Persuasión a la lectura de Alejandra Pizarnik

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Ana Carolina Cereda

 

Su obra es tan abundante como pudo haber sido su existencia. Las dificultades emocionales que la vida le provocaba, la falta de aceptación de si misma frente a la naturalidad de un cuerpo excedido de peso y con acné, la hicieron adicta a las anfetaminas, a causa de lo cual sufría insomnio y euforia. De padres ruso-judíos, Flora Alejandra Pizarnik  nació en 1936 en Avellaneda, Buenos Aires. Fue una de las mejores mujeres poetas que tuvo la Argentina. Estudió Literatura, Periodismo y Filosofía en la Universidad de Buenos Aires, no pudo concluirlas. En el período en que vivió en París, se formó en Historia de la Religión y Literatura francesa en la Soborna, donde conoció a Julio Cortázar, Rosa Chacel y Octavio Paz, también trabajó en la revista “Cuadernos” y en distintas editoriales, fueron sus años más felices. Tomó clases de pintura con Juan Batlle Planas. Fuertemente apolítica a causa de que su familia fue aniquilada por el Fascismo y el Stalinismo en Europa. Tras dos intentos de suicidio, en medio de una profunda depresión, decidió abandonar su cuerpo a los 36 años tomando 50 pastillas de un barbitúrico (ansiolítico) en 1972, cuando le concedieron permiso en el Hospital Psiquiátrico donde estaba siendo tratada.

Estilo e influencias:

Su particular Lirismo fue influenciado por Antonio Porchia, los simbolistas franceses (Arthur Rimbaud y Stéphane Mallarmé), el romanticismo y el surrealismo, convirtiéndose este último, en su género predominante. Influenció con sus letras a muchos artistas de la época como Gustavo Cerati. Escribió poesía, ensayos y prosa, alguna novela breve y un diario de mil páginas, cuyos temas principales fueron: la infancia, la soledad, el dolor y la muerte. Tenía especial interés por el inconciente y el psicoanálisis.

Cómo esta formada su obra:

Su primer libro fue La tierra más ajena (1955). Luego le dedicó La última inocencia (1956) a su psicoanalista. Mas tarde escribiría Las aventuras perdidas (1958). Publicó poemas y críticas e hizo traducciones alcanzando un elevado nivel como escritora, tal como lo refleja en: Árbol de diana (1962), su cuarto poemario. Cuando regresó a Buenos Aires publicó: Los trabajos y las noches (1965), Extracción de la piedra de la locura (1968) y El infierno musical (1971), sus libros de poemas más importantes. Escribió en prosa: La condesa sangrienta (1971), siendo ésta su última obra.

Qué encontraremos en sus libros:

Pizarnik es lúgubre, nefasta y sin filtro, escribe su forma de oscilar entre la vida y la muerte, grita, pide ayuda y advierte que la vida no le fue fácil. Es sensata y trágica. Muestra su dolor y sufrimiento, su miedo a la locura y a la muerte y su incapacidad de comprender la vida. Denota gran capacidad crítica y una estética intensa, oscura y depresiva. Sus lágrimas supuran a través de las letras su última esperanza. Al leer sus textos se puede percibir el encierro en una jaula de profunda e inacabable tristeza y experimentar sentimientos claustrofóbicos. Logra hacer sentir al lector su propio desconsuelo. Se observa una mezcla entre amargura y arte, lograda con destrezas inigualables. La caracteriza una intensidad y complejidad que no se toman descanso. Se requiere una saludable posición emocional para soportar la carga anímica que Alejandra plasmó en sus libros.

“Entre otras cosas escribo para que no suceda lo que temo, pera que lo que me hiere no sea, para alejar al Malo. Se ha dicho que el poeta es un gran terapeuta. En este sentido, el quehacer poético implica exorcizar, conjurar, y además reparar. Escribir un poema es rearar la herida fundamental, desgarradora. Porque todos estamos heridos.”  

Alejandra Pizarnik

Fue una mujer con inmensa sensibilidad a la que le afectaba la vida de forma particular. Encontraba hospedaje en la escritura usándola como un puente para despachar tormentos y desacuerdos de una vida que consideraba injusta y absurda. Sin dudas una de las escritoras argentinas más influyentes e intensas del siglo XX.

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