‘Todo lo que ya no íbamos a necesitar’, de Maite Núñez

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Por Víctor González (@chitor5 @libresdelectura)

Quizás te haya ocurrido alguna vez el estar delante de alguien que lo ha pasado mal por algo y que te está contando su situación, y tú le escuchas, le escuchas hasta el final, si lo hay; aunque desde el principio, desde que le has mirado a los ojos, sabes que ahí falta algo por contar. No sé cuándo ni cómo lo notas pero lo sabes. Ves que hay una nube negra encima de su cabeza que no quiera soltarse, que no quiere arrancarse a llover toda el agua acumulada. Y cuando digo agua me refiero a pena. Pena sobrevolando un texto que ya de por sí pellizca es lo que caracteriza al libro del que hablo hoy: Todo que ya no íbamos a necesitar, de Maite Núñez.

En él nos encontramos con doce relatos en los que está muy presente la relación paterno filial, pero sobre todo la relación humana. Humanos chocando entre sí como el padre o la madre que mira a sus hijos moverse alocadamente y sin control subidos a unos autos de choque. Seres tocándose y produciendo chispas son lo que encontramos en Todo lo que ya no íbamos a necesitar. Alternando la primera con la tercera persona en la narración, Maite Núñez nos muestra a un niño que ve todo lo que su madre cree que esconde durante sus días etílicos, separaciones y uniones y nuevas separaciones que no son más que el reflejo de atormentadas almas, desprecio o falta de interés u olvido de lo gastado, de lo pasado. Lo infantil es un rasgo demoledor de este libro, que se crea a partir de niños crecidos por dentro o, como se puede leer en alguna de las páginas, adultos prematuros. Y estos adultos prematuros no son solo los niños. Todo lo que ya no íbamos a necesitar consigue que te preguntes quién es el adulto aquí, el niño que es capaz de idealizar a una madre borracha o el hijo mayor que, mientras su madre se abandona hacia un geriátrico, aparta la vista a la clasificación liguera de fútbol.

Con una escritura en la que reinan los adjetivos, Maite Núñez demuestra que sabe escribir y que poco a poco va ganando en soltura, algo que se ejemplifica con la bien encontrada conexión entre capítulos, con el eje San Cayetano o con la consecución de estirar el clímax que todo relato pide, como si fuera la masa de pizza de los domingos, a lo largo de todo el relato. Una de las claves de los relatos de Maite Núñez es que nunca te encontrarás con esa sorpresa tan del relato clásico que te deja helado de repente. Maite no usa la ultracongelación, Maite usa la nevera que debe estar estropeada en la oficina porque, no sabemos por qué, cuando metemos los yogures en ella, al cabo de unos días, están congelados. Eso es la escritura de Maite Núñez, una congelación lenta, uniformemente acelerada, incontrolable y fatal.

Todo lo que ya no íbamos a necesitar es la mano del médico torpe que te abre una cicatriz que creías olvidada y que te hace surgir la duda de si lo ha hecho queriendo o no. Normalmente regidos por una lluvia fina, estos doce relatos harán que te preguntes mucho, por muchas cosas, pero sobre todo por ti. Te encontrarás en los relatos, a veces te parecerá que solo los hayan escrito para ti. Pero no. Del polvo venimos y al polvo vamos, y ese polvo, queridos amigos míos, es idéntico, huele igual y tiene el mismo gusto en todos y para todos. Sois vosotros mismos, leéis y os parece ser otros y esos otros os vuelven a llevar al principio, a vosotros mismos. Pero aún así, leed, aquí tenéis una buena oportunidad.

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