“Billy Budd”, la marejada de un drama

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Por: JB Rodríguez Aguilar

Se abre la ópera Billy Budd con una ondulación de sonidos superpuestos que nos trae resonancias marinas iniciales. Enseguida, sobre ellos se alza una voz monologante que habla desde el presente, si bien en alusión a un momento muy atrás en el tiempo que ha marcado irremediablemente su existencia… Es la voz del capitán de navío Edward Fairfax Vere, y su reflexión, la marejada de un remordimiento que, aun con el pasar de los años, sigue perturbándolo, impidiéndole congraciarse con su conciencia. A su memoria acude la historia del marinero Billy Bud y de los sucesos sucedidos en torno a él a bordo del Indomable, un buque de guerra de la marina inglesa a finales del siglo XVIII.

Compuesta por Bejamin Britten en base al relato homónimo del gran escritor norteamericano Herman Melville, fue estrenada en 1951 en cuatro actos y luego revisada en 1964 para reducirla a dos. Billy Budd es un drama descomunal, tanto por su duración, como por la multitud de lecturas y dimensiones que esconde su música. Antes que nada, es un drama marino, fuente de inspiración de algunas de las más profundas obras de la literatura anglosajona contemporánea. Salvo su prólogo y breve epílogo en la voz del capitán, toda él se desarrolla en alta mar, como el escenario de infinitos horizontes para la tragedia. La cubierta del Indomable se convierte, gracias a la acertada escenografía de Deborah Warner y Michael Levine, en el auténtico tablado de la ópera, sobre el que los palos y el velamen, las jarcias y los cabos, constituyen los elementos únicos de la tramoya. Muchos de los pasajes musicales emulan los sonidos típicos de la navegación, como los coros marineros o las bordadas del casco azotado por el agua.

Es además una tragedia exclusivamente masculina. Los tres principales protagonistas, el capitán Vere, el marinero Billy Budd, y el maestro de armas Claggart (suerte de émulo del pérfido Yago de Otello), así como la totalidad de la tripulación, son hombres. Entre ellos se desata un conflicto de valores morales entre la bondad y la maldad; la justicia y la injusticia; la fidelidad y la traición; el odio y el perdón… Pero además, la presencia de lo masculino se entiende también como una reivindicación tapada del mundo homosexual, con el que simpatizaban y se identifican tanto el propio Britten, como el escritor E. M. Foster, responsable del libreto. Así, los protagonistas, cada cual en distinto grado, son objeto de fuerzas y pasiones reprimidas. Por su parte, la tripulación de reclutas forzosos conforma el bosque coral que se hace eco de tales arrebatos.

Por último, se trata de un drama simbólico y de hondo calado espiritual. Comenzando por el nombre de la embarcación, que parece hacer referencia al propio carácter de Billy, hasta la conclusión desgraciada de este, quien, condenado a muerte por el tribunal militar a bordo, bendice a su capitán en el instante de ser ahorcado. La asociación con la simbología cristiana del buen ladrón o del mismo Jesucristo resulta patente en el brutal desenlace.

En resumen, una apuesta y un montaje, este recién concluido del Teatro Real en coproducción con la Ópera de París, la Nacional de Finlandia y el Teatro dell’Opera de Roma, para recordar por largo tiempo. Sin olvidarnos de las muy valientes voces del reparto principal: Jaques Imbrailo, como Billy Budd; Toby Spence, como el capitán Vere; y Brindly Sherrat, como Claggart. Lucen y resisten en sus papeles a lo largo de la severa travesía de tres horas y media de música.

 

Fotografías tomadas de la producción del Teatro Real de Madrid, del 31 de enero al 28 de febrero de 2017

 

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