Relato: La vida literaria (Carta al hijo nonato), de Pablo Escudero Abenza

Estas últimas semanas estamos recibiendo un número bajo de relatos para nuestra convocatoria. Mientras os animáis, autor@s, a inundarnos de cuentos en estas próximas vacaciones, y pensamos cómo reorganizar la sección para hacerla más atractiva, os dejamos un cuento para que leáis estos próximos días. Un relato de nuestro editor, incluido en su libro Beber durante el embarazo (Baile del Sol, 2015)

 

Os animamos a seguir escribiendo y mandándonos vuestras creaciones

Lector, escritor, los relatos de Culturamas te esperan

Podéis descargar el relato aquí La vida literaria (carta al hijo nonato), de Pablo Escudero Abenza, Relato Culturamas 10 abril

 

 

La vida literaria (carta al hijo nonato)

PABLO ESCUDERO ABENZA

¿Por qué nadie te lleva aparte y te explica lo que te espera?

¿Por qué no te cuentan la verdad?

David Foster Wallace

No sé mucho de la vida literaria. Pero algo sé. Tu madre dice que de lo único que sé en la vida es de literatura. Así que quizá lo poco que sé de la vida literaria es todo lo que sé de la vida. Y creo que debo contártelo. Porque alguien debe contártelo. Para que las cosas no te pillen tan desprevenido como me han pillado siempre a mí, como me están pillando todavía hoy. Empezaré diciéndote que nunca quieras ser escritor. Y te lo digo en serio: no es una de esas poses de futbolistas que dicen esperar que sus hijos se dediquen a otra cosa, o de falso orgullo de rockeros padres de rockeros. Porque lo primero es que ellos sí se alegran de que sus hijos hayan seguido sus pasos. ¿Y sabes por qué? Sobre todo porque son peores jugadores y peores músicos que ellos.

Entérate. La cosa va así. No soportarás que haya alguien mejor que tú haciendo lo que tanto esfuerzo te cuesta. Ni tu propio hijo. Así que tenlo claro desde ya, no quiero que seas escritor. Porque la vida literaria es una farsa. Sé que pensarás que eso es lo que dicen todos los fracasados que no logran que les publiquen nada. Todos esos tipos que se esconden en los foros detrás de nombres difíciles de pronunciar y dicen que los concursos están amañados y los consejos editoriales son pantallas puestas por las grandes multinacionales para evitar que ellos prosperen. Todos esos paranoicos que dicen cosas como: “claro, no les interesa que los que escribimos fantasy lleguemos arriba”. No tengo muy claro qué es exactamente el fantasy. Ni por qué las conspiraciones de vampiros multinacionales van a ir justamente contra ellos, honrados obreros del fantasy (sea lo que sea). Tendrás que acostumbrarte a que mi respuesta a muchas de tus preguntas sea: no lo sé. Me encogeré de hombros. A ti no quiero mentirte.

Porque verás, llevo diez años escribiendo y ni siquiera tengo claro aún si soy escritor. Para algunos soy un joven escritor, una promesa de la que aún cabe esperar algo, como esos árboles que han tenido una mala cosecha pero quizá el año que viene rindan mejor. Para otros soy un profesor que escribe. Para esos, además, el hecho de que saque tiempo para escribir es síntoma de cómo está la educación y lo bien que vivimos los profesores y cuántas vacaciones tenemos. Te vas a encontrar con mucha gente así en la vida. Con el tiempo aprenderás a llamarlos gilipollas. Para mí, algunos días, te lo tengo que confesar, no soy más que un escribidor. Todo depende de cómo lo mires, claro. Todo, siempre, va a depender de cómo lo mires. ¿Cualquier colgado que se sienta todas las noches con el procesador de textos y trata de componer historias sólidas es ya por eso escritor? Seguramente no. Pero, entonces, ¿sólo son escritores los que ya han publicado al menos 4 novelas? ¿Sólo los que están en editoriales de gran tirada? Tampoco creo que se trate de eso. Hay miles de puntos medios entre una cosa y la otra. Yo estoy en uno de esos puntos medios, haciéndome preguntas, diciéndome algunos días que sólo con mi ansia por escribir ya me gano el título de escritor, repitiéndome otros que eso son consuelos de fracasados, que cualquier día, antes de darme cuenta, estaré embozado tras pseudónimos ridículos llenando los foros de internet de insultos y maldiciones. Hoy es uno de esos días en los que me parece que no soy escritor.

