El retrato del Rey

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Por Ruben Alberto Mesias Cornejo

  1. Preludio

El Gran Chambelán ingresó al Salón Dorado, se despojó del tricornio que cubría su peluca alba con parsimonia extrema, e hizo la genuflexión que le exigía la etiqueta del palacio ante un monarca concentrado en la contemplación de un lienzo que representaba la entrada de unos hombres barbudos, montados a caballo y protegidos con corazas, en el seno de una ciudad de nombre exótico hecha a base grandes rocas labradas que el ingenio de sus naturales hizo devenir en templos y palacios donde moraba la casta de guerreros que dirigía sus destinos, una raza de hombres cobrizos, de pómulos salientes y orejas expandidas que miraban con asombro el desfile de aquellos seres inéditos que según decían los habitantes de la costa habían salido del mar como lo hizo Viracocha, el dios que ellos adoraban y el cual engendró el mundo donde habitaban desde siempre , por encima de la escena se elevaban unas montañas ciclópeas cuyas cumbres parecían auparse sobre un límpido  cielo azul, y a la par estar observando todo el conjunto de cosas que se estaban sucediendo ahí abajo.

—Su Alteza, los Guardias Reales han conseguido recuperar el Planeta de Cristal de manos de los cacos que lo hurtaron  del Alcázar tiempo atrás, sin sospecharlo los muy granujas intentaron vendérselo a un Grande de la Península a precio leonino; como buen súbdito vuestro, el mismo nos dio parte de la oferta, gracias a ello pudimos echarle el guante al teniente de la prenda hurtada.

Si la noticia alegró o no al rey, era cosa imposible de saber pues continuó contemplando el cuadro antes descrito, era como si gran parte de su espíritu se encontrara presente y disperso en el universo de aquella pintura que representaba algo sucedido cien años atrás, durante la conquista de aquel exótico reino de ultramar que con el nombre de Virreinato del Sur ahora formaba parte del Gran Imperio Peninsular que también se hallaba asentado en la parte septentrional de aquel vasto continente descubierto siglo y medio atrás, por ello un interludio de silencio medió entre el anuncio y la respuesta que el Gran Chambelán aguardó con la paciencia que requería un cargo tan cercano a la regia persona del monarca.

Es mi deseo que mandéis trasladar el Planeta de Cristal a mi aposento privado allá en la Torre del Rey —dijo el monarca volviendo súbitamente su rostro hacia el Gran Chambelán.

—Tendré que ocupar a algunos gentileshombres de cámara para hacer el trabajo… dijo el Gran Chambelán, en un tono de voz que daba a entender que hacerlo implicaría una brusca alteración de la rutina impuesta por la etiqueta palaciega.

—Os autorizo a romper el protocolo durante un momento, seguramente la rutina del Alcázar no se vendrá abajo porque falten algunas manos para abrir unas cuantas puertas, es más me encargaré de que las firmas de los gentileshombres que vos escojáis se consten en los cuadernos respectivos para que los mismos no sufran descuento en los sueldos que perciben, lo peor que puede pasar es que el tráfico se detenga unos momentos, pero mis cortesanos pueden esperar un poco, lo menos que me deben es eso, y os lo reitero para que quede claro ¡deseo que el Planeta de Cristal esté donde os he indicado! —replicó el monarca alzando el tono de su voz para enfatizar lo que acababa de decir.

—Vuestra voluntad será cumplida a la brevedad posible Su Alteza—dijo el Gran Chambelán haciendo una nueva reverencia antes de retirarse del aposento regio.

