Desde Londres: “Zero Point” de Darren Johnston o la insuficiencia de la teoría

Por Eloy V. Palazón

 

Darren Johnston es un coreógrafo particular que, además, trabaja en el campo de las artes visuales y sonoras. Todas estas facetas se unen en su último espectáculo, una obra total en la que la mayor parte de componentes están diseñadas por él. Su nombre se ha visto unido a otros como Aphex Twin, Chris Cunningham o la London Contemporary Orchestra. La pasada semana presentó en el teatro del Barbican de Londres su última obra, Zero Point, el resultado de cuatro años de investigación en la que la escenografía y la luz tienen su propia firma y la música es del artista sonoro canadiense Tim Hecker.

En Zero Point convergen muchas cosas, demasiadas tal vez. Hay una clara voluntad de crear, a través de la luz, una arquitectura inmersiva. Dice Johnston que “la idea de transformar el espacio físico para crear entornos inmersivos me llevó a aprender y dedicarme a las proyecciones de video como metodología para crear ilusiones y alterar la percepción de la audiencia”. Esto no sólo se construye con las arquitecturas virtuales que se proyectan sobre el escenario que, además, los bailarines van construyendo en el desarrollo de su movimiento, sino que además la pretensión es la de borrar los límites entre el espacio escénico y el del espectador cuando las luces se dirigen directamente, y ciegan, al espectador. Contribuye a esto la música ambiental creada por Tim Hecker. El coreógrafo vio uno de sus espectáculos en Berlín, dentro de una catedral, y supo al instante que ese era el tipo de efecto ceremonial y espiritual que quería crear en este caso.

Muchas ideas presentes en las obras provienen de filosofías orientales. El estado de trance que, en parte, se consigue con la inmersión dentro de esas arquitecturas de luz  intenta ser uno de los objetivos al elegir al Butoh japonés y a las danzas rituales del este como modelos conceptuales desde los que parte el movimiento en la coreografía. Los movimientos son repetitivos e hipnóticos, como un mantra corporal. Aunque la coreografía la firma el propio Johnston, es el resultado de un trabajo minucioso con los bailarines, todos de origen oriental. Sin embargo, aunque el trabajo es visible, el resultado se queda corto. A la media hora uno ya lo ha visto y vivido, por eso de la inmersión, todo. Es algo pretenciosa, al querer decir más de lo que realmente puede verse.

En esta línea, el programa nos dice que el minimalismo de la escena tiene sus raíces en el concepto japonés de Ma y, ¡agárrense!, en la mecánica cuántica. ¡Ya estamos! Siempre que aparece la filosofía oriental, la mecánica cuántica tiene que aparecer por algún lado. Ya se sabe, la fisicalidad de la energía y esas cosas… Algunos piensan que si meten conceptos complejos de física por algún lado su obra es más profunda y lo que consiguen es todo lo contrario, superficialidad conceptual. En serio, ¿en qué beneficia esta alusión a la cuántica en Zero Point? Creo que en nada, pero bueno, queda bien ponerlo por ahí. Queda resultón y ahí se queda la cosa. En general, la obra se queda corta. Pretende más de lo que al final es y se torna aburrida (sin pretender serlo) en algunos puntos.

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