Entrevistas de cuento: Juana Cortés Amunarriz

Entrevistas de cuento: Juana Cortés Amunarriz

 

¿Recuerdas cuál fue el primer relato que terminaste, cuándo fue, y si se lo enseñaste a alguien?

Sí, con catorce años, escribí un relato adolescente lésbico, horrible. Se lo enseñé a mi hermano; él siempre ha sido mi lector. Pero si hablamos de un relato en condiciones, debo remontarme a más de veinte años después. Fue el cuento SONRISAS, un relato surgido de una anécdota real. Una mañana de tormenta, cuando era niña, una amiga no vino a clase. Nos dijeron que en el camino al cole le había caído un rayo en el paraguas. A partir de ahí hice un cuento oscuro y misterioso sobre cuatro niñas que viven en un caserío. Disfruté muchísimo escribiéndolo. Luego, con el tiempo, el relato se convirtió en la novela juvenil, CORAZON, MANO, CORAZON. El libro ganó el premio de novela juvenil Avelino  Hernández del Ayuntamiento de Soria, y lo publicó Everest. La portada es una preciosa ilustración de Elena Odriozola. El libro quedó finalista en los Premios Euskadi de Literatura.

 

Empezaste a escribir (al menos de cara al público) relativamente tarde. ¿Por qué? ¿Había una fuerza anterior que no encontró su canal hasta un cierto momento de la vida o sencillamente tu vocación nació cuando nació?

La vocación estaba desde el principio. Un día escribiré, me decía, pero no encontraba mi voz. La tenía a ratos, pero la perdía con facilidad y me costaba muchísimo llevarla al papel. Aprendí a hacerlo en la madurez. ¿Por qué? No lo sé. A mí misma me cuesta entender que empezara a escribir cuando todo era difícil, cuando menos tiempo tenía y las obligaciones eran muchas. Pero tampoco me gusta pensar que perdí el tiempo. Digamos que me quedo con que cada cosa tiene su momento.

También a veces pienso que todo lo vivido, todas las cosas que llamaron mi atención cuando todavía no escribía, están ahí, en mi cabeza. Son como pañuelos de colores dentro de una chistera. Y yo, ahora, soy el mago. Meto la mano y siempre sale algo digno de ser contado.  

 

¿Qué te impulsa a escribir un relato? ¿Es la forma natural en la que crece tu escritura cuando te sientas a hacerlo? Has pasado por otros géneros, pero, ¿te sientes más cómoda bajo la etiqueta de cuentista o prefieres no entrar en ellas? Si te obligáramos a elegir una, ¿cuál sería?

El impulso para escribir suele ser una chispa. Cualquier cosa, la ves, brilla, y algo se dispara. Entonces me vuelvo loca y la voz habla y habla. Me gusta llamarle el Talking Monkey, es el mono charlatán que nunca calla. El narrador prodigioso. Yo transcribo, intentando seguirle. Luego, está el trabajo rutinario, pulir y pulir. Escribo de forma compulsiva, casi sin pensar. Eso supone que luego tiro mucho papel, pero no sé otra forma de hacerlo.

Aunque he escrito también novela para adultos y novela infantil y juvenil, me considero cuentista. El cuento es mi medida, quizás porque tengo poco tiempo y el relato me permite trabajar cómodamente. También creo que tengo facilidad para ello; chasco los dedos y me sale un relato, mejor o  peor, pero ya está ahí. La novela es otra cosa. En primer lugar es un trabajo brutal, al que dedicar mucho tiempo y mucha energía. Después de varias novelas, creo que todavía estoy aprendiendo. Pero a día de hoy, me temo que carezco de la soltura que tengo en el relato.

 

¿Llevas la cuenta de cuántos premios has ganado en la última década? ¿Qué te han aportado? ¿Recuerdas el primero que ganaste y lo que sentiste?

Me da vergüenza contar los premios. En todo caso son muchos más de los que podía haber imaginado. Me han aportado mucha alegría. Son como regalos inesperados,  palmaditas en la espalda, no sé… He recorrido España, he ido a lugares de los que no había oído hablar nunca, he conocido a personas ajenas a mi mundo, y siempre he sido bien recibida. Además, he podido publicar varios libros gracias a los premios.

El primer premio que gané fue el del periódico 20 Minuto. Se llamaba “Historias en medio folio”. Cuando leí sobre sobre el concurso pensé, tú querías ser escritora, pues hala, ponte las pilas o ¿acaso no serás capaz de escribir ni quince líneas? No sé, fue como un reto. No soy competitiva, pero sí muy exigente conmigo misma.

 

¿Has pasado como alumna por talleres literarios? ¿Has sido profesora de los mismos? ¿Qué crees que pueden aportar a quienes empiezan?

