Volga, Volga

Volga, Volga

  • Miljenko Jergovic
  • Traducido por:Luisa Fernanda Garrido Ramos, Tihomir Pištelek
  • Siruela
  • Madrid, 2015
  • Páginas:272

volga volga

Durante quince años, todos los viernes Dželal Pljevljak se pone al volante de su coche, un mítico Volga M24, para recorrer los ciento dieciséis kilómetros que separan su casa en Split, en la costa dálmata, de Livno, Bosnia, para participar en la oración semanal de la mezquita. Un día, a principios de otoño, una repentina nevada le obliga a detenerse en Fatumi, un pequeño pueblo cuya existencia desconocía hasta la fecha, y allí será donde su vida cambiará para siempre.
Varios años más tarde, cuando Bosnia está viviendo una de las fases más dramáticas de su guerra civil, un director de documentales intenta aclarar las incógnitas del fatídico día de Año Nuevo en el que Dželal Pljevljak se convirtió, a su pesar, en el protagonista de uno de los más controvertidos episodios en los albores del conflicto.
En Volga, Volga, que junto con Buick Rivera Freelander cierra la trilogía que Jergovic dedica al destino, a menudo burlón, que une a los hombres con sus coches, la conmovedora historia de Dželal toma forma lentamente, página a página, como un delicado y conmovedor mosaico, en el que su destino queda inserto en medio de otras muchas existencias con las que comparte la experiencia de la guerra, del dolor, de la culpa, de la muerte… y la esperanza de una redención

Mi nombre es Dželal Pljevljak. Llevo treinta y cinco años trabajando como personal civil en el Ejército. El coronel Uzelac me llamó ayer a su oficina, me ofreció un café y me preguntó si quería jubilarme. Calculaban mi tiempo de servicio como si fuera un suboficial en activo, un sargento primero, y debería haberme jubilado hace ya mucho tiempo. Podrías haberte marchado a tu pueblo en Sandžak y haberte sentado delante de tu casa en la cima de una colina a disfrutar observando tus ciruelos pendiente abajo. Así me lo dijo, mientras me miraba de reojo a la espera de mi respuesta. Le contesté, camarada coronel, yo ni tengo ciruelos, ni casa, se la dejé a mi hermano Ragib, que falleció hace tres años dejando todo a sus hijos. Y a estos hace más de veinte años que no los veo, porque no he estado en Sandžak desde entonces, de manera que ahora cuento con que no tengo ni Sandžak ni casa ni ciruelos. Él me observó y meneó la cabeza como si tuviera delante a un enfermo grave. Qué vamos a hacer contigo, paisano mío, me dijo, y con la pluma estilográfica destapada, de la que cayeron unas gotas de tinta, tamborileaba en mi expediente. Las gotas se corrieron por el informe de mi hoja de servicios y mis evaluaciones que había traído quince años atrás de Baška Voda, lacradas con el sello del comandante Terzic´ y cuyo contenido, como debe ser, yo nunca había conocido. Y en ese momento estaba viendo la tinta gotear y emborronar el escrito impidiendo que alguien más pudiera leerlo. 14 Debería haberme dado igual, pero no era así. Le habría pedido al coronel que dejara de tamborilear con la estilográfica, pero no pude, eso no se hace, así que seguí mirando la punta dorada esperando que me viera y dejara de hacerlo.

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