Cuando se quedó solo, el monarca volvió a extasiarse en la contemplación del cuadro, y empezó a preguntarse a sí mismo como serían las mujeres que habitaban las tierras del Virreinato del Sur, y su pensamiento no se limitaba solo a las mujeres peninsulares ( no demasiado abundantes por allá) sino también a las mestizas porque le habían referido que sus fogosos súbditos habían tenido comercio carnal con las indígenas y engendrado una prole numerosa que superaba ampliamente al conjunto de peninsulares allá establecidos, el mismo era joven y fogoso y por tales motivos comprendían a aquellos que se habían ido al otro lado del mar sin compañía femenina; pese a su juventud el Rey era un voraz lector y recordaba que el esforzado conquistador del ahora Virreinato del Norte afirmaba haber oído de una isla poblada solo por mujeres de armas tomar las cuales solo se relacionaban con los hombres cuando estos arribaban a esa isla, entonces decía la crónica “las que quedan preñadas si paren mujeres se las guardan, y si son hombres los echan de su compañía” ; de hecho al rey le encantaba recordar esa historia, fuera verdad o ficción, porque se imaginaba siendo él mismo el visitante de aquella isla repleta de mujeres salvajes y semidesnudas, pues se sentía capaz de cubrirlas a todas con su tremendo ímpetu carnal (de hecho la historia lo recordaría como el rey peninsular que engendró el mayor número de bastardos que se le haya conocido a un monarca seguidor de la fe católica ) sin duda alguna él habría hecho lo mismo si su regia persona hubiera estado por allá; curiosamente esa idea hizo derivar su pensamiento hacia una cuestión de estado que le preocupaba a veces: hacía un año que las Cortes de los Reinos Peninsulares lo habían reconocido como monarca, pero las comarcas que estaban al otro lado del mar todavía no lo habían jurado en calidad de tal, una demora que se explicaba por la relativa distancia existente entre aquellos reinos y su distante metrópoli; sin embargo los virreyes a cargo, tanto del Virreinato del Norte como el del Sur, habían sido informados mediante reales cédulas para que organizaran las ceremonias correspondientes en las capitales de sus respectivas jurisdicciones, con tal motivo el Rey había remitido sendos retratos suyos, de cuerpo entero hacia las capitales de aquellos reinos distantes para que fueran usados en las ceremonias de entronización que los cabildos llevarían a cabo. Dos flotas peninsulares partieron rumbo al Nuevo Continente, una puso proa hacia la costa atlántica del Virreinato del Norte, y la otra dirigió su derrota rumbo al recientemente abierto Canal de los Dos Mares ( una obra de ingeniería realmente hercúlea para la época) que atravesaba un istmo que daba accediendo así al mar que bañaba las costas del Virreinato del Sur, ambas partieron fuertemente escoltadas por las fragatas de la Marina Peninsular, para preservarlas de los posibles ataques de los corsarios a sueldo del Rey de las Islas del Mar Septentrional, gracias a Dios los retratos despachados por el monarca arribaron a buen puerto sanos y salvos, aunque el destinado al Virreinato del Sur hizo una travesía terrestre recorriendo las ciudades fundadas por los peninsulares a lo largo de la costa norte de virreinato antes de llegar a Los Reyes, sede del gobierno peninsular.

Tiempo después la buena nueva arribó hacia la Corte desde los puertos del sur de la Península, justo cuando el robo del Planeta de Cristal se había consumado empañando la alegría del rey pues era su deseo emplear ese curioso adminiculo para estar presente de algún modo en la ceremonia antes dicha, pero la eficiencia de los Guardias Reales había logrado devolver ese artefacto cuasi mágico al lugar que le correspondía, casi a tiempo para desarrollar la experiencia que el rey tenía ganas de llevar a cabo.

Un cansado gentilhombre de cámara, con la librea de rigor desarreglada debido al esfuerzo desplegado en el transporte de una cosa tan pesada apareció de repente en el Salón, mientras el Rey le estaba echando un vistazo a un cuadro que representaba una batalla naval entre una flota de galeras peninsulares y pontificias enfrentadas contra una numerosa escuadra al servicio del Gran Sultán del Oriente Próximo, como era de esperar el resultado de la batalla había favorecido los esfuerzos bélicos de los peninsulares.

—Su Alteza, vengo a anunciarle que el Planeta ya se encuentra instalado donde vuestra majestad dispuso.

