Carmen de Burgos, una ‘Colombine’ por los derechos de la mujer

Por Pilar Martínez Manzanares. @pilar_manza

El periodismo y la literatura son dos universo con el mismo denominador común, la palabra. Son muchos los nombres que ha conectado ambos ámbitos hasta límites insospechados, uno de ellos se encuentra en los inicios  de las mujeres en el mundo de la información. Carmen de Burgos es considerada la primera mujer periodista profesional en España y en lengua española por su condición de redactora del madrileño Diario Universal, firmando en muchos casos como Colombine.

Nacida en Almería en 1867, vivió en Rodalquilar, Níjar, donde su padre, vicecónsul de Portugal en Almería, poseía tierras, minas y el cortijo La Unión. A los dieciséis años se casó con Arturo Álvarez Bustos, periodista doce años mayor que ella. Este era hijo del gobernador civil de Almería, quien además tenía en propiedad la tipográfica que imprimía el principal diario de la capital, lo cual permitió a Carmen familiarizarse con el mundo de la prensa desde joven.

Con tan sólo diecisiete años Carmen se casó con un periodista doce años mayor que ella, Arturo Álvarez Bustos. Su matrimonio fue dramático pues no sólo perdió a tres de los cuatro hijos que tuvo con su marido sino que éste pronto desató su agresividad sobre Carmen que sufrió malos tratos constantes. Para sorpresa de todos, Carmen de Burgos decidió un día dejarlo todo y, puesto que el divorcio no estaba aún legalizado en España, abandonó su casa y se marchó a Madrid con su hija dispuesta a empezar una nueva vida.

A finales de 1906 retomó su labor docente y periodística y lanzó una campaña en El Heraldo de Madrid a favor del sufragio femenino con una columna titulada El voto de la mujer. Al año siguiente, con la llegada al gobierno del conservador Antonio Maura, el ministro de Instrucción Pública Rodríguez-San Pedro la destinó a Toledo para alejarla de Madrid, según su biógrafa Concepción Núñez. Seguía volviendo a su casa de Madrid todos los fines de semana para animar la tertulia literaria que había creado a su regreso de Francia, ‘La tertulia modernista’. Aquella reunión semanal de escritores, periodistas, músicos, artistas plásticos, poetas y artistas extranjeros de paso por Madrid se mantuvo varios años y estuvo en el origen de la Revista crítica. Allí conoció a Ramón Gómez de la Serna, entonces un desconocido estudiante de 18 años, con el que mantuvo una intensa relación amorosa y literaria durante 20 años.

Trabajó en El Universal, El Globo, La Correspondencia de España, El Heraldo de Madrid y ABC, diario del que fue la primera redactora. Cubrió diferentes episodios de la Guerra de Melilla en 1909, siendo una de las primeras mujeres corresponsales de guerra de la historia de España. Además de su intensa obra periodística son destacables sus conferencias en el ámbito del movimiento feminista; como por ejemplo: La misión social de la mujer (1911) y La mujer en España. No fue muy bien considerada por un importante sector de los críticos y escritores contemporáneos que en muchas ocasiones colocaron su labor y su obra relegada y reducida a la condición de “amante” de Ramón Gómez de la Serna.

Entre sus novelas más populares puede citarse Puñal de claveles, escrita al final de su vida y basada en el suceso conocido como el crimen de Níjar, que tuvo lugar en 1928 en el Cortijo del Fraile, en los Campos de Níjar, y que fue una de las inspiraciones con que contó Federico García Lorca para sus Bodas de sangre.

Con la proclamación de la Segunda República en 1931, la nueva constitución reconoció el matrimonio civil, el divorcio y el voto femenino, colmando así las aspiraciones de Carmen de Burgos. Se afilió al Partido Republicano Radical Socialista y fue nombrada presidenta de la Cruzada de Mujeres Españolas y de la Liga Internacional de Mujeres Ibéricas e Iberoamericanas. Fue también elegida vicepresidentea primera de la Izquierda Republicana Anticlerical, y en noviembre de 1931 ingresó en la masonería donde fundó la logia Amor de la que era Gran Maestre.

Tras una vida marcada a fuego por la literatura y el periodismo, la escritora fallecía el 8 de octubre de 1932  a la edad de 64 años. Clara Campoamor, junto con varios intelectuales, pidió que se diera su nombre a una calle de Madrid. Tras la Guerra Civil y la victoria del régimen franquista, su nombre fue incluido en la lista de autores prohibidos y sus libros desaparecieron de las bibliotecas y las librerías. Por su condición de mujer se vio obligada a usar durante muchos años diferentes pseudónimos, sin embargo eso no impidió que su talento brillara como ningún otro. Siempre habrá un hueco de honor para la tan esperada Colombine.

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