Mala letra, de Sara Mesa

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Por Pedro Pujante.

saraEscribir cuentos es quizá la terea narrativa más compleja. En una novela siempre hay espacio suficiente para el ensayo y el error, para la redundancia, para el circunloquio, para el despiste, para una frase desubicada, una página de más. El cuento demanda una exactitud tal que el narrador ha de convertirse en matemático de la retórica. Como el poema, ambos de origen oral, sus virtudes son sus limitaciones: el tamaño, el ritmo, la concisión.

En estas piezas breves, Sara Mesa consigue salir airosa. Valiéndose de temas de aparente sencillez esboza alegorías de mucha profundidad.

En muchos casos el cosmos infantil está presente, o son niños los protagonistas. Como esa reunión familiar en el campo, retrato costumbrista enmarcado en un inicial plácido día de celebración, que acaba transformándose en una oscura aventura en la que una madre y su hijo se adentran en el límite del miedo, de lo ignoto. En general, este relato podría servir para alumbrar la poética de Mesa: esbozar con mimbres cotidianos tragedias silenciosas, interiores, sutiles pero asfixiantes.

O Mármol, también con cierto aire alegórico –que nos recuerda algunas piezas de  El libro negro de los cuentos, de A. S. Byatt -en el que la vida de la niñez está poblada de exóticos recuerdos, que perfilan un horizonte surrealista: ¡abuelos que se suicidan saltando desde el balcón! Haciendo de nuevo, con materiales livianos y de aspecto trivial, una reflexión honda sobre la intranscendencia de la existencia y la muerte pero sin caer en una solemnidad pretenciosa. Muy al contrario: Mesa planea sobre todos los temas con fluidez –tanto estilística como emocionalmente- y con gran dominio de la ironía, hace literatura de la vida, hace escritura visceral de anécdotas cotidianas pero estiradas hasta sus límites realistas.

En el cuento Apenas unos milímetros, consigue de nuevo aunar lo trágico y lo efímero. Una profesora debe examinar a un niño tetrapléjico. Esta situación, en apariencia dramática, sirve a la narradora para hacer una extensa reflexión –de nuevo en tono irónico, ácido, frío- de nuestros prejuicios, de nuestra extrema corrección política. La historia desembocará en un final hilarante pero tenso, delicado y para nada complaciente.

En Creamy milk and crunchy chocolate aborda el tema de la culpa. Los personajes son criaturas ordinarias pero que viven sumidas en estados limítrofes, en momentos de sus vidas en los que todo ha comenzado a derrumbarse. Buscan asideros, a veces los encuentran, o los vuelven a perder. Su fragilidad los aboca a una existencia tensa, que parece tener lugar en otra parte. O como en ¿Qué nos está pasando?, relato en el que las relaciones entre un jefe y empleada se distorsionan hasta tornarse desasosegantes.

La literatura de Mesa ausculta la realidad con inusitada dureza, pero sin acritud, con cierta ironía y perspicacia, haciendo, como se puede comprobar en casi todos sus relatos, que la propia tragedia de lo consuetudinario mute en parábola de lo macabro, del desasosiego.

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