‘Diario de Oaxaca’, de Oliver Sacks

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Por Ricardo Martínez Llorca

Diario de Oaxaca

Oliver Sacks

Traducción de Jordi Fibla

Anagrama, 2017

176 páginas

 

            ¿Por qué queremos tanto a Oliver Sacks? Su magisterio humano en una especialidad tan científica, como es la neurología, una de esas facetas en las que el facultativo trata con la enfermedad más que con el paciente, sería razón más que de sobra. Pero, fuera de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, ¿por qué queremos tanto a Oliver Sacks? Esta obra menor, por su extensión, por su sencillez, nos facilita la respuesta: porque un tipo capaz de enamorarse de las esporas de los helechos, cuando está junto a un enamorado de las esporas de los helechos, pertenece a la raza más humilde y más increíble de los seres humanos: los que no se cansan de aprender. Su relación del pequeño viaje es impresionista, fragmentario, ligero, pero sobre todo personal. No hay nada universal en la literatura, al menos en esta literatura, que, sin embargo, trata sobre lo más universal que existe si nos dejamos llevar por la vida: la pasión.

            Durante unos días, Sacks viaja hasta Oaxaca, México, en compañía de unos botánicos que se disponen a estudiar los helechos de la zona. Este diario, transparente, refleja las ganas de conocer, de ver el mundo a través de los ojos de los demás. ¿Existe otra forma de sabiduría? Sacks ya era un erudito cuando se embarca en el avión, conocía todo lo que hacía falta conocer sobre el árbol de Tule, sobre las ruinas de Monte Albán, sobre México, pero a pesar de todo disfruta. Incluso disfruta de mostrarse como un turista que bebe un batido en una terraza del zócalo de la ciudad. Pero su principal bondad se expresa a través de lo generoso que se muestra con los que aman su campo de estudio, por muy alejado que esté de la neurociencia. Sacks habla de la botánica como la ciencia de la parsimonia, del hombre lento, de lo más asequible a cualquier aficionado. De hecho, su relación con ella se centra en pequeños placeres que a uno le pueden salvar una jornada: el tabaco, el chocolate, los aromas, las plantas medicinales. Si la botánica es la ciencia de las plantas, es la ciencia de estos pequeños placeres. Pero también un estudio de algo en lo que no existe ninguna versión del mal. Hay tanto por descubrir como las ganas que uno tenga de aprender. Y querer aprender es un barómetro para saber con quién merece la pena relacionarse. La gente que está de vuelta, sin haber ido a ninguna parte, son las personas a las que es mejor dejar a un lado del camino. Está bien conocer la vanidad. Pero no tentarse demasiado con ella.

            Y mientras Sacks va aprendiendo sobre las especies vegetales, va conociendo a sus compañeros. Intimar con ellos le lleva a quererles más. Y de alguna manera, sin caer en la trampa de igualarles a las plantas, a querer a todo porque todo es, en alta proporción, nitrógeno: las plantas, las personas, el aire. Cuando Sacks menciona el nitrógeno, saca la máscara del científico. Porque lo que quiere decir es vida. De ahí que encuentre lirismo en la actividad científica de sus compañeros, pero también en la reproducción de los helechos.

            Pero Sacks es mucho más que todo esto. En su viaje a Oaxaca también da fe de la pobreza. Da fe de las necesidades que sufren los marginados en las villas miseria y en las aldeas remotas. No todo es belleza en el diario de Oaxaca, que leeremos porque queremos mucho a Oliver Sacks. Pero todo es nitrógeno.

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