He conocido a algunos escritores que no tenían dudas sobre sí mismos. En algunas entregas de premios y en algunos piscolabis más o menos literarios. Son tipos (y tipas) seguros de sí mismos. Seres que parecen estar siempre a punto de sacarse de la cartera un carnet de escritor y enseñártelo a la vez que te piden tu documentación (y tú no tienes esa documentación, no finjas). No han estudiado una carrera (o lo han hecho por pasar el tiempo, por saber cómo era una facultad, por no perder de vista a ciertos amigos del instituto), no tienen otro trabajo, tienen agente, viven con sus padres y hacen de jurado en esos concursos de cuentos en los que yo sigo participando. ¿Cuando se vayan haciendo mayores seguirán viviendo con sus padres? Me imagino que se casarán y se irán a vivir con sus parejas. Y a base de insistir, sus colaboraciones en prensa irán subiendo en la escala retributiva y quizá puedan aportar algo en régimen de gananciales a su matrimonio. “Es una vocación muy fuerte”, me dijo una vez uno de esos escritores, “no quería distraerme con nada más”. Te lo puedo asegurar, yo no estoy en ese instituto por distraerme. Es para que podamos comer.

Gané aquel premio de Jóvenes Talentos al que te llevó tu madre. Ella estaba más nerviosa que yo, la verdad. La gente aún no se daba cuenta de tu existencia, si te soy sincero. Y no dijimos nada. Por no estropear la imagen de Joven Talento (nos parecía raro que un recién nombrado Joven Talento dijera que iba a ser padre en los próximos meses). La palabra talento siempre me ha hecho mucha gracia. Me dan ganas de reír cuando oigo hablar de él. ¿Existe? ¿Se tiene? ¿Se consigue desarrollarlo a base de mucho trabajar, como los bíceps? ¿Dónde exactamente está el talento? ¿Cuánto mide? ¿De qué color es? ¿Lo tengo? ¿Suficientemente desarrollado? ¿O soy el equivalente a esos niños pequeños con percentil bajo de peso si trasladamos los términos a escritores jóvenes y su talento? ¿Soy realmente joven? Tengo casi 30 años. Voy a ser padre poco después de mi próximo cumpleaños. En los últimos meses me han salido las primeras canas en la barba (la gente insiste en que me afeite para que no llores cuando seas un bebé; espero que me comprendas; espero que me quieras como soy; espero que entiendas muchas cosas que quizá no sea capaz de explicarte). Al margen de lo que siento sobre la palabra talento, cada vez me cuesta más trabajo sentirme cómodo con la palabra joven. Quizá voy a ser un padre joven. Pero, realmente, ¿sigo siendo un joven escritor?

¿Quiénes son los escritores jóvenes? Si buscas en Google jóvenes escritores aparecen, por ejemplo: Rodrigo Fresán, Neil Gaiman, Chuck Palaniuhk, David Foster Wallace, Francisco Casavella o Irvine Welsh. Algunos ya se murieron de jóvenes. Muertes precoces, sí. Tristes acontecimientos. Pero, ¿las muertes de escritores jóvenes? ¿De verdad? Tu abuelo, ese hombre que estrenará tal cargo el mismo día en que tú nazcas, tiene la misma edad que Gaiman. Claro que a Neil Gaiman una chupa de cuero y el pelo desordenado le sientan de una manera totalmente distinta. Claro que Gaiman creó una mitología completa de nuevos dioses y viejos dioses celosos y resentidos y tu abuelo no. Bien, todo eso queda concedido. Hay muchas diferencias. Nadie lo niega. No se trata de eso. El hecho es que tu abuelo tiene todavía edad de ser considerado un joven escritor. Aunque la verdad es que a él nunca le ha interesado demasiado la literatura. Lee lo que me publican y sé que lo aprecia sinceramente. Sé que se siente orgulloso. Pero no ve que se trate de algo verdaderamente serio, de algo por lo que merezca la pena sufrir.

