‘La isla parpadea’, de Alberto Piernas Medina

 

La isla parpadea

Alberto Piernas Medina @AlbertoPiernas

Ganador del II Certámen de Amnistía Internacional Andalucía.

El relato fue considerado ganador por “poner de relieve la implicación y la influencia que tienen en los derechos humanos de las personas cuestiones como la brecha digital, la propia soledad individual, los efectos negativos de la globalización y la apropiación de tierras de unos países por parte de otros.” La idea inicial del cuento nació durante un viaje  al archipiélago de Cabo Verde y está influenciado por el autor Ngũgĩ wa Thiong’o. Viajemos al sur. Y reflexionemos:

            eye-1447938_960_720Sonaba Mood Indigo, de Duke Ellington, aunque Mattis no lo sabía. Allí la música nunca tuvo nombre, era una extensión más del alma. Y aquella noche, la suya estaba expectante y resignada. En el mostrador del barracón en el que yacía instalado el único ordenador del atrasado norte de la isla, Willy se escarbaba entre los dientes con un palillo mientras pensaba en la vida que nunca tendría. Su interés por Occidente y su gusto musical – jazz, hip-hop o funk internacional – le hacían sentirse alguien superior en aquella isla encontrada por el resto del mundo en la que, al mismo tiempo, trataba de complacer a la gente a través de sus conocimientos y posibilidades, incluyendo la de tener la única computadora gracias a tejemanejes por los que nunca nadie se preguntó.

            Cuando Mattis irrumpió en el locutorio, con sus pocos cabellos cenicientos y el cuerpo consumido bajo un bubu de colores cálidos, el viejo Willy abandonó el mostrador entusiasmado por enseñarle cómo iba aquello de Internet. Con la mirada asustadiza, Mattis le siguió hasta el final de la estancia, de paredes azules y discretos motivos tribales.

            – Las pintó mi mujer – le dijo Willy.

            Mattis asintió sin decir nada.

            El dueño pulsó el botón del monitor y una imagen distorsionada se dibujó en la pantalla. Después, Willy comenzó a golpear la mesa con el ratón mientras respiraba fuertemente, ahogándose en las consecuencias de su vida sedentaria. El fondo de pantalla que se mostró frente a ambos era el de una ciudad de rascacielos situada a muchos kilómetros de allí. Y se quedaron mirándola, como quien ve a la policía entrando en casa para investigar un robo. Tras toquetear “un programa”, un “menú” y otras palabras que Mattis desconocía, una nueva pantalla indicó “Cargando”. Y después, Willy se fue, dejando solo a Mattis frente al Progreso.

            A los pocos segundos, al otro lado de la pantalla apareció su hijo, Junior, quien meses atrás se había marchado a otro país, a una ciudad como la que aparecía en el fondo de pantalla. Con ojos de niño, Mattis esbozó una sonrisa que delató el único diente que le quedaba en la boca, siendo por un momento el niño y su hijo el padre, uno que se marchó demasiado lejos y que ahora tenía el total control sobre su propia felicidad. Tras varias llamadas telefónicas desde el mismo locutorio, Junior había decidido organizar este encuentro con su padre gracias a la ayuda de Willy.

            – Te veo muy bien – dijo Mattis.

            Junior lucía totalmente diferente: llevaba una chaqueta de cuero sobre una camiseta naranja que dejaba al descubierto medio pecho y una gorra, el toque que más inquietó a Mattis. De ahí que al ver a su padre tal y como le dejó la última vez, o incluso peor, en los ojos del veinteañero se dibujase una mezcla entre tristeza y rechazo. Pero aún así mostró cierto interés, algo forzado eso sí: le preguntó por la pesca, por las primeras tortugas del año, por fulana y mengana, pero no por su madre, lo cual irritó especialmente a Mattis. Era ya un hombre, pero diferente al que su padre imaginó una vez. Este Junior estaba lleno de capas, aunque también se le veía seguro y confiado, lo cual le tranquilizó un poco.

            El padre inculto, tan alejado de todo aquello que Junior ya sí conocía, comenzó a preguntarle cómo iba el trabajo en aquel restaurante que le mencionó por teléfono, si seguía tocando el bongo, si echaba de menos los cielos de mil estrellas de su isla natal.

            – Sí, claro que sí, pero. . .

            – ¿Pero?

            – Finalmente no podré ir en mayo. Me han alargado el contrato.

