“Origen y meta de la historia”, de Karl Jaspers

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Por Oriol Alonso Cano.

El sentido de la historia es uno de los parajes temáticos más concurridos a lo largo de la historia de la filosofía. El devenir histórico, la sedimentación de los hechos que transcurren, ¿se rige por una finalidad interna que los guía hasta alcanzar la meta prefigurada?; por el contrario, ¿tiene un centinela que marca desde la exterioridad el paso de los acontecimientos?, o bien, finalmente, ¿se mueve por una constante revolución que adolece de brújula? En esta encrucijada debe situarse la reflexión que estructura toda la obra de Karl Jaspers, Origen y meta de la historia, que acaba de editar pulcramente Acantilado.

Jaspers se adentra en un sendero espinoso cargado con un armazón teórico que se nutre de la ontología fundamental de Heidegger, así como de ciertas herramientas conceptuales que tomará de la Escuela de Frankfurt (Marcuse, Horkheimer y Adorno, primordialmente) y Arendt, sobre todo en el momento de cuestionar el estado de la ciencia y la técnica como las instancias que dirigen despóticamente el rumbo del presente.

Ahora bien, la historia tiene un momento fundacional, un punto estructural que el autor sitúa entre el 800 y el 200 a.C, y que conceptualiza como tiempo-eje. En ese momento se da, tanto en Occidente como en Oriente, una explosión cultural y, en definitiva, existencial que provoca el renacimiento del sujeto como ser humano, entendiéndolo en toda la plenitud de la palabra. Si en Oriente, Confucio, Lao-tsé, Buda, los Upanishads, Zaratustra, entre un ingente número de corrientes (materialismo, escepticismo, nihilismo…), entran en escena para revolucionar las creencias y los pensamientos de sus habitantes, de forma paralela, en Occidente, el escenario se nutre de figuras trascendentales como Homero, Parménides, Heráclito, Platón, Tucídides, Arquímedes, generando paradigmas que transforman teórica y espiritualmente al ciudadano occidental.

Consecuencia de todo ello es que el ser humano se eleva a la conciencia de la totalidad tanto de sí mismo como del ser. Advierte, a su vez, la tragedia de sus límites, siente en sus vísceras la impotencia de la imperfección y, con ello, propone finalidades trascendentes que le permitan escapar de su catastrófica condición. A partir de ahí, el viejo mundo se hace trizas, y el sujeto se convierte en un ser capturado por sus debilidades pero extasiado por sus posibilidades. La libertad que explota en ese instante, en última instancia, debe erigirse en la verdadera meta del desarrollo histórico.

Todo desarrollo, sea del orden que sea, debe conducir al hombre hacia su liberación, hacia la destrucción de las cadenas que someten a los sujetos a su mediocridad mundana, con todo lo que ello conlleva (enfrentamiento a las situaciones-límites, irrupción de la angustia ante la apertura infinita de posibilidades…).

No obstante, aunque Jaspers hable directa o indirectamente de inicio y fin de la historia, no debemos olvidar que lo histórico es un magma incontrolable que se escapa de cualquier grillete teórico o de cualesquier leyes que paralicen su fluyo. Como ya nos avisa Jaspers nada más dar el pistoletazo de inicio de la obra, la historia siempre está abierta por los lados de la prehistoria y del futuro. Es decir, tanto en la dimensión de pasado, como en la de porvenir, la historia está inconclusa, rechaza todo afán totalizador que pretenda integrar en un discurso toda la riqueza de su devenir.

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Origen y meta de la historia
Karl Jaspers
Acantilado, 2017
416 pp., 24 €

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