¿Te acuerdas de esa novela sobre Yugoslavia de la que he hablado tantas veces con tu madre desde que estás ahí dentro? La he abandonado. Me rindo. Puede que mi problema esté en la falta de constancia. No lo sé. Pero no te preocupes. Sé cuándo no puedo rendirme. No voy a ser uno de esos padres que se van por ahí y no vuelven. La novela sobre Yugoslavia me ha superado. He perdido la Guerra. En realidad no iba a ser una novela sobre Yugoslavia, por mucho que la llamara siempre así. Yugoslavia era la excusa. La idea central tras la que esconderme. La imagen más potente sobre la desintegración que se me ocurrió. Yugoslavia o el átomo, creo que pensé. Pero realmente la novela iba a ser sobre mí. Sobre mis miedos, heridas, dolores, proyectos, ilusiones, desilusiones … ya lo irás aprendiendo, la vida. Pero según iba cavando lo iba viendo todo más oscuro y no me fiaba de las pilas de la linterna de mi casco. Así que he preferido dejar de excavar. Me digo que por el momento, pero quizá sea para siempre. Iré a buscar petróleo a pozos menos profundos. El petróleo que puedes sacar de ahí no está tan cotizado, pero el trabajo es menos peligroso.

El año pasado sí fui capaz de terminar una novela. Si me preguntas, lo mejor que he escrito nunca. De verdad. Una novela realmente buena. Hasta el Doctor Prosa, que siempre escupe sobre todo lo que le enseño, me dijo que no estaba tan mal. El Doctor Prosa lee todo lo que escribo y diagnostica. No querrías tenerlo como médico, te lo juro, porque nunca ve nada positivo en la evolución de la enfermedad. Todo va siempre a peor. Síntomas agravándose en todas las direcciones. Pero en esa novela, como excepción, no vio tantos síntomas de putrefacción. Una obra con fondo, con ideas, cuidada, compacta, con algunas imágenes realmente buenas. Con un pequeño mundo en su interior en el que puedes ir encontrando detalles distintos cada vez que la leas. ¿De qué trata? De todo, de nada, no lo sé muy bien. De los miedos. De la memoria. De la desmemoria. De mujeres que dan miedo. De hombres asustados. De suicidas. De lobos feroces. De caperucitas. De las pastillas que amortiguan la vida. De la bebida. De los problemas. De las mentiras. La acabé, la corregí, la metí en un sobre y la mandé a un premio de novela. No pasó ni la selección previa. Soy realista y sé que todo lo que escriba no va a ser bueno, aunque créeme, esa novela lo es. No iba a ganar, lo sabía. ¿Pero de verdad no se merecía pasar siquiera entre las 15 finalistas? ¿Cómo no vas a vivir en continuas crisis de fe si te da por escribir y no paran de mandarte mensajes contradictorios? La novela del Joven Talento del año (así con mayúsculas) no está entre las 15 que pasan a la deliberación final del jurado. Te lo digo en serio. No te hagas escritor. O te echaré de casa.

La primera vez que me publicaron algo tenía 22 años. Fue un relato que hablaba de mis amoríos de aquella época con una madre cuarentona, desencantada con su matrimonio, a la que había conocido por internet. Era uno de esos concursos para jóvenes escritores. Gané el 2º premio, consistente en un diploma, 300 euros y que me invitaran a comer junto a los otros premiados en un buen restaurante. Y la publicación del relato en una revista. La ceremonia (o como prefieras que la llame) se celebró en octubre, a principios de curso. Después de un verano largo y horrible, en el que aquella cuarentona fue quizá lo más interesante. Prepárate para veranos absurdos en los que te parecerá que vas a perder la cabeza. La vida está llena de ellos. Irte a pasar las tardes en camas de hotel con cuarentonas que pagan los gastos no va a ser lo peor que te pueda pasar un verano. Me acompañó tu abuelo a recoger el premio. Yo no sabía conducir. Ni sé. Ya te lo digo. Para que te vayas preparando para que en el cole se rían de ti cuando les expliques que no tenemos coche y que ni tu madre ni yo sabemos conducir. ¿Por qué? Te dije que me verás muchas veces encogerme de hombros y reconocer que no sé contestar a tus preguntas.

Volvamos a aquel premio: éramos cuatro escritores a los que nos iban a publicar. Universitarios, tímidos, dos chicas y dos chicos. Una de las chicas había ganado algún concurso antes, los demás éramos debutantes. Yo estaba muy contento, no lo voy a negar. Nos sentaron en una gran mesa encima de un escenario y una señora con el pelo corto y un indefinido aire de animadora cultural se puso a hacernos preguntas. Primera pregunta: “¿serías capaz de escribir por encargo?” Ahí lo tienes. Golpe de derecha directo al hígado. Intenté proteger ese flanco pero no me dio tiempo, me pilló desprevenido. Todavía no has visto cómo queda tu primer relato publicado, no has revisado si han escrito correctamente tu nombre (y no lo han escrito correctamente, por cierto, siempre me mutilan el primer apellido o cambian alguna letra del segundo), y una señora te pide que poses ante las palabras: integridad artística. La veía una pregunta francamente descompensada para relacionarla con nuestra obra (por llamarla de alguna manera). Contesté el último. Después de tres firmes defensores de sus principios que dijeron que nunca, jamás, bajo ningún concepto. Me acerqué el micrófono que iba circulando por la mesa y dije que todo se podía estudiar, que dependía de cuánto dinero me ofrecieran, que si acaso El Padrino no era considerada la mejor película de la historia y era un trabajo encargado por un estudio, que sinceramente qué hacíamos allí aquella mañana hablando de tonterías, que quién iba a ofrecernos dinero a ninguno de los cuatro para que prostituyéramos nuestra literatura.

