‘Mi vida en la carretera’, de Gloria Steinem

Por Ricardo Martínez Llorca

Mi vida en la carretera

Gloria Steinem

Traducción de Regina López Muñoz

Alpha Decay

Barcelona, 2016

348 páginas

 

vida-carretera“En realidad, no sabemos qué decisiones del presente condicionarán el futuro. Pero tenemos que actuar como si todo lo que hacemos importara”.

Y, sin embargo, el gran valor de este libro no está en la influencia que hayan podido tener las decisiones que Gloria Steinem (Ohio, 1934) ha tomado a lo largo de su vida, en cómo trasformó el ideal de aquel jovencito o de las trabajadoras de la limpieza de no sé cuál estado. En realidad, el gran valor de este libro es el gran valor de la carretera como metáfora: la ruta en la que uno se topa con los grandes aprendizajes, con los lugares donde se sucede eso que compone la educación sentimental, la buena educación sentimental. Muy lejos de la soberbia, Mi vida en la carretera es una suerte de feedback con toda la gente que ha participado en la vida de Steinem, incluyendo aquellas personas que no conoció en forma y figura. Porque no todo se puede aprender por experiencia directa, para conocer lo que llamamos vida, que son los acontecimientos sobre este peñasco azul en los que hacen su teatro alegórico los seres vivos, conviene tener los oídos abiertos a los relatos de la gente. Los taxistas, las auxiliares de vuelo, los periodistas en campaña electoral, o quienes sobrevivan con cualquier otra profesión que sucede en la carretera, en el movimiento, serán maestros. Eso sí, si uno no está dispuesto a colaborar con ellos manteniéndose a la escucha, jamás se tropezará con las sorpresas que derriban los prejuicios, no escuchará la música del azar, que es la que enseña.

En este examen de su biografía, Steinem muestra una inusual habilidad para vivir. El centro de esta habilidad es el amor a la incertidumbre. De todas las metáforas de la vida -la lucha, el río, el valle de lágrimas, etc.- Steinem elige el viaje porque ahí es donde se encuentran los descubrimientos. Y ella los adopta como quien adoptara nuevos glóbulos rojos. El elogio que hace de la risa en algunos momentos, unido a esa proyección hacia el futuro que es la revisión del pasado, hace de este libro una celebración del optimismo. Será ese optimismo el hilo que engarza esta conciencia de haber sido en el mundo un ser digno de amar y ser amado. De hecho, el libro comienza saldando cuentas con su padre, que falleció siendo ella joven. Si seguimos el dictado de Freud, Steinem mata al padre, pues quiso contradecirle. Pero finalmente se da cuenta de que de él es de quien hereda la carretera. Luego vendrá el gran aprendizaje que supone dos años de vida en la India, cuando la India todavía era una utopía orientalista. Darse cuenta de que la marginación de castas y de la mujer existe en distintos grados también en su país, harán de Steinem el personaje que ya conocemos: la gran activista que defendió los derechos de la mujer. Pero siempre permeable, y hasta poniendo por delante con frecuencia, a cualquier forma que tome la desigualdad: los minusválidos, la segregación racial, las fobias generacionales, la libertad de expresión, la violencia doméstica, los fracasos del sistema escolar, la pena de muerte. El organismo de Steinem no deja de producir la hormona que no consiente la injusticia.

El relato que uno espera es el de la mujer que organiza convenciones, que interviene en los campus universitarios, que publica artículos polémicos, que se planta frente a los juzgados exigiendo la libertad reproductiva o que fabrica parte de la campaña electoral de alguna senadora sin fondos. Y es cierto que todo eso está contenido en el libro. También la crítica a cierto tipo de periodismo, la denuncia política de altísimo voltaje con manipulaciones del voto de por medio, hasta el punto de tener la impresión de que una de cada tres personas con derecho al voto no ha podido ejercerlo o la han obligado a equivocarse. El caso flagrante de la primera victoria de George W. Bush es para arrancarse los pelos de la cabeza según ella lo describe. Pero aun siendo ya una mujer madura, sigue confiándose a la carretera como vía para modificar la sociopolítica del país. Caben dos opciones, parece decir el optimismo de este libro: o salirle al paso a la vida y nunca dejar de aprender para conocer dónde debemos sumar algo positivo, o darse al alcohol. El último capítulo de este libro, que será uno de los mejores que se publiquen este año, habla sobre lo bueno que todavía queda del buen salvaje. El tópico del indio gorrón y borracho de las reservas, viviendo a costa de las ayudas estatales, cae por los suelos. Y Steinem lo hace con maestría y, como en las demás ocasiones, con una buena compañera. Steinem encuentra el equilibrio que necesitamos en ese último gesto activista. Y sin rendirse al desaliento pues ya, a una edad avanzada, sabe que el equilibrio está a mitad de camino entre estar compensado y estar descompensado. “Incluso en los acantilados más distantes aparecen grutas de rescate”, señala al principio del volumen, antes de recordarnos que la carretera, el viaje verdadero, nos saca de nuestras mentes y nos arroja a nuestros corazones.

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