embargo, a diferencia de Voltaire, quien parodia el utopismo de Pangloss, figura y alter ego del filósofo Liebniz, Esquivias no condena a su protagonista. Sin embargo, no se interprete mal esta ausencia de condena: Andarás perdido por el mundo no peca de aquel carácter mesiánico de los despropósitos narrativos –imposible hablar de literatura- de autores tan impostados como mediocres –incluso peor que medicores- del tipo Coelho y Espinosa, ante todo porque, como bien apuntaba Alberto Olmos, “está levantando una obra que podrá ser leída con respeto dentro de cien años”. Y, en segundo lugar, porque los relatos de Esquivias parecen proponer la idea de que el “mejor de los mundos” existe en cuanto a la pragmática de la vivencia: no existe en cuanto tal, en tanto que exterioridad, sino en cuanto manera de vivir, una manera que Esquivias plantea desde la libertad que produce la pérdida de lo referencialmente dado, de lo moralmente asumido. Y si la sexualidad y su asunción plena juega un papel muy importante en sus relatos es, en parte, a través del diálogo que establece con la religión, y no solamente la católica, como expresión de los anclajes impuestos y de la falsa moral- esa misma falsa consciencia a la que aludía Karl Marx– asumida y naturalizada, esa falsa moral a través de la cual vivimos falsamente, ciegamente orientados en una existencia que ha dejado de pertenecernos. Y, en este sentido, perderse implica reapropiarse de uno mismo y descorrer shopenhauerianamente le velo de Maya para resituarnos dionisiacamente en un espacio sin referencias ni ataduras, un espacio en el que andar perdido significa andar libre.

El sábado 5 a las 12h en la librería Nakama (c/ Pelayo 22, Madrid), Oscar Esquivia presentará Andarás perdido por el mundo.

 oscar

¿Cuál es su idea de felicidad perfecta?

Según el día, vivir en un falansterio, en un eremitorio, en el Jardín de Epicuro, en un monasterio cisterciense, en una comuna jipi californiana o en una villa toscana (aquí con grandes rentas y mucha servidumbre). Siendo realista, no me quejo de la vida que llevo: es modesta, pero vivo a mi aire, hago lo que me gusta y estoy rodeado de personas que me quieren.

¿Cuál es su gran miedo?

No soy muy miedoso, la verdad (tampoco valiente, sólo inconsciente). Por supuesto, temo el deterioro físico y mental o el dolor, aunque no es algo en lo que piense a menudo.

¿Cuál considera que es la virtud más sobrevalorada?

Tengo la impresión de que son los vicios los que están sobrevalorados.

¿En qué ocasiones recurre a la mentira? (en el caso que confiese mentir)

Para embellecer la verdad. Una historia bien contada no tiene por qué ser fiel a lo que pasó en realidad.

¿Se muerde la lengua antes de expresar determinadas opiniones por temor al qué dirán?

Odio tener heridas en la lengua, así que procuro ser sincero y educado a la vez.

¿Cuándo fue la última vez que tuiteó o publicó algún comentario en las redes sociales con plena libertad?

No suelo coartarme.

¿Qué es para usted la libertad?

Que cada uno pueda vivir según sus convicciones íntimas, pero sin imponerlas al resto de la comunidad.

¿Siente que ser una persona reconocida públicamente le resta libertad con respecto a la persona anónima?

Salvo en cuatro sitios de la cuenca del Duero, prácticamente soy una persona anónima. Mucha de la gente con la que trato cotidianamente no me reconoce o no sabe que soy escritor. Mi médico de cabecera, el dentista y el oftalmólogo, por ejemplo, están convencidos de que soy informático (quizá porque alguna vez les he dicho que paso mucho tiempo delante del ordenador).

¿Hablar y expresar públicamente opiniones políticas o silenciarlas? Siempre es mejor hablar.

¿Activismo público o compromiso privado?

Las dos cosas. Uno ha de ser coherente con sus principios.

¿Informarse o ser informado?

Prefiero documentarme por mis medios y llegar a mis propias conclusiones antes que aceptar acríticamente lo que transmiten los medios de comunicación.

¿Qué es para usted y qué valor tiene la información?

En mi casa familiar no se leían libros, pero sí el periódico, y con gran devoción. Quizá yo haya llegado a ser escritor gracias al Diario de Burgos antes que a Cervantes.

CUL46. ÁVILA, 24/10/2012.- El escritor burgalés Óscar Esquivias posa con uno de sus libros antes de dar una conferencia, hoy en Ávila, dentro de los actos organizados por el Ayuntamiento para celebrar el Día Internacional de la Biblioteca. En este marco ha anunciado que la crisis económica sobrevolará su próxima novela, en fase "muy avanzada". EFE/Raúl Sanchidrián

Raúl Sanchidrián

La cultura, ¿cuestión de esnobismo o conocimiento transversal?

