Brian Jonestown, el rey de la psicodelia

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Por: Mario Blázquez

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Madrid, un jueves 8 de septiembre de 2016. En la sala Teatro Barceló hay colgado un cartel que ya predestina buenas vibraciones: “Sold out”. En los alrededores, mientras los asistentes apuran sus últimas cervezas, otros les mendigan una entrada que pueda sobrarles, en un último intento de no quedarse al otro lado. Un público de Generación X, de la vieja escuela de los 90 en su mayoría, rozando la cuarentena o dentro ya de ella, y algunos melómanos imberbes.

Aparecen puntuales. Anton Newcombe emerge vestido de él mismo, una mezcla de Elvis, de neo hippie, de budista alucinógeno, acompañado de los otros seis miembros que ahora completan su banda. Sí, también Joel Gion, el hombre de la pandereta, en el centro del escenario. Anton se reserva el flanco derecho, pero no en un gesto de humildad. De hecho, su figura en el escenario es precisamente la que todos conocemos, la de ese genio egocéntrico, obsesivo y apasionado, que no necesitaría a nadie más que no fuese él mismo si no fuera para estas circunstancias del directo. La puesta en escena, sobria, como suele ocurrir en cualquier concierto en discotecas de España. La cosa no da para mucho más, casi hasta tenemos que agradecer que siga habiendo conciertos. Pero no hace falta, la escenografía de BJM es la música en sí, la que crea el caos psicodélico, la levitación hipnótica.

Sin embargo, Anton y su banda estuvieron muy centrados esta noche. Desde el inicio, fueron cayendo temas, casi todos, hits de antaño: “Anemone”, “Wisdom”, “Who?”, “Open Heart Surgery”, “Satellite”, también alguno de los últimos discos, como “Vad Hände Med Dem “ o “Days, weeks and moths”, y la presentación de algún nuevo tema del disco o discos (dos, según adelantó el propio Anton) que saldrán en breve este año. Un setlist que, obviamente, no podía cubrir la totalidad de su material interesante concentrado en menos de dos horas, pero que satisfizo a todos.

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Y ese Anton Newcombe fue al que conocimos ayer por primera vez en Madrid, el que ansiaba ser el mesías del rock, el que anunciaba que sería no más grande que Dios, sino que los Beatles. Sus excentricidades de genio ególatra del pasado, como sacar tres discos en un solo año (1996), o esa relación destructiva de admiración ojeriza, venenosa y enfermiza con sus congéneres, los muy inferiores The Dandy Warhols, parecen haberse suavizado. No sé si se ha hecho mayor, pero sigue siendo él, sigue siendo grande. Ayer, BJM no dio esa sensación de banda jubilada que lleva más de veinte años y ya toca por inercia, o de ese otro tipo que ya no sacan discos y se reúnen para sus fans talibanes, que aplauden conciertos decadentes. No, la sensación en el escenario y la ejecución de sus piezas destila energía, pasión, no añoranza y nostalgia de escuchar una mala versión almibarada de lo que un día nos hizo estallar. Todo sigue fluyendo en el escenario, todo sigue ardiendo, incluso hay temas que en directo se redimensionan, se adhieren a ese muro de sonido etéreo y sinuoso.

Anton Newcombe sigue en su inagotable creatividad, su influencia en la música rock, en la escena alternativa, sigue intacta. A pesar de una extensa y prolífica discografía, hay una enorme calidad y experimentación en ella, y sus directos, como el de ayer, son de los que conquistan adeptos. Casi dos horas de concierto, no hubo bises, para no romper la intensidad, la traca final de “Yeah-Yeah” no merecía otro doble final. Esperemos que esta haya sido la primera y no la última vez que nos visiten.

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