Relato Culturamas: La oscuridad luminosa

Esta semana os traemos el relato La oscuridad luminosa, de Emma Prieto Rubio.

¿Qué otra cosa es la vida, más que oscuridad general con pequeños destellos luminosos? Eso parece decirnos este relato, y para eso sirve la literatura, para iluminar rincones desde lo pequeño y para iluminarnos.

Esperamos que os guste y os animéis a comentarlo.

Podéis descarga el relato aquí La oscuridad luminosa, Relato Culturamas 25 de mayo

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La oscuridad luminosa

¡Ay, Emilia! con el respeto que te tenían antes, (doña por aquí, doña por allá, (eran otros tiempos, eso sí), y ahora todos te tutean a pesar de la edad.

Posas los pies en el suelo a la manera de siempre: primero el dedo gordo, el que te chiva la temperatura de las baldosas, y luego los demás, desplegándolos en abanico. En la oscuridad buscas la bata a tientas, arrastrando los pies por miedo a tropezarte con cualquier mueble y que se despierte alguno de los niños. En cuanto empieza a llorar uno, los demás le hacen coro y luego no hay quien los pare. Mientras te diriges al baño piensas, o te dices, o las dos cosas a un tiempo, que te dejes de zarandajas, que arrastras los pies igual que arrastras los años, porque estás cansada y torpe y lo que temes es tropezarte y caerte, a ver quién te encuentra luego, los niños no van a ser, desde luego, porque hace tiempo que crecieron y se marcharon; eran tus hijos, pero luego se convirtieron en otra cosa, se convirtieron ellos mismos en padres, ellos, a los que tanto habías cuidado, cuidando a su vez de otros, qué cosas, que tú ni te imaginas dónde pudieron aprender, en tu casa crees que no, pero quién sabe , la cosa es que de tan ocupados, dejaron de ser hijos porque a veces no se puede ser las dos cosas a la vez.

Ahora que ha llegado el invierno y a las seis es casi de noche, la oscuridad se ha convertido en tu compañera. No te quejas. Hay que ser agradecida. Al fin y al cabo todos tenemos nuestras sombras.

Pulsas el interruptor para comprobar lo que sabes de sobra, que hace más de una semana que vives sin luz, desde que llegó aquel sobre a tu nombre (esta vez sí con el doña delante) con un recuadro negro como una especie de esquela y, dentro, la palabra urgente escrita en rojo. Entonces no lo abriste porque así, sin abrir, puede ser de cualquiera, de tu amiguísima Herminia a la que no ves desde hace más de veinte años, de uno de tus hijos contándote que serás de nuevo abuela o de un concurso que te nombra ganadora de un viaje al Caribe, con las ganas que siempre has tenido tú de conocer Cuba y remojarte las piernas (tampoco más, que ya se sabe que el mar es traicionero y tú de tierra adentro) en ese mal azul turquesa.

La vida no deja de sorprenderte. Resulta que en este nuevo paisaje de penumbra en el que ahora te mueves, está empezando a comprender. Tanta luz era engañosa. Dañina. Uno cree en lo que ve y se olvida de lo demás. Los ojos sirviendo de guía. Ja. Los ojos. Sembrando confusión. Y eso que son dos. Pero y qué. Te empieza a marear salir a la calle. Esa amalgama centelleante de rojos, azules y verdes: semáforos, farmacias, taxis, ambulancias, bomberos, coches patrulla, perros con collares fluorescentes, árboles de Navidad. Y luego ese parloteo incesante (todos los que hablan, preguntan, responden, se interesan, aconsejan) aterrizando sobre tus vértebras, C7 o L5, qué más da, la cosa es que ahora andas un poco escorada hacia la izquierda como una barca a punto de irse a pique.

Cuánto mejor en casa, al atardecer. Te sientas a la vera de la ventana a mirar cómo el sol se oculta. Resulta que ahora ambicionas las sombras que llegan despacio hasta conquistar tu casa y a ti misma. Paladeas una calma serena y desconocida. Una quietud silenciosa a la que te gustaría poner nombre. Guardas un secreto. Es un secreto de un verde intenso que se vuelve casi morado al trasluz (es sorprendente que puedas saber esto en mitad de la oscuridad, pero el mundo es tan desconcertante). Eres y no a un tiempo la Emilia de siempre. Esta mañana al ir a comprar el pan te has cruzado con una estudiante que llevaba bajo el brazo una carpeta forrada con postales. En una de ellas, la que ocupa el centro, has leído “La esperanza es el ser con plumas que anida en el alma” y debajo, Emily Dickinson.

Menuda suerte. Alguien que escribe una frase tan hermosa lleva tu nombre. Eso es un signo, una señal. Luminosa, además. Te entran ganas de brincar y saltar pero a tus pies les da igual las ganas y has tenido que conformarte con arrastrarlos hasta tu piso. Esperas ansiosa la llegada de la noche para, envuelta en tinieblas, repetirte en bajito “Emily”, una y otra vez, “Emily”, que es un nombre mucho más bonito que Emilia, dónde va a parar, un nombre como con cutis y piel sonrosada y a quien lo lleva no le pueden doler los pies ni nada.

Y después te concentras en respirar. Alguien te dijo que el que sabe respirar, sabe vivir-¿quién te diría algo así? No lo recuerdas. Pero pruebas. Tomas aire, lo retienes y lo exhalas poco a poco. Hinchas los pulmones y después envías oxígeno, un rey mago gaseoso, a las costillas, al pecho a las clavículas, al abdomen. Liberas así tensiones y rigideces, te quitas capas como si fueras una cebolla, todo lo inservible que has ido acumulando con el tiempo, desengaños, cartas, prisas, enfermedades, pérdidas, desamores, obligaciones, insomnio, estreñimiento, envidias, trabajo, mudanzas, la extracción de tres muelas, fotos, compromisos, dolor articular, facturas, cuarto y mitad de carne picada que no hay que descuidar las proteínas; de todo eso te desprendes hasta quedarte ahí, sin imágenes ni pensamientos, solo respirando.

