La reina de España (2016), de Fernando Trueba

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Por Jordi Campeny.

la-reina-de-espana-1Con el paso de los años se pierde brillo, brío y gracia. También en el cine. Unos personajes, unas situaciones, un sentido del humor que en un tiempo, en una época determinadas resultan chispeantes y funcionan, pueden palidecer al volver a ellos transcurridos unos años. Cuando un autor decide retomar unos ambientes y atmósferas que lo hicieron célebre años atrás corre el riesgo de olvidar algo esencial: que la sociedad ha cambiado, que el sentido del humor ha evolucionado, que su mirada es otra; también la nuestra. Le sucedió a Almodóvar con su vuelta a la comedia en 2013, con Los amantes pasajeros, pretendiendo emular aquellas célebres comedias ochenteras que lo encumbraron. Lo que entonces era frescura, espontaneidad y respiración natural, pasados veinte años se convirtió en artificio y cartón piedra. Algo de esto le ha sucedido también a Fernando Trueba con La reina de España; algo intangible y esencial se ha perdido por el camino, por la negra espalda del tiempo.

Dieciocho años separan La niña de tus ojos (1998) de su secuela, La reina de España (2016). Y algo se ha perdido en este tiempo; algo de brillo, algo de brío, algo de gracia. La niña de tus ojos fue una espléndida, original y burbujeante comedia; La reina de España pierde fuelle en su vertiente cómica y resulta irregular y deslavazada pero, a pesar de ello, entrañable. La familia del 98 se reúne de nuevo para emprender una aventura similar: el rodaje de una película en el contexto infame de unos tiempos negros. Hace dieciocho años era la Alemania nazi; ahora es la España franquista. La magia del cine dentro del cine vuelve a constituir la baza principal de un trabajo que, a pesar de sus carencias, cuenta con algunos elementos sólidos y luminosos que consiguen –más o menos– sostenerlo.

El carisma que desprende su elenco de actores –repiten todos, menos el desaparecido Juan Luis Galiardo, y se incorporan al viaje Ana Belén, Carlos Areces, Chino Darín y el polifacético, siempre espléndido Javier Cámara– consigue que contemplemos el irregular periplo que desfila ante nuestros ojos con agrado, simpatía e incluso un punto de condescendencia hacia las deficiencias del guión que los mueve. Hay múltiples situaciones en La niña que se repiten en esta Reina: las atribuladas situaciones de acoso homosexual entre el personaje de Jorge Sanz y el galán de la película dentro de la película, el romance entre la protagonista y un miembro secundario del equipo de rodaje, los elementos de docuficción en las magníficas aperturas de ambos films, las conspiraciones de los miembros del equipo comiendo alrededor de una mesa o un vodevilesco rescate final. Pero, como comentábamos, el guión de entonces no es el guión de ahora, firmado por el mismo Fernando Trueba. El de 1998 contaba con Rafael Azcona y David Trueba. Sin sus manos, obviamente, el resultado se resiente y la criatura se desdibuja.

la-reina-de-espana2Los principales deméritos, por lo tanto, los hallamos en el andamiaje de la película y en la chispa en su vertiente cómica, a todas luces menos fulgurante. Sus principales virtudes tienen que ver con su aparato formal y, como hemos apuntado, con el carisma de sus protagonistas, entre los que sobresale una Penélope Cruz que irradia luz y enciende la pantalla. Hacía tiempo que la actriz no brillaba así en un papel protagonista; tendríamos que remontarnos a Volver (2006), de Almodóvar. La secuencia en la que, ataviada con su traje de Isabel la Católica, le canta a Granada, o la que escupe su hiel, con mucha gracia, nada menos que al Generalísimo, bien podrían erigirse como las mejores de la película.

Si a ello le sumamos una meritoria puesta en escena, la sólida caligrafía que le imprime Trueba, la hermosa banda sonora que todo lo envuelve y, sobre todo, la inquebrantable pasión por el cine que impregna cada fotograma, acabamos obteniendo una película tocada de muerte por sus deficiencias pero que, a pesar de ellas, consigue, levemente, mantenerse a flote. ¿Una mala película, pero entrañable y bella? Quizás podríamos resumirlo así.

Como apéndice, sólo apuntar la lamentable campaña de boicot que está sufriendo La reina de España por algunos sectores nacionalistas de este país, a raíz de unas palabras pronunciadas por su director al recibir un premio hace ya algunos años. Trueba dijo algo así como que no se había sentido español ni un solo minuto de su vida. Y, claro, la esperpéntica llama cavernaria se ha puesto a arder con furia. Aparte de que resulta descorazonadora la incapacidad de algunos para discernir entre persona y cineasta, es oportuno recordar a estos salvadores de la patria unas sabias palabras que escribió Manuel Vicent: no hay nada más español que renegar de España.

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