 

  1. Traslado.

El anuncio sacó al rey del estado de abstracción en el que había caído como fruto de la contemplación de aquel cuadro bélico, realmente su abuelo había sido tan interesado en el campo de la guerra como lo era el mismo en ámbito del amor, total apenas tenía veintidós años y tenía el tiempo del mundo para dedicarlo a las delicias que brinda el himeneo, por tal motivo su majestad siguió al gentilhombre de cámara rumbo a una puerta secreta perfectamente disimulada sobre de las paredes del espléndido salón donde ambos se encontraban, y como mandaba el protocolo el subordinado se plantó frente a ella y accionó el mecanismo que permitió su apertura y vio como el rey se sumergía en la fría penumbra que dominaba a lo largo de aquel pasadizo oculto que discurría secretamente a través de las paredes del Alcázar desde el cual se gobierna medio mundo, de ese modo consigue evadir encuentros indeseables con cualquiera de los numerosos cortesanos que pululan en el palacio pues era factible que alguno de ellos quisiera interrumpirlo con cuestiones particulares completamente ajenas al interés que lo ahora lo movía, que no era otro más que probar la eficacia del artefacto recién recuperado, justo cuando las últimas luces del día convergían sobre el suelo de la Península, porque su cosmógrafo había calculado que aquella era la hora apropiada para hacerlo pues coincidiría con la hora cuando las autoridades peninsulares y el cabildo de Los Reyes estarían proclamando la aceptación de su soberanía sobre aquella comarca austral del Nuevo Mundo.

Al rey le pareció haber llegado a un callejón sin salida, pero no se desesperó más bien le dio gusto que eso sucediera porque anunciaba que su tránsito secreto estaba a punto de acabar, solo tenía que manipular el mecanismo que abriría la puerta permitiéndole salir de aquella galería oculta (que al rey le parecía la sucursal de una chirona) que atravesaba las entrañas del Alcázar por aquí y por allá cual las venas de un cuerpo viviente, en ese instante sus manos palparon las paredes en los lugares adecuados alrededor del marco provocando que la puerta se abriera de par en par, entonces sus ojos se toparon con la imagen de aquella pesada esfera ya dispuesta sobre el suelo de la Torre; el objeto se hallaba completamente rodeado por una serie de círculos concéntricos perfectamente entrelazados y móviles, de cuya correcta conjunción podía conseguirse la coordenada de un lugar habido en la superficie de la esfera. Afuera el sol estaba culminando su periplo sobre la bóveda celeste, y ahora parece descender como una moneda enorme y dorada que lentamente se va hundiendo dentro del aquel horizonte sombrío que durante el día hacía las veces del bosque donde su majestad gustaba ejercitarse en las artes cinegéticas.

El rey se encontraba ansioso, y su mirada zarpo en la búsqueda del continente austral del Nuevo Mundo, tenía buenas nociones de geografía y su aspecto vagamente triangular le hizo dar con él rápidamente; era obvio que la pletórica cantidad de armillas que circundaban aquel esferoide le habrían impedido acercarse demasiado al mismo, pero su ojo no tenía esos problemas de aproximación, es más la suave fosforescencia que emanaba del objeto permitía al observador atento captar los matices de la vida que bullían allá en Los Reyes, su ojo era capaz de percibir, a grandes rasgos, el movimiento y la actividad imperante ahí abajo como si estuviera volando sobre ella, pero necesitaba más precisión y para eso debía valerse de las armillas que envolvían aquella esfera, de ese modo podría desdoblarse y hallarse en Los Reyes al momento de ser reconocido como soberano ahí, en la capital del virreinato meridional, aunque no le disgustaba confesar que este no era el único interés que le movía para atreverse a hacer algo tan inusitado.

