Microteatre Barcelona es teatro

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Por Víctor González

Me gustaría empezar este texto diciendo lo que es el teatro pero no me atrevo ni a explicar qué soy yo, con lo que ese tema lo dejaremos apartado para conquistadores de mundos tan lejanos y perdidos, por lo menos para mí. Me sabe mal porque al no saber explicarlo tendré que alargarme dando vueltas a algo tan simple como la defensa – inútil por evidente – de algo que claramente y por supuesto es algo. Me gustaría empezar diciendo lo que es el teatro porque así podría compararlo con Microteatre Barcelona y, al ver cuánto se parecen, ya nos quedaría a todos bien claro que una y otra cosa son la misma cosa. Y entonces poder estar todos seguros de que lo que el niño aplaudía hace unos días en nuestra obra subido al regazo de su padre mientras este en vez de mirar la obra miraba a su hijo y sonreía pensando –o eso creí yo– que su hijo estaba empezando a descubrir lo que era el teatro; de que lo que la señora de noventa años que vino a vernos aplaudía con esa maestría que da la edad en la que uno es capaz de aplaudir mientras se abanica; de que lo que tantas amistades y alegrías –también estas dos cosas son la misma– nos ha dado y nos dará; de que todo estos –y muchísimos sentimientos más que siguen provocando aleteos en los corazones de actores, directores y gente de teatro que de jueves a domingo regalan sin ningún tipo de compromiso sus sonrisas–; de que todo esto no es teatro. Imagínate que ahora le decimos a ese padre que eso que su hijo estaba viendo, que eso que su hijo estaba aplaudiendo, no es teatro. ¿Aguantaríamos ver al niño llorar? Imagínate que se lo decimos a la señora. ¿Aguantaríamos la bofetada que seguro que nos daría? Imagínate que se lo decimos a esa gente de teatro. ¿Querrían brindar alguna vez más con nosotros? Imagínate que te lo dices a ti mismo. ¿Te volverías a mirar al espejo?

Me da igual lo que sea el teatro en su forma o acepción oficial si esta no es romper la soledad de cada uno por unos minutos –a veces quince, a veces toda una madrugada, a veces un mes, a veces siempre–, si esta no es hacer sentir a alguien un poco grande por unos días, si esta no es que una madre mire a su hijo o hija orgullosa porque su pequeño o pequeña está actuando para gente, aunque lleve varios años rogándole que se apunte a una carrera, que siga un camino decente, que se labre un futuro. ¿Qué demonios es ese «futuro»? ¿Dónde diablos está?

Debo reconocer que no ha sido la primera vez que entraba a Microteatre Barcelona pero sí ha sido la primera vez de algo que voy a contar. Y es que las otras veces que entré siempre fue como espectador y siempre me fui con la rabia de ver a los actores congeniando con el público, con sus directores, sus técnicos o con la gente del local. Yo no me atrevía. Me fui con esa rabia del que no compra un libro porque odia al autor por el simple hecho de que este consiga escribir lo que él no puede. Me dije que yo quería estar ahí, quería ver si eso era un simple escaparate de moda donde todo se ve bien y todo es envidiable con el cristal de por medio. Y no. Conseguí romper el cristal, me quité las gafas y vi aquello de cerca. He conseguido compartir con grandes compañeros y amigos una obra de nuestra autoría. Y al verlo de cerca sentí que me tocó. Me llenó el pecho por varios días que nunca podré decir que fueron suficientes, durmió a la solitaria que tenía dentro y se comía día tras días mis ganas de querer ser gente y no persona o cosa, destruyó por un mes a mi yo pared para ofrecernos –incluso a mí– un yo espejo, tal y como eran y son todos los que estaban y están allí. Porque en Microteatre Barcelona te encuentras, como pasa con los mejores espejos, o como pasa con los espejos, con los simplemente espejos, en los mejores momentos. ¿Y no es ese el objetivo principal del arte? ¿Y no es ese el objetivo principal del teatro? ¿Y no es ese el objetivo principal de Microteatre Barcelona? Encontrarse. Encontrarte. Ser alguien. Aunque sea un rato.

Cada día que entraba en el baño de hombres del local mis ojos se posaban en ese «gracias por crear este templo para nuestro arte» que alguien –gracias– ha pintado. La primera semana me quedé con lo de «templo», salí de allí, miré los recuerdos que guardaban de otras obras a modo de reliquias santas, las fotos de antiguos participantes, las miradas de bienvenida de todos y me dije sorprendido «sí, templo». La segunda semana me quedé con lo de «arte» y empecé a reflexionar a solas –por miedo a que me dijeran que ya estaba aguando la fiesta– acerca de si eso era arte o no. Me vi todas las obras de mañana y tarde y me dije convencido «sí, arte». La tercera semana empezaba a pensar que eso ya se acababa y me quedé con lo de «gracias». Intentaba hacer crecer un poco más la sonrisa, intentaba abrir un poco más los brazos en ese abrazo gigante que es este lugar y como veía que siempre me ganaban en el esfuerzo los demás –como si ese espejo del que hablaba allí dentro se trucase– me dije feliz «sí, gracias». Y llegó la última semana y con ello el último día y con ello el lunes de resaca sin alcohol en la que el dolor de cabeza baja al pecho y pensé que me había dejado lo más importante: el «nuestro». Y entonces pensé que no sabía quién entraba dentro de ese «nuestro» pero que si esta gente abría tanto los brazos cierto día sería capaz de abarcar incluso a los que a día de hoy defienden que están fuera de ese nosotros con el argumento de un no delante de la palabra teatro. ¿Quién dice que eso no es teatro?He visto preocupación en los ojos de quien quizás esté comenzando a dudar en serio de si eso al final será teatro o no y no entiendo por qué no se miran los brazos, por qué no miran ese abrazo inmenso que ofrecen cada día y que es imposible rechazar, por qué no miran ese espejo trucado que son en el que cualquiera se ve más grande, más bueno y más guapo mientras está ahí dentro, por qué no se dan cuenta de que uno se siente alguien en ese pequeño recinto que han creado.

Cuando llegué a casa después de la última despedida me dije sin miedo «sí, nuestro». Por siempre. Y para siempre. Y nosotros, que somos todos. Microteatre Barcelona es teatro, y es teatro para todos.

 

 

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