Sí, he sido alumna de talleres. El primero y fundamental para mí fue el que hice con Espido Freire. Fue como una revelación. Aprendí a poner nombre y utilizar recursos que yo conocía sólo por intuición. Absorbí cada palabra. Durante las semanas que duró, algo se activó dentro de mí y el motor se puso en marcha.

Actualmente asisto a un taller de guion con Roberto Martín Maiztegui. Está siendo una experiencia muy buena. Después de muchos años escribiendo, él me está enseñando cosas nuevas.

Y sí, yo recomiendo los talleres. Me parece importante compartir la experiencia de escribir.

 

Nuestra entrevistada en una firma en la Feria del Libro

 

¿Tienes algún cuento en el escritorio, esperando que termines de darle forma? ¿Eres supersticiosa, maniática, rutinaria, en la escritura? ¿Dónde, cuándo?

Siempre trabajo varias cosas a la vez. Salto de una a otra. Tengo cuentos que nacen fuertes y tan sólo hay que pulirlos. Están en proceso de corrección. Pero también tengo muchos cuentos heridos, tulliditos. A esos vuelvo de vez en cuando porque nunca se sabe si se salvarán o se quedarán así para siempre.

Soy supersticiosa, pero lo oculto. No soy muy maniática. Y sí, rutinaria, necesito escribir todos los días,  entre otras cosas porque me produce mucha satisfacción.

Escribo en cualquier sitio y a cualquier hora. Sobre todo en el metro. Yo soy la tía rara esa que escribe apoyada contra la puerta de salida a la hora punta. Esa a la que no hay quien entienda su letra, por mucho que algunos viajeros aburridos lo intenten. La que se pasa de parada, ensimismada.  

 

Estamos intentando reflexionar sobre por qué el cuento no acaba de enganchar nunca a los lectores en general. En los últimos años se está produciendo una importante incorporación de lectores adolescentes a la poesía. Una poesía sobre cuya calidad se puede discutir pero que se está vendiendo y leyendo. ¿Por qué crees que el relato no logra un público así? ¿Es un problema de lo que ofrecen los escritores, de cómo lo mueven las editoriales, de cultura y educación respecto al género?

Para mí el relato tiene una energía más fuerte y poderosa que la novela. También exige más al lector. Toma, diez, veinte páginas, y ahora, reflexiona. ¿Qué coño has leído? Un buen relato no te lo pone fácil. Y eso no te pasa con las novelas. Las novelas son, en su mayor parte, un viaje largo, cómodo, complaciente.

No tengo ni idea de por qué el cuento no funciona. No creo que sea un problema de escritores, la verdad. Hay escritores buenísimos de relato. Y aunque no tengamos una tradición de relato, que nos falte cultura o educación respecto a este género, pienso que parte del problema radica en las editoriales. A fin de cuentas compramos lo que las editoriales quieren vendernos. Es el caso reciente de Lucía Berlin. ¿Por qué ha triunfado ahora y no cuando escribió sus cuentos? Al margen de su calidad, está claro que ha sido porque ha tenido una publicidad bestial, estaba en todos los suplementos, en todas las librerías… Eso es fundamental.

 

Recomiéndanos tres relatos, o tres autores, a los que debería acercarse alguien que está iniciándose en la escritura de este género.

¡Qué difícil! He cambiado de respuesta veinte veces. Hay muchos grandes, pero yo te voy a dar el nombre de tres autores que a mí me han fascinado. Empiezo por Lucia Berlin, a la que mencionaba antes. También tengo en la mesilla a Samanta Schweblin, que me tiene sobrecogida. Y para terminar, Jesús Zomeño. Sus relatos sobre la guerra son increíbles. 

 

Por último, Juana, ¿nos regalas un cuento para nuestros lectores? ¿Nos lo presentas?

Os regalo el relato UNA NOCHE, ESA NOCHE. Este relato fue premiado en el concurso Tomás Arteta, organizado por Bilaketa. Es un relato acelerado, rápido, agobiante, sobre la guerra. Vida, muerte, cobardía, amor, bajo el peso de las bombas. También habla de la capacidad de inventar y reinventar la vida. Del poder de simulación. Lo que más me gusta del relato es un personaje llamado Isabela Donovan. También que Cef el Cojo quiera amamantar a un bebé y lo cuelgue de su pezón. Cuando leyeron el relato en un grupo de lectura, alguien dijo que ese detalle le parecía repugnante. Entonces supe que lo había hecho bien. No hay nada peor que una historia plana, que te deje indiferente.

 

Muchas gracias, Juana

 

Puedes descargar aquí Una noche, esa noche, de Juana Cortés Amunarriz

Y para saber más de Juana Cortés Amunarriz y leer otros relatos, puedes visitar su web

https://jcaescritora.jimdo.com/

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