            Mattis entrecerró los ojos, controlando la decepción. Aunque quería lo mejor para su hijo, una engañosa intuición le decía que en algún momento él volvería, que seguirían mirando las nubes apoyados espalda con espalda sobre una barca errante.

            – Te enviaré dinero.

            Pero a Mattis el dinero no le importaba. ¿Qué haría con él a estas alturas, más allá de utilizarlo para comprar piñas recién llegadas de otra isla?

            – Tú encárgate de ser feliz, hijo.

            – Esto no es como nuestra isla – dijo Junior-. Aquí se trabaja duro, el tiempo pasa más rápido, es diferente.

            – Me lo imagino, hijo.

            De repente, la imagen de Junior comenzó a distorsionarse, y al mismo tiempo la luz del barracón se estremeció. La electricidad que tan perezosa llegaba hasta aquel lugar de África Occidental no entendía de momentos definitorios. Parpadeó de nuevo. ¿Papá? Y finalmente, se apagó, dejando a Mattis sumido en la total oscuridad, mirando fijamente la pantalla de aquel cacharro que nunca creyó necesitar.

            – Podemos volver a encenderlo – dijo Willy cuando la luz volvió pero el ordenador ya estaba apagado.

            – Da igual – contestó Mattis.

            Aquel apagón había bastado para hacerlo consciente de la situación. Fue como volver a reiniciar el alma, esa concepción del mundo, del suyo, dormida hasta entonces en su interior.

            – Me voy – le dijo -. Prefiero caminar.

            Le dio cincuenta escudos de su bolsillo y le agradeció el servicio.

            – Tú también deberías estar allí Willy – le dijo antes de irse.

            – Aunque no lo crean, aquí  no estamos tan mal.

            Mattis sonrió y abandonó el barracón. Se sentía raro, confundido. Quizás por Junior, con su discreta arrogancia, tan lejos del hombre sencillo y ligado a la tierra que una vez imaginó. Envuelto únicamente por el sonido de los grillos y con la luna como linterna, Mattis caminó de vuelta a su choza a través del páramo desértico. A lo lejos pudo ver los neones que antes no estaban y las grúas cimentando el futuro. Trató de mirar al cielo para distraerse; allá arriba las estrellas continuaban sin apagarse. Y de repente una luz roja parpadeó, la del avión que merodeaba por la isla rompiendo el mapa espacial que años ha fue una de las principales uniones entre él y ese hijo que se había marchado para no volver nunca; él lo sabía.

            La tierra en la que en otro tiempo creyó ser feliz, donde la gente cultivaba sueños más sencillos, estaba siendo transformada; aquella noche lo vio más claro que nunca. Siguió andando y tocó con sus manos las dos palmeras que salpicaban el paisaje, como una necesidad inconsciente por abrazarse a la Tierra que se les escapaba. Quedó envuelto en sus pensamientos de hombre ignorante hasta llegar a la choza que una vez una mujer también pintó de color azul. A estas alturas las paredes estaban descolchadas y el rumor de unas risas infantiles se oía en la parte trasera.

            Las grúas, las luces, el apagón, Junior. No podía dejar de pensar en ello mientras entraba en casa. Al menos, a Mattis le quedaba el consuelo de saber que su esposa le aguardaría en casa y podría comentar con ella todas las impresiones del encuentro con su hijo. Sin embargo, aquella noche nadie contestó al penetrar en  la choza.

            – Arisha. . . – susurró en la oscuridad. -Nuestro hijo está raro.

            Las cortinas, o más bien retales utilizados para cubrir la única ventana de la choza, estaban corridas, mostrando un cielo negro que se tornaba rosa hacia el horizonte a causa de las luces lejanas.

            – ¿Arisha? -. Esta vez la llamó con los labios temblorosos y los ojos cristalinos, adaptados  de forma espectral al vacío.

            Pero nadie contestó.

            En la tierra de antes, hablar con los espíritus habría sido el perfecto antídoto en noches como aquella, pero esta vez algo se despertó en Mattis, la certeza de que el mundo había cambiado y que la lógica aplastaba a la magia sin poder adaptarse a los cambios que imponía.

            Resignado, descorrió las cortinas y se tumbó en posición fetal en el suelo, evitando que las luces que parpadeaban pudieran espiarle.

            Después, lloró.

            En el blog El Escritorio Viajero pueden leerse más artículos de viaje y relatos relacionados con los países del sur.

 

 

 

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