Desde Broadway con Laura Linney en La loba, de Lillian Hellman

Por Luigi De Angelis Soriano

Mi oportunidad de apreciar el genio de Lillian Hellman  (1905-1984) como autora teatral ha tenido lugar a través de las películas. Por ejemplo, The Children’s Hour, protagonizada por Audrey Hepburn y Shirley MacLaine, fue una instancia reveladora respecto de la profundidad que ofrece el teatro para abordar los prejuicios y la condición humana. Recuerdo que cuando vi aquella película, de inmediato pensé en el impecable diseño de la historia y lo adelantada que ésta era para su época. De igual modo, y no hay sorpresa en ello, mi primera aproximación al clásico The Little Foxes (La loba) se produjo a través de la película de 1941; la cual, dirigida por William Wyler y protagonizada por Bette Davis, es un paradigma de cómo se debe ver, oír y sentir una adaptación de las tablas al celuloide.

Consciente de la importancia del trabajo de Hellman y con el buen sabor de la película de Wyler, me emocionó mucho la oportunidad de asistir al actual revival en Broadway. Dirigida por Daniel Sullivan, esta versión de una de las obras fundamentales de la dramaturgia estadounidense, cuenta con un diseño de producción exquisito que desde que se abre el telón provoca una agradable sensación de viajar en el tiempo. El vestuario, el maquillaje, los acentos de los personajes y hasta el más mínimo detalle del decorado evocan el colorido encanto de una mansión del sur de los Estados Unidos a finales del siglo XIX. Y mientras la mayoría de los que disfrutamos de los libros, las películas y el teatro sabemos que las tierras sureñas han sido el escenario de paradigmas de la cultura estadounidense, la pregunta que cabe es: ¿qué tan vigente es La loba hoy?

El argumento de la historia gira en torno a tres inescrupulosos hermanos de clase acomodada dispuestos a hacer lo que fuere necesario para amasar más y más dinero. De los tres, la más astuta y audaz es Regina (Laura Linney), quien en el camino hacia la riqueza sin límites debe convencer a su buen esposo Horace (Richard Thomas) de invertir en un negocio junto a sus hermanos Oscar (Darren Goldstein) y Ben (Michael McKean), e incluso analiza la posibilidad de casar a su hija Alexandra (Francesca Carpanini) con su inútil sobrino Leo (Michael Benz).

Infeliz, pero al mismo tiempo capaz de encontrar momentos de alegría a través de las pequeñas cosas, la tía Birdie (Cynthia Nixon) es el personaje que completa el cuadro familiar pintado por Hellman, una auténtica oveja en un mundo de lobos y la proyección de lo que le ocurrirá a Alexandra si no escapa a tiempo del tóxico ambiente generado por su madre y sus tíos.

Con el argumento descrito con cierto detalle, no es difícil responder la pregunta. La loba, como buen clásico que perdura en el tiempo y desafía límites lingüísticos y geográficos, es una obra que posee vigencia plena. La historia en concreto bien se puede desarrollar en contextos como Madrid o Londres en el siglo XXI o Tokio o Brasilia en el siglo XXII. De lo que realmente trata esta pieza es de la ambición y la hipocresía, cuestiones humanas y reales que hombres y mujeres han experimentado, sobre todo en ámbitos en los que el logro de los objetivos está por encima de los medios. ¿No es acaso esta la realidad de un mundo en el que el valor de las cosas se mide por su peso en oro?

Luego de dejar clara la vigencia de la obra, reporto con beneplácito que el revival no sólo es exquisito en su forma, sino también en los aspectos de fondo. La impecable realización permite apreciar todo el poder de las palabras de Hellman. Posee sus instancias de humor, pero en esencia es una reveladora e inquietante expresión de los aspectos turbios del corazón humano. En este sentido es tonalmente adecuada; ni por un segundo aburre, tampoco pierde la fuerza. Se aprecia una evidente sinergia entre la dirección general y los actores. El excelente y profesional elenco confiere brillo al espectáculo, con un grupo de secundarios sobresalientes, en especial Richard Thomas; y sus dos famosas actrices principales; Laura Linney y Cynthia Nixon; quienes se entregan en cuerpo y alma a sus caracterizaciones.

Laura Linney, como Regina Giddens, le deja a uno sin aliento y sin adjetivos suficientes para describir lo que hace en el escenario. Desde el principio asume una postura central;  con su cáustico humor interactúa con la audiencia sin necesidad de hablarle a ella directamente; y, a través de una expresión corporal sublime (arquear una ceja o cruzar una pierna lo dicen todo), personifica a la gran antiheroína de esta historia con una  inteligencia que alcanza el genio. Fascinante, seductora, para impregnarse en la memoria por siempre. No menos espléndida es la interpretación de Cynthia Nixon en el papel de la tía Birdie. Probablemente el personaje más difícil de interpretar de la obra, siempre propenso a caer en un estereotipo ridículo o una caricatura absurda, Nixon eleva a Birdie a cumbres dramáticas de delicada emotividad. Su retrato posee los matices necesarios para apreciar la humanidad que subyace en el interior de esta mujer peculiar y su monólogo animado por el exceso de licor es sencillamente divino.

Perplejo, maravillado, así he quedado después de ver La loba en Broadway. Si el teatro explora la condición humana y abordar aquellos aspectos que no pierden interés con el paso del tiempo, esta es la obra. Si el teatro trata de escapar de una realidad para vivir en otra, que quizás es todavía más real, esta es la obra. Y si a todo ello le añadimos la oportunidad de ver a un par de actrices excepcionales alcanzar cumbres interpretativas frente a nuestra mirada emocionada, esta es definitivamente la obra.

Asistí a la función del 3 de mayo de 2017, a las 19:00 en el Teatro Samuel J. Friedman (261 West 47th Street, New York, NY 10036)

 

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