‘Crónicas del encierro’, de Izaskun Gracia Quintana

Por Ricardo Martínez Llorca

Crónicas del encierro

Izaskun Gracia Quintana

Salto de página

Madrid, 2016

169 páginas

Para que exista la soledad tienen que existir los otros. Esta solemne evidencia nos lleva sin remedio a la tontería que son las famosas palabras de Sartre sacadas de contexto: el infierno son los demás. Eso supone que el cielo soy yo. Lo cual convierte la expresión, con tanta frecuencia utilizada como una sentencia, en la frase más cursi de la historia.

En la contracubierta de este libro de relatos, Crónicas del encierro, se nos advierte de que la soledad es el factor común a cada uno de ellos. Es decir, la ausencia de los demás. Pero esta ausencia puede deberse al deseo del ermitaño o a la marginación. Es decir, a la vida contemplativa o a la violencia. En cualquier caso, para Izaskun Gracia Quintana la soledad es un encierro. En una suerte obsesión solipsista, en estos relatos las personas están encerradas en su entorno inmediato: solo existe lo que pueden conocer por la proximidad a sus cuerpos. De hecho, en uno de ellos, El triángulo de cerámica, un ejercicio que nos remite a Edgar Alan Poe, la ceguera del personaje, que es la falta de luz alcanzando sus ojos, se representa con total obviedad: el protagonista sin nombre, la única presencia humana del relato, encerrado en una cámara oscura solo palpa y olfatea. Hasta los ruidos le son negados.

El relato que abre la serie, Tap, también nos enfrenta a un personaje encerrado. En este caso si existe oscuridad es debido a que elige mantener la persiana bajada. Y él elige mantenerse en la cama para el resto de sus días, como hiciera, en buena medida, Juan Carlos Onetti. El problema es que no cesa de escuchar la tortura de una gotera, que le está volviendo loco. Aunque la locura ya le venía de antes, de ahí esa elección de vida. A no ser que nos encontremos frente a un perfecto idiota, pues es posible que el relato trate sobre eso, sobre la estupidez humana. Vacaciones nos hace recordar esa edad en la que tenemos pequeños pensamientos de psicópata que la conciencia social nos coarta; pero, ¿qué ocurre si desaparecen esas barreras y, por añadidura, no nos faltan razones para odiar el mundo? El siguiente relato, El vestido azul, nos sitúa frente a un clásico en esto de la soledad: la persona que ha enterrado su vida cuidando de una madre, que además es una madre castrante; se trata de una denuncia del condicionamiento, de esa costumbre de repetir lo que hemos aprendido y pensar que esa zona es una zona de confort. Con El pozo da un paso más allá en lo literario, pero una marcha atrás en el conocimiento; no se puede mostrar menos en la narración; sabemos que ese pozo relaciona de alguna manera el lugar secreto de unos niños con la leyenda de una tragedia minera. Es casi imposible descifrar el vínculo que en alguna parte se intuye. Si la soledad es la constante vital del libro, Barcos hundidos refleja algo a lo que debemos atenernos al tratar el tema: la esquizofrenia; la creación de un mundo para uno mismo donde no existe la moral.

Finalmente, Diario nocturno, el relato más largo del volumen, aparenta presentarnos la realidad del vampirismo. Es decir, un caso de fotofobia en el que las arañas sustituyen a los murciélagos, algo que sí es posible, en la casa de alguien a quien supervisan los servicios sociales. La sensación que da es kafkiana, en el sentido más puro del término: algo debe ocurrir, pero ese final va posponiéndose constantemente. Y cuando sí existe un final, resulta que este es, a su vez, una nueva postergación. Un buen homenaje al escritor más importante del siglo XX.

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