Vivir solo (la era del individuo)

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Si aún existen dudas sobre si vivimos en la era del individuo, un vistazo a los datos de vivienda lo confirman. Una de cada cuatro casas estadounidenses está ocupada por alguien viviendo solo y, en las grandes ciudades como Manhattan, el número es casi una de cada dos. Lo mismo sucede en cualquier ciudad importante del mundo, y es que este es principalmente un fenómeno urbano –estas personas pueden vivir solas, pero su sistema social es verdaderamente vasto. Así, este boom de “going solo” tiene implicaciones que se han vuelto apasionantes. En esa soledad amueblada se cultivan todo tipo de extrañezas humanas, de placeres que acaban por ser altamente específicos y, desde luego, de todo tipo de peligros psicológicos.

Si tomamos en cuenta, por ejemplo, que el hogar es el ahijado del temple, el individuo que vive solo es en su casa el representante de la ley. Acomoda sus muebles y objetos como le dictan sus necesidades prácticas (dependiendo si trabaja allí, si le gusta leer, cocinar, mirar por la ventana…), pero sobre todo como le dictan, en tiempo real, sus emociones. Se pasa el tiempo declarando (no sin cierta ingenuidad) su independencia ante el resto del mundo y ante el contrato social, porque en su casa no hay testigos que frunzan el ceño si, digamos, escribe un ensayo en Microsoft Word mientras ve un capítulo de Louie mientras riega y le platica historias a sus plantas. Y este tipo de combinaciones es desde luego uno de los grandes placeres de vivir solo, al igual que los lugares más comunes como pasearse desnudo por la casa o comer, también desnudo, caprichosamente alguna madrugada. Pero el otro lado del juego es un poco más arriesgado.

En su aparente “elección” de distracciones, es muy probable que el sujeto caiga víctima de ellas. Es decir, las delicias de tomar pequeñas decisiones, como elegir cómo queremos distraernos y cuándo, tienen mucho que ver con reafirmar una autonomía a la que el individuo se ha vuelto adicto. El internet, ubicuo ya en cualquier morada y más quizás en la de alguien que vive solo, está repleto de joyas pero le sobran agujeros y charcos. No todas las distracciones son autogeneradas; el mundo está más que nunca saturado de publicidad y ganchos para retener nuestra atención y tiempo, y de clic en clic uno puede fácilmente caer en un ennui de despojos digitales sin darse cuenta de cómo llegó allí y cómo pasó tanto tiempo… y aunque esto lo sepamos todos de sobra, el hecho de que no haya testigos que limiten nuestra libertad lo hace exponencialmente más fácil.

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Sin embargo, cabe decir que todas estas decisiones y todas las distracciones aparentemente elegidas no carecen de cierto activismo y rebelión. En la espada de doble filo hay un lado que reluce. Como cuando uno sube al transporte público con audífonos para evitar escuchar la música que le imponen allí, elegir implica practicar una autonomía diminuta pero importante: es un simulacro a escala de lo que sería la autonomía en el mundo real, fuera de un ambiente controlado.

Pero la privacidad también ayuda a metabolizar, y este tema es otro de los más fascinantes dentro del fenómeno de vivir solo. Puede ser un generoso aliado del individuo, o bien atentar contra su cordura general. Es estando a solas, en casa, donde uno puede romperse y por lo tanto también recuperarse; donde el hecho de hablar solo no es sinónimo de locura sino de asimilación del mundo y donde lavar platos o limpiar son parte de un diálogo fundamental con el espíritu. Pero hoy en día la palabra “privacidad” ha cambiado de tono: ahora tiene también una fuerte connotación política. Nos preocupa cómo puede usarse nuestra información en redes sociales o cómo puede interferir en nuestras decisiones personales. Estamos quizás más que nunca conscientes de las líneas que dividen lo público de lo privado, porque en lo que decidimos compartir sobre nosotros a diario elegimos nuestras fronteras. Pero en el otro tipo de privacidad, en esa que sólo se experimenta viviendo solo, hay un magnífico provecho, propio de los tiempos que nos tocan vivir en las ciudades. Es más fácil metabolizar la vastedad de la experiencia si tenemos momentos –casi forzosos– para estar solos, en privado. Allí se forja la dignidad de la vida interior.

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No hay una fórmula para el balance entre la necesidad de que nos conozcan y la necesidad de estar solos. Pero hay recompensas en ambos, hay riesgos en ambos. Al vivir solos, por ejemplo, obtenemos el poder de considerarnos como algo abstracto. Pero podemos perdernos en esa abstracción y perder los límites. El “otro” está allí para delimitarnos y gracias a ello actuamos con contención, con cordura. Pero es necesario también, a veces, inundar esos límites para cuestionar su integridad.

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