John le Carré: Volar en círculos

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Por Ricardo Martínez.

John le Carré: Volar en círculos

ed Planeta, Barcelona, 2016.

Habría, estoy seguro, más de un avezado lector que atribuiría a un escritor, exespía por más señas, una condición añadida, especial, en relación con su condición de contador de historia. ¿Acaso, por razón de su ocupación un tanto oculta, no ha sido destinatario de todo tipo de emociones, de viajes no siempre deseados, de vínculos amorosas más o menos manifiestos? Ingredientes necesarios, saludables y efectivos para toda historia que se precie.

Cuando, no obstante, este autor aborda la narración de su propia vida, tal vez una de las razones de su discurso haya de haber de tomar en consideración ser el ser cauto en cuanto a su historia narrada, ello a favor de hacerse creíble. Y creo que ‘le Carré’ lo ha conseguido porque su arte narrativo es de una altura considerable. Tiene los recursos y el estilo necesarios para saber distinguir veracidad y ficción a fin de que el lector se sienta más impelido a continuar la lectura –y escuchar, de algún modo- que a sospechar.

A mi entender hay algunos pasajes que pueden resultar  bastante definitorios al respecto. Cuando hace referencia a sí en este balance vital serio, cordial y dignamente sobrio, escribe: “En Berna hice mis primeros pinitos en la inteligencia británica, informando de no sé muy bien qué a no sé muy bien quién. Últimamente paso muchos ratos perdidos preguntándome cómo habría sido mi vida si no hubiera salido huyendo de mi colegio británico, o si hubiera escapado en otra dirección. Tengo la impresión de que todo lo sucedido a partir de entonces fue consecuencia de aquella impulsiva decisión adolescente de huir de Inglaterra por la vía más rápida posible y de abrazar a la musa alemana como madre adoptiva” Quepa recordar aquí, si acaso, el título que inició el éxito de su labor literaria, ‘El espía que surgió del frío’

¿Y por qué la decisión de hacerse espía? Con el tiempo transcurrido por medio, que ha ocupado buena parte de su vida entregado a labores de ‘inteligencia’, reflexiona ahora el autor: “Harry –un nombre ficticio que responde a un excompañero- formaba parte de hombres y mujeres honestos que estaban convencidos de que los comunistas querían destruir su amado país y sentían la necesidad de hacer algo al respecto. Consideraba que los rojos eran buena gente en el fondo: idealistas, pero retorcidos. Por eso dedicó toda su vida a defender sus convicciones y murió como un ignorado soldado de la Guerra Fría” La entrega de un hombre a favor de una causa.

En cuanto a su propio comportamiento, diríase que también estaba inducido por un sentido patriótico sin resquicio. Así, dice: “En mi escuela preparatoria, los chicos nos habíamos vuelto expertos en desenmascarar espías alemanes en nuestras filas, y yo era uno de nuestros mejores agentes de contraespionaje. Después, en mi exclusivo colegio, nuestro fervor patriótico no tenía límites”

La cuestión, no obstante, era compleja si tenemos en cuenta la existencia de los agentes dobles. Ahora bien, “como dicen que dijo Edgar Hoover cuando se enteró de que Philby era un doble agente soviético: ‘Decidles que Cristo solamente tenía doce y que uno de ellos también era doble agente’

El problema, sin embargo, en uno y otro caso, eran los métodos. Un tema nada menor. Por eso, tal vez, nos susurra: “Un buen escritor no es experto en nada salvo en sí mismo. Y sobre ese tema, si es listo, cierra la boca” Puro silencio de espía. Buena literatura.

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