Algo tibio y carnoso, despierta y crece en tu interior, no en el útero como en ocasiones anteriores, sino entre el pecho y las costillas, algo como una bola de plumas húmeda y esponjosa que parece rozar con la punta de las alas, el comienzo de tus escápulas. ¿Puede de verdad la frase de un poema infiltrarse en tu sangre y crear vida?

Tú, Emilia o Emily, qué más da, no estás segura, y, sin embargo, te sientes otra o, aún mejor, la misma de siempre y cómo ibas a sospechar tú que la misma de siempre podía ser esta Emily nueva.

Hay noches en las que nieva o a ti te parece que nieva. Te llegan entonces ráfagas de luz como certeros disparos a quemarropa. Ahí, viendo caer los copos, te das cuenta del transcurrir de la vida y sientes que te diluyes en ella como si la vida y tú fuerais la misma cosa, poco más que un copo de nieve encendido

Alguien está llamando a la puerta. No esperas a nadie pero llaman a la puerta y uno, no sabe por qué, cuando llaman a la puerta, va y abre. En el dintel, una chica joven, vestida con ropa holgada y el pelo como un nido, te sonríe. Puede que sea una de tus nietas pero a ti te da como apuro preguntar. La chica le da un beso al aire a modo de saludo y luego comienza con una charla que te marea. Parece conocer muchas cosas de tu vida así que a lo mejor resulta que sí es tu nieta, pero a lo mejor no, porque tu nieta no te visita desde hace años. Pelo Nido habla y habla sobre vergüenzas y dignidad, falta de recursos y apagones de luz. Tú, Emily o Emilia, nunca se sabe, sonríes con indulgencia, le dices que no se preocupe, que te has acostumbrado y la falta de luz no te molesta lo más mínimo, es más, casi lo agradeces porque ahora eres otra o la misma pero despojada de todo. La chica te sonríe, tiene una sonrisa bonita hay que reconocerlo y, mientras siembra velas por toda la casa, como si fuera la suya, (¿es tu nieta, entonces?) te advierte de la importancia de acudir periódicamente a tu médico de cabecera. También tú sonríes pero tu sonrisa está hecha de guiones o de paréntesis, una mueca que inaugura una disculpa al contestarle que, aunque le resulte difícil creerlo, ahora que has descubierto quien eres puedes prescindir de la luz, de la eléctrica, quieres decir.

Con una expresión de extrañeza, Pelo Nido se rasca un brazo y luego el otro y después se ofrece a concertarte ella misma una cita telefónica con el médico, por si tienes dificultades para hacerlo sola, te dice, y, antes de marcharse, derrochando ósculos al aire, deja encima de la cómoda un mechero.

Paseas por la casa observando las velas. Llevan un cartelito incrustado en el que se informa de su olor: jacinto, madreselva, lavanda, clavo y canela, rosa del desierto. Tú hubieras preferido que Pelo Nido se quedara un poco más y fuera su olor a juventud intempestiva el que quedara flotando en el ambiente. Ni siquiera te hubiera importado doblarte por la mitad para recoger del suelo uno de sus cabellos enredados. Si se hubiera quedado tan solo un rato más, habrías acabado por contarle, que ahí, entre tus costillas y el esternón, te crece una vida helicoidal y elástica recubierta de una pelusa dorada, como el germen de una esperanza que tú no sospechabas que pudiera ser tan pegajosa.

SOBRE LA AUTORA:

Emma Prieto Rubio

Nació en Madrid y creció en Las Palmas de Gran Canaria. Licenciada en Ciencias de la Educación. Ha impartido talleres de cuentacuentos en diversos colegios de Educación Primaria y actividades como cuentacuentos para adultos en la librería El dragón lector. Trabaja como profesora en un colegio de Educación Especial donde coordina el concurso anual de relatos cortos. Ha sido alumna de Eloy Tizón y finalista del concurso de relatos de El diario de León con el cuento “Vocabulario”, incluido en este libro.
La antología de relatos ” Incómodos” (Relee, 2016) incluye su cuento “Piruletas”.

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4 respuestas a Relato Culturamas: La oscuridad luminosa

  1. Me ha gustado. Tiene el regusto agridulce de la soledad buscada por culpa de la vejez, del abandono involuntario. La espera del final intuido pero sin perder la esperanza de que aun quedan cosas que merecen ser vividas; cosas inmateriales, no mundanas: la visita de una nieta, la llegada de un recuerdo, el nacimiento de una idea…

    J.L.
    25 mayo 2017 at 22:54 pm

  2. Julia, muchas gracias por tu interesante lectura, por ver esperanza en ese regusto amargo, por tu enfoque.

    Los Relatos de Culturamas
    26 mayo 2017 at 10:14 am

  3. ¡Hermoso relato! Emilia es una llave y una cerradura, una puerta vetusta barnizada de luz, y abierta de par en par, a un ahora sereno de un vivir vivido que no deja indiferente. Todo lo contrario, atrae la curiosidad del lector y a a la vez nos nutre de sensibilidad emociones perdidas o nunca halladas.

    Eduardo Sanchís
    2 junio 2017 at 10:18 am

  4. Ciertamente es un relato que nos ilumina a partir de la banalidad. Muy acertada la imagen de la llave y la cerradura. Gracias por tu lectura.

    Los Relatos de Culturamas
    4 junio 2017 at 17:51 pm

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