Y sus manos se asieron a las armillas para componer las coordenadas geográficas de la Ciudad de los Reyes, hacer esto era lo más fácil de todo, el simple preludio de lo que vendría luego cuando le pareció que millones de luces se encendieron por todas partes deslumbrando sus ojos como si una estrella más potente que el sol hubiera irrumpido súbitamente desde el horizonte. La agresión de aquella luz podía considerarse lesiva pero el rey sabía que era necesaria para que sus sentidos principiaran a apartarse de la captación de su entorno inmediato, solo así podría salir del cuerpo que ocupaba para trasladarse allende de los mares, no sabía bien cuando esto llegara a suceder, pero sospecho que cualquier síntoma extraño, tal vez un mareo, sería el inicio del traslado; por fortuna había previsto semejante ocurrencia, y un lecho suave y mullido se hallaba dispuesto para soportar su cuerpo cuando se produjera el inminente desmayo,

Finalmente el cuerpo del rey se tambaleó y cayó sobre el lecho ya preparado, como si la muerte lo hubiera fulminado inesperadamente.

Y le pareció que el suelo se volvía líquido, una vasta sábana y azul iluminada a medias que parecía extenderse hacia los límites de aquel horizonte; ahora era un pájaro volando en medio de aquella inmensa oscuridad que atravesaba fácilmente como si el mismo fuera el viento que soplaba sobre los océanos.

 

  1. Leonor siente la presencia del Rey.

La Plaza Mayor de Los Reyes tenía un aire festivo, pues literalmente toda la clase dirigente de la urbe se hallaba sentada en las tribunas construidas en torno al Estrado Central situado justo en medio de la Plaza, allí se hallaba el Virrey, los Alcaldes de la ciudad, el cuerpo vitalicio de regidores y todos los títulos nobiliarios, pero no estaban solos; sus esposas e hijas también estaban con ellos, y todos contemplaban atentamente como el retrato del monarca era transportado por cuatro hombres fornidos, los cuales estaban aunando sus fuerzas para colocar al rey bajo un bonito dosel que protegía su trono del inclemente sol del verano; cuando aquellos hombres terminaron de acomodarlo sobre el trono, los circunstantes pudieron ver la gruesa cadena de oro que pendía del retrato como signo de la fidelidad que Los Reyes le estaban jurando a su real persona, sin embargo ese no era el detalle que resultaba más impresionante para las féminas ahí presentes, no ellas estaban impresionadas por la esbeltez del cuerpo del rey, por lo bien que le quedaba la ropa llevaba puesto, y sobre todo, por la delicadeza de sus facciones. Ciertamente el rey era joven y parecía un verdadero ángel por la rubicundez de su rostro, y la dulce profundidad de sus ojos azules, el artista que había pintado esa imagen del Rey era un verdadero genio en su oficio, porque había logrado una obra de tal calidad que daba la impresión de que en cualquier momento el rey saltaría de aquella prisión bidimensional para hacer acto de presencia ante sus súbditos ahí congregados.

Y aunque pudiera parecer inaudito, Leonor de la Reinada y Cervera, la joven hija del alcalde de primer voto de la ciudad de Los Reyes, aguardaba sinceramente que esto sucediera. Tenía impresión desde ayer, cuando el retrato del Rey pasó la noche en su domicilio, justo en la víspera de la ceremonia de entronización que ahora se estaba llevando a cabo a ojos de toda la nobleza habida en los predios de aquella urbe austral.

Leonor podía jurar que la mirada del Rey estaba viva, la había sentido en sí misma, como una fuerza capaz de atravesar la tela de su vestido, la noche de ayer cuando junto con su padres, don Leandro y doña Juana contemplaban la factura de aquel retrato hecho y enviado desde la lejana Península; y ellos, igual que los circunstantes de la ceremonia, alababan el buen hacer del pintor de cámara del monarca por haber logrado crear un simulacro tan perfecto de aquel semblante juvenil.

