‘Las plumas’, de Salim Barakat

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

Las plumas

Salim Barakat

Traducción de Carolina Frías Ortiz y Almudena García Algarra

Navona

Barcelona, 2017

300 páginas

El listado de personajes, que aparece al principio, no a modo de glosario, comienza por Kurdistán. Es decir, el protagonista es un país que un tal Hamdi Azad puede demarcar. Pero Azad no es el segundo en la lista, sino su hijo, Mem, que, nos indica Salim Barakat (Mosisana, 1951), conquista la libertad. El hecho de entrar a la novela mediante la presentación de los personajes, y dado que no es una obra de teatro novelada, supone que este es el inicio de la obra. Porque, a la hora de la verdad, la secuencia y la dosificación, tal y como irán apareciendo posteriormente, no hacía necesario algo parecido al árbol genealógico de los Buendía. Las plumas es un personaje escenario, Kurdistán, que alguien puede demarcar, porque está lejos de donde se encuentra, pero justifica su vida. A su vez, esta persona tiene un hijo que conquista la realidad. Dado que Kurdistán es un estado que no existe, pero no así el país, un territorio que comparten varios estados, con su lengua y su cultura, con su historia y su personalidad, que un emigrante kurdo tenga un hijo que conquista la realidad, es tanto como decir que Mem, el hijo, padecerá la no existencia de su país. ¿Hasta qué punto supone la realidad un padecimiento? Para llegar hasta allí, hasta un final que no desvelaremos, debemos pasar previamente por lo que significa la búsqueda, fortuita o voluntaria, de esa realidad.

El libro se abre con un capítulo en el que un suicida piensa sobre la belleza, con un tono elegíaco de despedida, y con una intensidad que le arrima al calor de lo horrible. Las páginas que leemos son de una belleza desconcertante. Tal vez demasiado hermosas. Los sentidos del narrados son suaves, pero se abren como heridas; la nostalgia es absurda, pues se refiere a algo que ignora; los elementos alegóricos abundan, como la pluma, que es vuelo, libertad, o la ceniza, que es la memoria. Existe un fondo sufí que nos aleja a quienes desconocemos en profundidad cierta cultura. La sensación de pérdida, a lo largo de la novela, es constante: los símbolos son numerosos y se enuncian después de haberse destilado mediante una poesía milenaria. Un ejemplo, cuando trata sobre un corcel: “su ascenso por las nueve vías del aire, la primera de las cuales es la perplejidad; la segunda, el asombro; la tercera, la mirada; la cuarta, el temor; la quinta, el susurro; la sexta, el lamento; la séptima, el estupor; la octava, la satisfacción y la novena, la cháchara”. ¿La cháchara? Uno desconoce si es un acierto cultural o un error del traductor. ¿Por qué no el diálogo o el flujo de conciencia? En cualquiera de los casos, es nuestra limitación la que nos impedirá respirar a fondo esta obra. Porque de eso se trata, de respirarla.

O de soñarla. Sí, porque Mem, en los capítulos posteriores, será quien nos dibuje un proceso de aprendizaje, un crecimiento, que tiene mucho de onírico. En el segundo capítulo, quien comienza siendo chacal en el desierto, termina siendo un hombre, después de un proceso de transición como niño. La magia, como no podía ser menos en la literatura oriental, regresa a nuestro cómodo sofá: las transformaciones, las multiplicaciones, los viajes astrales, la antropolicandría o el lobo-hombre, la separación entre humano y divino. Y la familia, que a partir de entonces protagoniza la novela: el padre y el hermano de Mem, y en menor medida la madre y las hermanas. Fiel a los clásicos, el humor tiene vínculos estrechos con la ingenuidad. Fiel a lo espiritual, atribuye alma hasta al silbido de una hoja soplada por una boca. Y poco a poco, la obra abandonará su entorno mágico, para ir aterrizando en un costumbrismo en el que hasta la administración viene a recordarnos que los sueños están reservados para la noche. De una manera un tanto fabulosa, en todos los sentidos del adjetivo, también como fábula, estamos ante una de las más hermosas novelas sobre la derrota. Y uno debe poseer un talento fuera de lo común para que belleza y derrota no sean agua y aceite.

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