Sigo esperando la llamada adecuada, la voz que empiece susurrando: “sé que tu primera respuesta será No, pero por favor escucha”. Porque la segunda respuesta casi siempre es Sí.

En esos actos literarios nunca consigo relacionarme. Todo el mundo me dice que aproveche esos saraos para hacer contactos. Con escritores consagrados y con editores, entiendo. Con agentes. Con cualquiera que parezca estar en disposición de mejorar mi lugar en el tablero de escaques del mundo de las letras. Siento que soy el único imbécil que revolotea alrededor del mundo de las letras y nunca consigue poner un pie dentro. El único tonto que va, recoge un premio, estrecha unas cuantas manos y se vuelve a casa y sigue escribiendo como si nada hubiera cambiado, porque poco ha cambiado, la verdad. Si realmente existe el mundo de las letras sigo viviendo en el extrarradio, escribí un día en mi diario (llevo un diario) después de uno de estos saraos. Confinado en un barrio a las afueras en el que tengo que pillar el bus o el metro si quiero ir al centro. Uno de esos barrios que cada vez quedan más lejos del centro de las ciudades y de los que cada vez lleva más tiempo salir. Luego, desde nuestra casa del extrarradio del mundo de las letras, leo noticias de gente que dice que tal pequeño premio fue una gran oportunidad porque en la entrega conoció a alguien que le recomendó a su editor que sin duda apostara por él (o ella).

Historias así que me llevan a preguntarme qué me pasa. Por qué a mí nadie me recomienda encarecidamente a su editor de confianza. Por qué nadie me pide que no me olvide de mandarle lo que sea que esté escribiendo. ¿Soy invisible? Lo único que sé seguro es que en todos estos actos acabo bebiendo demasiado. Pero no te preocupes, eso no es un problema para que puedan considerarte escritor. Habrá incluso quien diga que es una ventaja para definir tu imagen de escritor. No saber parar de beber. Desear estar borracho desde el primer trago de cerveza. Bebo demasiado cuando me siento a gusto en un lugar. Y bebo demasiado cuando no soporto estar en un lugar. Así que no hay escapatoria: siempre acabo bebiendo demasiado. Y no te preocupes, el problema cuando bebo no es que me comporte de manera extraña, pero la lengua se me traba pronto y me da por mirar fijamente al cielo o al suelo, dependiendo de si es de día o de noche.

Tu padre tiene un jodido problema con la bebida. Me doy cuenta de que cada vez pienso más en cerveza y gin tonics. Cada vez me cuesta más ponerme a trabajar si no me prometo que me tomaré unas cuantas cervezas si cumplo con lo que debo hacer. Según el Doctor Prosa tengo otro problema con mi manera de expresarme por escrito. El Doctor Prosa dice que sin darme cuenta escribo como si estuviera traduciendo del inglés (también según el Doctor Prosa porque casi todo lo que leo es literatura anglosajona traducida) y que por eso escribo cosas como un jodido problema con la bebida (a real fucking problem with alcohol). Pero es que realmente yo hablo así. Digo que tengo jodidos problemas porque realmente los tengo. Y me gusta decirlo así. Aunque el Doctor Prosa no lo soporte.

¿El primer hijo de un escritor es realmente su primer hijo? ¿Y todos esos personajes que ya has dado a luz no cuentan? Me parece una buena pregunta. Últimamente cuando me desvelo reflexiono sobre el tema. Un escritor ya tiene hijos antes de tenerlos. Todos esos personajes que pueblan sus historias y que comparten al menos el 50% de sus genes. Todos esos adolescentes protestones que casi no se acuerdan de cuando eran niños y obedecían. Seres que han olvidado la sonrisa en el camino a la tumba. ¿Te voy a querer menos porque no seas realmente el primero de mis hijos? Claro que no. Me gustaría pensar que la experiencia previa me va a resultar útil. Pero sé que no. Y casi espero que no. Mis personajes nunca acaban demasiado bien, te lo voy advirtiendo. Acaban solos o muertos la mayoría de las veces. Tu madre me dice que de vez en cuando no pasa nada porque entre un poco de luz por la ventana. Pero no sé. Me gusta escribir con las persianas cerradas.