La ceremonia proseguía, y el alférez real, don Diego de Carbajal, ingresó montado a la Plaza Mayor al mando de cien hombres de infantería premunidos de arcabuces, los cuales una vez instalados frente al regio estrado, se formaron en cuadros y apuntaron al cielo disparando sus armas al unísono a modo de homenaje, provocando la algarabía de todo el pueblo llano congregado en ” los techos, balcones y ventanas de los edificios y calles alrededor de la Plaza Mayor” a decir del cronista oficial del suceso. A continuación un noble indígena, vestido con la indumentaria propia de un Inca en funciones, se acercaba al retrato del rey peninsular para ofrecerle la mascaypacha, que era una especie de corona de bronce que simbolizaba el poder temporal del Inca sobre los hombres y las cosas de esta tierra austral antes del arribo de los peninsulares.

Después de haber recibido el homenaje del virrey y todos sus allegados, se consideró pertinente dejar que el pueblo llano de Los Reyes ingresase a la Plaza para admirar la imagen del rey recién elevado al Trono de la Península y del Nuevo Mundo. De ese modo se les invitó, mediante pregón, a aproximarse. Todos coincidieron en admirar la lozana gallardía de su rostro, todavía imberbe, y también advirtieron la “mirada viva” que poseía aquel retrato de cuerpo entero. Realmente parecía que los ojos del monarca pertenecían a los de una persona de carne y hueso, y no a un simple simulacro pintado para representarle ante sus súbditos lejanos, es más las mujeres del grupo indicaron que daba la impresión de que los ojos del rey se movían de un lado hacia otro.

Cuando llegó la noche, el virrey dispuso que el retrato de su majestad católica fuese retirado del trono donde había sido colocado, para “pasar la noche” en la casa de don Leandro de la Reinada, alcalde de primer voto de la Ciudad de los Reyes; sin saber muy bien porque Leonor, la hija del alcalde, reaccionó con una mezcla de emoción y de miedo ante la inminencia de aquella “visita”, pero lo disimulo tan bien que sus padres interpretaron su conducta como un síntoma derivado de esa natural efervescencia que se estaba viviendo en toda la ciudad a causa de la presencia del retrato del nuevo rey en la ciudad, pues de algún modo aquella imagen había llegado a Los Reyes para tener un papel muy activo en todas las ceremonias oficiales que celebrasen los representantes de la monarquía en estos reinos australes.

Leonor espero que todos se fuesen a dormir, sentía necesidad de estar a solas con el retrato de aquel apuesto joven de labios gruesos y colorados, de cabellos rubios como los de un querubín, y de mirada franca y abierta como la que correspondía a un hombre tan joven, pues apenas tenía más de veinte años cumplidos. Leonor abandonó su aposento, descalza y premunida de un pequeño candelabro que le permitió guiarse en medio de la oscuridad que lo envolvía todo, sentía que le faltaba algo, y había decidido que ese algo era precisamente la presencia de aquel rey distante, pero hermoso, dueño de una mirada viva y de un corazón noble y dispuesto para el amor porque ella se sentía muy sola y abandonada en medio de la inflexible etiqueta que regía los destinos de su casa, en una palabra no estaba contenta con su condición y deseaba un cambio en su destino; y solo el todopoderoso Rey de la Península sería capaz de brindarle lo que quería.

Las tenues luces del candelabro entresacaron de la penumbra la anhelada cara del rey, y Leonor se contuvo para no gritar pues lo que estaba frente a ella no era precisamente el rostro del monarca plasmado sobre el lienzo, sino un trasunto fantasmal de aquella cara que todos habían admirado, durante la ceremonia celebrada horas antes, aunque paulatinamente aquel semblante, un tanto borroso, se estaba transfigurando una versión más amable y real de la efigie enviada desde tan lejos.

Presa del asombro, la mano de Leonor vaciló y el candelabro que sostenía estuvo a punto de precipitarse hacia el suelo, pero una mano firme y segura surgió de la oscuridad y asió raudamente la base del mismo evitando el riesgo de incendio que se habría declarado en caso de que alguna de las velas se hubieran desprendido de cualquiera de sus soportes.

A continuación lo colocó sobre una pequeña mesa cercana, de tal modo que la luz de las velas les permitiese verse lo suficiente como para darse cuenta donde estaban.

