‘Del viaje como arte’, de Edith Wharton

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Por Ricardo Martínez Llorca

Del viaje como arte. Travesías por España, Francia, Italia y el Mediterráneo.

Edith Wharton

Traducción de Teresa Gómez Reus, Ana Eiroa y Patricia Fra

La línea del horizonte

Madrid, 2016

263 páginas

 

Con pasos meditados, encontrando textos inéditos o recuperando lo mejor de cada casa, la editorial La línea del horizonte está consiguiendo hacerse con uno de los catálogos de libros de viaje más exquisitos del país.viaje arte

El esmero y cuidado que pone en la edición de cada una de las obras es motivo más que suficiente para dejar un hueco en nuestras estanterías destinado a sus libros. Ninguno decepciona y se vigila mucho que el volumen sea, independientemente de la calidad del texto, un objeto hermoso. Lo último con lo que nos sorprende es con una recopilación de textos de Edith Wharton (Nueva York, 1862 – Saint-Brice-sous-Forêt, 1937), la escritora estadounidense que renegó en buena medida de su cuna para inventarse. Y a través de la lectura de esta selección comprendemos las razones de una y otra cosa. El mundo es muy ancho, mucho más de lo que permiten las habituales licencias literarias de Estados Unidos, y las posibilidades de madurar la sensibilidad y los sentidos, es decir, el saber querer, se amplían cuando uno reconoce que más allá del horizonte que ve hay un espacio sideral que no va a decepcionarnos. Wharton abandonó muy pronto sus miedos, al menos los que atañen a la pisada, y poco a poco fue abandonando también los que se refieren al contacto, a la piel, que es donde sentimos las caricias y los arañazos, y por tanto a la humanidad.

El primer bloque en que se divide el libro recoge impresiones a vuela pluma de un crucero por el Mediterráneo. Wharton es todavía una escritora inmadura, pero con unas purísimas ganas de aprender. Casi todo lo que vierte en negro sobre blanco son impresiones visuales. Y, con honradez, reconoce los límites del lenguaje para trasladar al lector las impresiones que van erizándole los sentidos allí donde hace escala el barco; sobre todo, las que tienen lugar en Túnez. Pero esa forma de dar fe es imprescindible antes de que madure el fruto. El cual lo hará casi inmediatamente. Porque el sonido de sus frases cuando retrata los ambientes italianos, las asociaciones de ideas, los recursos verbales y los adjetivos, la soltura de las expresiones, los toques comedidos de humor y, por encima de todo, la selección del detalle, del detalle del lugar, del detalle de los rasgos de la gente, convierten su mirada en una forma de entender el alma. Asiste a cualquier evento con el ansia de sentirse impresionada como en la ópera, pero en esas grandes producciones teatrales falta lo que ella añade, que es la timidez del cariño. Para Wharton, un paisaje es memoria y dignidad. Lee en lo que ve con una sana melancolía por un pasado que no ha conocido. Y cuando no lo encuentra en el interior, lo hallará en los frescos y detalles escultóricos de las pequeñas iglesias, de los pequeños monumentos que sale a buscar pisando fuera de las rutas de las postales.

Más adelante, cambiará los carruajes por los primeros automóviles. Wharton sostiene que el viaje es más auténtico si uno no está sujeto a los límites de las vías de tren o de transportes públicos. En Francia, primer país que recorre con el empuje de la gasolina, se deja llevar por los mitos: persigue las huellas de George Sand o la leyenda de los bosques de Fontaneibleau. Viajar es poder llevar a cabo un deseo quimérico. Y sus expresiones son siempre de momentos felices, porque, extrañamente, Wharton parece convencida de que basta la mirada para construir la felicidad. Esta hipótesis sube exponencialmente al recorrer Marruecos con la idea romántica de estar asistiendo a estampas de otro siglo. La impresión que da es la de un adolescente descubriendo la vida, y esa ingenuidad vale su peso en oro cuando tratamos de literatura. A esto cabe añadir que ya no es una mera espectadora. Ahora actúa. Reconoce lo pintoresco del país y la humanidad común entre culturas tan diferentes, pero denuncia la prisión en la que viven las mujeres, la esclavitud o el fetichismo. Marruecos es un descubrimiento de doble filo: para ella una etapa de gran crecimiento, para el diario que escribe, una denuncia de miserias medievales.

Finalmente Wharton para por España en una cuarta parte del libro en la que descubrimos su forma de trabajar. Excepto la entrada y la salida del país, que es auténtica prosa poética, lo que sale a la luz es un diario de apuntes en el que reconocemos la necesidad del movimiento. Del movimiento libre, que es el del viajero, pues para ella el turismo liquida lo étnico, que es lo que merece la pena conocer y respetar, porque uno no debería conformarse con ser un buen americano burgués, una lección que sigue viva en la actualidad y que puede extenderse a un mundo y una burguesía cada vez más americana, a lo largo y ancho del planeta.

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