La cultura debería ser el fundamento de nuestra sociedad.

¿Todo es cultura? O, mejor dicho, ¿qué no es cultura para usted?

Todo tiene su interés y puede ser inspirador, y ahí está el ejemplo de Manuel Puig apoyándose en los folletines sentimentales para escribir Boquitas pintadas, una de mis novelas favoritas. Otra cosa es que todo tenga el mismo valor: La Ramona pechugona no está al mismo nivel que El tiempo de las lilas de Chausson, por poner un ejemplo extremo. El arte más duradero y el que más me interesa es el que acierta a decir una verdad de la manera más bella (y asumo que caben muchas definiciones de «verdad» y «belleza»).

¿Sus referentes culturales son literarios, musicales, artísticos, cinematográficos…?

Me siento muy afín a todas las artes. Cuando escucho música de Mompou, veo películas de Jaime Rosales o Berlanga, voy a exposiciones de Bill Viola o asisto a una representación de Alfredo Sanzol, siempre pienso que yo habría hecho obras así si me hubiera dedicado a esas artes (y que quizá su equivalente literario esté en mis obras, dicho esto con modestia).

¿Un autor para releer?

Las novelas que más veces he releído en mi vida han sido Crimen y castigo de Dostoievski, Cuento de hadas en Nueva York de Donleavy, Lo prohibido de Pérez Galdós, El candidato de Luis Ricardo Alonso y El lugar sin límites de José Donoso. En poesía, quizá sean Garcilaso, Joan Brossa, Eugénio de Andrade y Eduardo Fraile los autores que más releo.

¿Un autor recién descubierto?

Tomás Sánchez Bellocchio. Su primer libro, Familias de cereal (Candaya, 2015) me ha encantado. Alguno de sus cuentos me habría gustado escribirlo yo.

¿Una película, una obra de teatro o un espectáculo recientemente visto y que no olvidará?

En cine, El club de Pablo Larraín; en teatro, Hamlet de Shakespeare dirigido por Miguel del Arco; y como espectáculo, la ópera Benvenuto Cellini de Berlioz representada en el Liceo de Barcelona hace unos meses, con dirección escénica de Terry Gilliam. Y podría añadir también los últimos conciertos dirigidos por David Afkham.

La creación, ¿un arte, una pasión o un oficio que se puede aprender?

Las tres cosas. Sin las dos primeras, la tercera no tiene ningún sentido.

¿Todos podemos escribir un libro?

Por poder, podemos (y quizá debemos, todos tenemos dentro una historia que contar o algún pensamiento original); otra cosa es que el resultado sea interesante.

¿Todos podemos publicar?

Ya lo creo. Nunca se ha publicado tanto. Con el tiempo, los libros vendrán con un prospecto en el que se indiquen las contraindicaciones (somnolencia, irritabilidad, digestión pesada, etc.).

¿Todos podemos ser artistas?

Sí. Cualquier persona tiene la vocación del arte dentro, aunque en muchos casos la sofoque. Todos los niños, por ejemplo, son grandes bailarines, pintores, escultores y músicos, aunque luego, de adultos, muchos se conviertan en registradores de la propiedad, obispos, banqueros y cosas así.

El éxito, ¿personal o profesional?

De poco vale el éxito profesional si eres un desgraciado en la vida personal. De todos modos, la obsesión de la sociedad actual por el éxito me resulta muy ajena.

El éxito, ¿fama, dinero, reconocimiento o no necesariamente?

Depende de las expectativas de cada uno y de qué se entienda por éxito. A mí la celebridad de Damien Hirst o de Jorge Bucay no me parece envidiable. Yo prefiero el «éxito» de artistas como José Jiménez Lozano (y con esto no me estoy postulando al premio Cervantes, que conste), cuyos libros llegan casi en secreto a las librerías, como si fuera un autor primerizo.

¿Cuál considera que es su gran logro?

Llevar una vida sencilla que me permite dedicarme a lo que me gusta.

¿Cuál es su lema?

Repito mucho ciertas frases que mis amigos ya se saben de memoria, así que supongo que las he asumido como lemas vitales: «Todo me está permitido, pero no me haré esclavo de nada» (san Pablo), «Vivimos dramáticamente en un mundo que no es dramático» (Jorge Santayana) y «Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa» (santa Teresa). Con esto de los lemas, siempre he envidiado el de Francisco Umbral, que era «Nocilla, qué merendilla»; por desgracia, no puedo aplicármelo porque el dulce me empacha.

 

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