Yo escribo, tú escribes…Con el alma

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Por Elena Muñoz.

librosQue escribir es una actividad que cuenta con un gran número de seguidores  es una realidad. Basta con darse una vuelta por las redes sociales o los buscadores para encontrar cantidad de talleres y convocatorias a los que se acude con el fin de aprender a escribir.

Lo curioso es que no solo van aquellos que tienen inquietudes literarias, sino, también, aquellos que encuentran grandes dificultades en manejar la escritura y se dan cuenta de que tanto a la hora de examinarse  como de ejercer una profesión les va a ser necesario Es decir, no hablamos solo de la escritura creativa sino de la escritura como disciplina de comunicación. El ejemplo está claro en la ortografía. Se pueden estudiar las reglas ortográficas hasta que se hiele el infierno, pero al final aprenderemos la manera correcta de escribir viendo una y otra vez las palabras. A escribir se aprende escribiendo.

Otro elemento importante es el del bagaje de la lectura. A lo largo de mi  trayectoria docente, casi de veinticinco años, he visto  sufrir a muchos  estudiantes al enfrentarse a las palabras y, casi siempre, a causa de un bajo nivel lector. Si no se lee es muy difícil escribir para cualquier mortal.  Asimismo la  falta de lecturas,  ya más directamente en el campo de la creación y como no podía ser de otra manera, también ejerce gran influencia a la hora de imaginar, por ejemplo, tramas. Es muy posible que se nos ocurra una maravillosa aventura de un hombre que pierde el seso por leer demasiados libros y no saber que ya, hace siglos, alguien tuvo la misma idea. A escribir se aprende leyendo.

Por tanto, no podemos obviar que la técnica adquirida es importante para poder llegar a escribir correctamente. Pero, por desgracia, eso no basta cuando uno quiere hacer literatura. Hace falta un factor fundamental, el catalizador que da autenticidad a nuestra obra literaria: el alma. De nada nos sirve que un relato, un poema, una novela sea un paradigma de corrección si carece de parte del espíritu inspirador, y a veces casi expirador, que la convierta en algo vivo, en la que se pueda  escuchar la sístole y la diástole de nuestra historia, de nuestras emociones.

Técnica sí, corrección sí… Y alma, siempre el alma.

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