“Aquiles y Pentesilea”: fascinación e impotencia del amor frente a la guerra

Por Horacio Otheguy Riveira

Una obra escrita por Lourdes Ortiz con técnica similar a la de los clásicos griegos, y aportes de su propio estilo. Tiempos que se atropellan, se enamoran, se muerden y destruyen en una epopeya romántica que viene de lejos, de la mitología griega. La puesta en escena de Santiago Sánchez, eminentemente físico-musical, remodela un texto demasiado discursivo, a ratos mitinero, y lo convierte en un fuego abrasador de gran belleza con una coreografía para actores que también ejercen de músicos, y una gran cantante como Astrid Jones se convierte en el alma mater de la tragedia, a cargo de la Gran Sacerdotisa, uniendo la potencia religiosa con los intereses políticos.

 

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En el centro: María Almudéver, Astrid Jones, Rodolfo Sacristán.

 

Con el fondo de la Guerra de Troya, una epopeya que enfrenta a hombres y mujeres en un contexto de comunidades independientes que luchan por sus derechos. Las amazonas comandadas por una hechicera sedienta de sangre y poder político, y lideradas por Pentesilea, sedienta de amor masculino, aspiran a lo más grande y caen en las mismas ambiciones que los guerreros a los que se enfrentan. Entre ambos, un amor intensamente sexual, un descubrimiento en la unión de cuerpo y alma con ambición de traspasar fronteras y ambiciones.

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El lema de los 60 en los embates de los jóvenes contra la guerra de Vietnam ya sucedía en la mitología griega: “Haz el amor y no la guerra”. El invencible Aquiles (finalmente vulnerable en el talón) se enamora de su enemiga acérrima, la amazona Pentesilea, quien le corresponde: por su piel y sus venas corre, voluptuosa, una pasión desconocida que les lleva a replantearse toda su vida de nobles guerreros. Mujeres que se bastan a sí mismas contra hombres que atropellan cuanto desean. Una guerra de sexos que alienta la posibilidad de guerra perpetua entre unas y otros, además de la belicosidad inherente a la necesidad de expandir territorios y engrosar las arcas.

Este espectáculo tiene mucha carga histórica, pero se puede disfrutar ignorando los abundantes datos, dejándose llevar por la bien lograda cascada de sensualidad escénica en todos los aspectos, con una interpretación coral envolvente. Pero si al final se desea profundizar, el programa de mano se acompaña de un Cuaderno Pedagógico editado por el Centro Dramático Nacional con muy buena documentación sobre los antecedentes de los personajes y las principales situaciones dramáticas, así como también sobre los creadores de esta versión.

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Didier Otaola, Ulises, y Astrid Jones, la Gran Sacerdotisa, conforman el tremendo círculo por donde se filtra la traición a los ingenuos amantes. Un dúo actoral que aprovecha estupendamente el “encanto” ineludible de la intriga maliciosa (¡cuántas historias se sostienen más por los enemigos de los más justos, que por la nobleza de éstos!).

Ulises no puede permitir que su gran amigo abandone las armas por el deseo de una mujer, pero del otro lado, Protoe (conmovedora Cecilia Solaguren) se lanza a intentar convencer a su gran amiga de que no podrá lograr su objetivo; no participa de la siniestra intriga, sólo advierte, y padece siempre la obcecación de Pentesilea, que se niega a comprender.

Las pasiones cruzadas darán cuenta de la pasión de los enamorados que, completamente atrapados por su atracción, ignoran el empeño de sus compatriotas. En el centro neurálgico de tanta locura sentimental resulta imprescindible la fortaleza de sus protagonistas: dos actores formidables que transmiten los muchos matices de su complejo discurso, siempre además con sus músculos en acción: Rodolfo Sacristán, Aquiles rendido a los pies de su bella amazona a quien estuvo a punto de matar, y María Almudéver, Pentesilea, quien descubre en su belicosa experiencia un deseo inédito, una capacidad amorosa que desconocía.

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El final es previsible, como en toda épica romántica; desde que empieza el recorrido de los valientes protagonistas ya se ve que fracasarán por donde más les duele, pero lo importante es seguirlos de cerca hasta la revelación poética de la desgracia, que no es más que una réplica del eterno círculo histórico: los intereses económicos ligados a la guerra, muy por encima de las necesidades de los seres humanos que luchan por mantener en pie sus amores carnales y familiares: el placer y la responsabilidad, la radiante belleza de una humanidad limpia de oscuros designios derrotada una y otra vez por la bravura militar de los codiciosos.

Ante este panorama hay excepciones, de lo contrario el mundo ya se hubiera destruido, pero esta función abunda en el círculo, en la repetición, en la visión fatalista de la historia, y lo hace con una excepcional calidad plástica: los cuerpos que se aman y los que se detestan expresan, junto con sus voces, un mundo de enconada lucha que acaba en una larga escena final de preciosa ejecución física mientras Didier Otaola y Astrid Jones —en fabuloso cántico— nos elevan a un cielo donde de verdad podría reinar el poético universo de los abrazos, ajenos a todo afán destructivo.

aquiles-y-pentesilea_foto-marcosGpunto_03Aquiles y Pentesilea

Autora: Lourdes Ortiz

Director: Santiago Sánchez

Ayudante de dirección: Fran Guinot

Intérpretes (por orden alfabético):

María Almudéver, Marina Barba, Rubén Carballés, Dayana Contreras, Gorsy Edú, Camino Fernández, Astrid Jones, Víctor Massán, Didier Otaola, José J. Rodríguez —Jabao—, Verónica Ronda, Rodolfo Sacristán, Cecilia Solaguren01_0052_4

Escenografía: Dino Ibáñez

Vestuario: Susana N. Canales 

Iluminación: Rafa Mojas

Música original: Rodrigo Díaz Bueno

Espacio sonoro: José Luis Álvarez

Movimiento: Gorsy Edú

Fotos: marcosGpunto

Producción: Centro Dramático Nacional

Teatro Valle Inclán. Sala Francisco Nieva. Del 8 de abril al 1 5 de mayo de 2016

 

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