La triste realidad es que para algunos soy un joven escritor con cierta dosis de talento y voy a tener un hijo muy pronto y me doblan los miedos a la paternidad y no sé ni manejar a mis personajes. No te lo vas a creer, porque tu madre no se lo cree y sé que está intentando convencerte de que últimamente bebo demasiado, desde que ella está embarazada y no puede acompañarme, y vivo en un mundo de fantasía. Un mundo en el que me ha dado por irme a pasear solo y quedarme escribiendo hasta las tantas de la madrugada y beber sin parar, solo o acompañado de desconocidos que se convierten en mis mejores amigos por una noche. Pero estoy bien. Créeme, por favor. Lo único que pasa es que el Doctor Prosa no para de señalar errores sintácticos y gramaticales en todo lo que hago y duermo mal, y en el instituto estamos de evaluaciones y necesito descomprimirme de alguna manera. Así que bebo hasta que la realidad se relaja. Pero los escritores siempre han bebido mucho, ¿no? Y no digamos los jóvenes escritores. Y recuerda, porque estuviste allí, con tu madre y conmigo, que me nombraron un Joven Talento de esto de la escritura. Que es como darte patente de corso para atacar el whisky de las barras.

Mierda, confía en mí por lo menos hasta que empieces a ser un adolescente y te dé por jodernos la vida a los dos y yo me plantee fugarme con alguna niña que ahora mismo está a punto de cumplir los diez y será una veinteañera a mis cuarenta y tu madre piense en dejarme porque crea que ella sola, contigo, conseguirá manejarte mejor, y los psicólogos digan que pobre niño, no acaba de superar la separación de sus padres y por eso miente sin cesar y fuma y se ha peleado con ese compañero y le ha roto la ceja. Créeme. Ha sucedido. En el mundo real. Esta mañana. Por las mañanas aún no he bebido. Por las mañanas me tomo dos cafés y desayuno fruta y cereales. Hasta que se hace de noche no me acerco a las cervezas del frigo ni bajo al bar a pedir la primera copa. Aunque lleve medio día pensando en esa jarra helada y en esa copa de balón llena de hielos esperando que los inunden en ginebra.

Te diré lo que ha pasado. Me ha llamado uno de los personajes de un relato en el que estaba trabajando y me ha dicho que ya estaba bien. Que se había cansado. Que iba a hacer lo que le diera la gana. ¿Quién me pensaba que era? Se había olido desde el principio lo que tenía pensado: que su chica se suicidara en la bañera y él saltara por la ventana. Pero ni de coña van a hacerlo. Estoy muy equivocado, me ha dicho. Es lo que me faltaba por oír. Que un personaje se niegue a hacer lo que yo quiera. No quieren más historias de esas que siempre acaban con alguien muerto. Mi literatura necesita un cambio, ha insistido. Más luz, como dice tu madre. Lo que me faltaba es que además de aguantar todos los defectos que el Doctor Prosa encuentra en todo lo que hago viniera un personaje secundario para criticarme también como escritor. Encima un personaje secundario de una de mis historias. Tú vas a ser padre, me ha dicho. Queremos que acabes, esta vez, con un nacimiento, no con una muerte. Así que he decidido escribir sobre ti. Espero que no te importe. Y te lo advierto por última vez: no te hagas escritor.

 

 

Sobre el autor:

Pablo Escudero Abenza (1984), cuentista, novelista, narrador. Lector empedernido y cinéfilo. En los últimos años ha obtenido reconocimientos en certámenes como el Jóvenes Talentos de Booket y Ámbito Cultural (2008 y 2013), Premio Ciudad de Alcalá de Narrativa (2011), Certamen de Creación Joven del Injuve en Narrativa (2011), Premio de Relato Corto El Fungible (2013), Premio Manuel Llano de Libro de Cuentos (2015), Premio Helénides de Salamina (2016), Premio Tierra de Monegros (2016) o el Premio Complutense de Literatura en Narrativa (2017).

Ha publicado el libro de relatos Beber durante el embarazo (Baile del Sol, 2015) y la novela Mil dolores pequeños (Baile del Sol, 2016).

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