—No debéis tener miedo de mí, buena moza. Yo el rey, vuestro señor os lo dice. Sois una súbdita de muy buen ver, tan joven y bella como las actrices que suelo ver en los corrales de la Corte que frecuento para recrearme cuando los asuntos del gobierno me aburren.

— ¿ Realmente sois el rey?—le preguntó Leonor—Tal vez no seáis más que un intruso disfrazado como Su Católica Majestad, un miserable caco que solo pretende desvalijar la casa de don Leandro, mi padre.

— Vuestra suspicacia da fe de vuestro valor; no soy un vulgar caco, realmente soy el rey, os ruego que no preguntéis la causa de mi arribo, sencillamente estoy aquí porque deseaba estarlo. Presiento que vos los deseabais tanto como yo. ¿ acaso no es así?

El asombro de Leonor alcanzó su cota más alta, el rey no solo era bello, sino que también estaba dotado con un grado superlativo de inteligencia pues era capaz de leer dentro de su alma, el solo surgimiento de esa circunstancia había destruido como por ensalmo esa barrera natural que cualquier mujer erige cuando conoce a alguien.

—Habéis acertado, os deseo. Vuestra mirada azul pintada en el retrato principio a conquistarme y ahora que os conozco un poco más me siento inclinada a compartir mi cuerpo con vos.

El rostro del rey se aproximó a la cara de Leonor, y ella pudo sentir su ansiedad y su deseo a través de su respiración entrecortada.

—¿ Queréis que os bese, bella criolla?—musitó el monarca casi a quemarropa de la cara de Leonor, y aunque ella demoró en contestar al rey no le cabía duda que la dilación era fruto de un deseo de prolongar un poco el cortejo más que el producto de alguna duda habida en la mente de la fémina asediada.

—Claro que podéis, y también tenéis licencia para todo lo demás —exclamó Leonor cuando sintió que prolongar la espera dejaba de ser placentero para devenir en mortificante.

Y el rey se abatió sobre ella, la envolvió con sus abrazos, con sus caricias, con sus besos, y empezó a despojarla de sus ligeras vestiduras para amarla con placer y fruición tal como se le quita la cáscara a una fruta exótica y deliciosa antes de comerla. Luego permitió que ella hiciera lo mismo con él, como delicioso preludio de lo iba a suceder.

Los amantes cayeron al suelo, y allí sobre el duro suelo la  erecta virilidad del monarca empezó a poseerla, en medio del silencio y la penumbra que parecían asistir a la consumación de aquella intuida pasión, Leonor sentía las acometidos regias en su bajo vientre y al unísono sus gemidos de Leonor se hicieron cada vez más fuertes, sin que el rey pudiese hacer nada para callarla pues se hallaba preso del mismo deseo, y su cuerpo cabalgante iba embalado rumbo a la culminación, y el rey sintió que le era imperiosa la necesidad de retirarse, lo mejor sería irse y dejarla expuesta a las especulaciones del tropel de gentes que seguramente irrumpirían en el salón , quizá para algunos Leonor podría ser candidata para el exorcismo o pasto para la hoguera; el caso era que no convenía ser descubierto haciendo cosas reservadas al ámbito de la intimidad.

Don Leandro, doña Juana y los esclavos del servicio doméstico irrumpieron en el salón portando velas y antorchas en mano, y hallaron el cuerpo desnudo y gimiente de Leonor sobre el suelo con los brazos en el aire como abrazando a un cuerpo invisible que para ella continuaba ahí, pues sus dedos tenían memoria y todavía sentían su presencia palpando su cuerpo ansioso de amar.

Para todos, Leonor estaba loca, y su cuerpo poseído por algún demonio, por el contrario para ella era consciente de que no era así, que más bien se había hecho amante de una especie de hombre superior a todos, un ángel del amor y del placer encarnado en la efigie del Rey de la Península y del Nuevo Mundo.

FIN

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