‘Falsa calma’, de María Sonia Cristoff

Por Ricardo Martínez Llorca

Falsa calma. Un recorrido por los pueblos fantasma de la Patagonia

María Sonia Cristoff

Alpha Decay

Barcelona, 2016

249 páginas

falsa calma

Bajo la capa de la superficie de la Patagonia, la tierra negra está formada por tiempos podridos, pero, como todo el mundo sabe, para que se forme el humus es necesario que la materia se pudra. Y en la Patagonia el tiempo es materia, es sólido, es un rival contra el que se lucha como se lucha contra los fantasmas. Esa es la impresión que María Sonia Cristoff (Trelew, Patagonia, 1965) transmite a través de este recorrido por los pueblos fantasma de la Patagonia. En su recorrido, por encima de ese manto que cubre la tierra negra, no cesa de buscar la mejor palabra. Y esas palabras las va encontrando en la voz de la gente. Porque este Falsa calma está escrito con el mejor estilo oral, o falsamente oral, con un lenguaje de reportero no literario, con la sintaxis y el vocabulario que nos permite identificar a las personas. Pero para conseguir eso, ella ha debido respirar por el cero que se le ha ido formando en el diafragma. No cabía la opción de sentarse a esperar que reposara lo que iba conociendo: había que seguir viajando, porque solo es válido el viaje si existe algo de valentía en él.

Patagonia es un nombre legendario entre los viajeros. Pero para María Sonia Cristoff Patagonia es una sucesión de personas. No cabe conocer a una nueva hasta que no ha exprimido el alma de la primera y luego de esa decantación extrae el material para una crónica en la que, por encima de todo, sobrevuela el respeto. Pues no otra cosa merecen esos supervivientes que recurren a toda suerte de recursos para sobrevivir a la hostilidad de la Patagonia: la escritura, el pilotaje de aviones, la religión y las ofrendas, las cenas compartidas, la lectura de todos los volúmenes protagonizados por Hannibal Lecter, el psicópata de El silencio de los corderos; ver la tele, rumiar en los paseos esa impresión de que si existe Dios se olvidó de ellos, saber que uno es un desubicado y reconocerlo; la resignación y, como no, el suicidio. El último de los capítulos nos resulta conocido, pues Leila Guerriero ya dedicó un libro al pueblo de las Heras: Los suicidas del fin del mundo.

La diferencia es que el proyecto de María Sonia Cristoff es de otra índole. No se trata de un reportaje periodístico, se trata de saber, de intentar conocer qué es lo que caracteriza a la soledad de esta gente, qué es lo que la convierte en una soledad tan especial. Y en lugar de repetir la pregunta para hallar una respuesta, se dedica a narrar. Relata los encuentros con la gente y también las calles solitarias y la abulia de los perros. Nos descubre que solo en un lugar como la Patagonia se atrevería nadie a llevar a cabo un programa piloto de reinserción de esquizofrénicos. Que este territorio sin ley, o que ha construido unas leyes que nadie osará poner en negro sobre blanco, es un lugar donde una recua de presos puede desaparecer como azúcar en un vaso de agua. Que todo lo que es propio de la frontera y de la periferia de la vida, es propio de Patagonia. Y de ello no se escapa el miedo, el aburrimiento y esa prevención constante de cada una de las personas que reconoce: ese temor a volverse locos. Pues en buena medida tanto territorio vacío es también un cautiverio para ellos. En definitiva, con una forma de relatar que gana su mejor tono a medida que pasan las páginas, María Sonia Cristoff nos devuelve a la Patagonia donde lo inverosímil es real. Falsa calma es un libro como para no perdérselo: desmitifica a la Patagonia de los viajeros, pero aumenta con ello su leyenda.

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