Søren Kierkegaard: “El amor no busca lo suyo”

Søren Kierkegaard (1813-1855)

El amor no busca lo suyo; porque en el amor no hay ni mío ni tuyo. Ahora bien, mío y tuyo no son más que una determinación relativa a “propio”; por lo tanto, si no hay mío ni tuyo, tampoco hay algo propio; y no habiendo nada propio es, sin duda, imposible buscar lo suyo. (…)

Porque el amor es también un suceso, el mayor de todos, y además el más alegre; el amor es un cambio, el más extraño de todos, si bien el más deseable, y precisamente solemos decir, en un sentido excelente, que alguien que es presa del amor se transforma, o que es transformado; el amor es una revolución, la más profunda de todas, si bien ¡la más bienaventurada! Así la confusión se encuentra allí donde está el amor; y en esta vivificadora confusión ya no hay para los amantes ninguna diferencia entre mío y tuyo. ¡Asombroso: hay un tú y un yo, y no hay ni mío ni tuyo! Ya que sin tú ni yo ningún amor, y con mío y tuyo ningún amor; pero mío y tuyo (estos pronombres posesivos) están formados a partir de yo y tú, y por tanto, parecería que debieran darse en todas las partes en que hubiera tú y yo. Y claro que se dan en todas partes, excepto en el amor, que es una revolución desde los fundamentos. Cuanto más profunda resulte esa revolución, de manera más perfecta desaparecerá la diferencia entre mío y tuyo, y tanto más perfecto será el amor. Su perfección residirá esencialmente en que no se revele que, oculta en el fundamento, haya yacido y yazca, con todo, una diferencia entre mío y tuyo; por consiguiente, reside esencialmente en el grado de la revolución. Cuanto más profunda sea la revolución, tanto más se estremecerá la justicia; cuanto más profunda sea la revolución, tanto más perfecto será el amor.

Y ahora, ¿queda abolida por completo en la pasión amorosa y la amistad la diferencia entre mío y tuyo? En la pasión amorosa y la amistad se produce una revolución del amor de sí, que sacude al amor de sí y tuyo en litigio. Por eso el enamorado se siente fuera de sí, fuera de lo propio y como arrebatado en la vivificadora confusión de que para él y el amado, para él y el amigo, ya no exista ninguna diferencia entre mío y tuyo, “ya que -según dice el amante- ¡todo lo mío es suyo…y lo suyo… es mío!”. ¡Cómo! ¿Entonces ha sido abolida la diferencia de mío y tuyo? Porque cuando lo mío se ha convertido en tuyo y lo tuyo en mío, entonces todavía subsiste un mío y tuyo, sólo que el trueque acontecido denota y garantiza que ya no se trata en adelante del mío relativo al primer e inmediato amor de sí, aquel “mío” que se encuentra en litigio con un tuyo. Con el trueque, el mío y tuyo en litigio se han convertido en el mío y tuyo comunes. Con lo que hay comunidad, una comunidad perfecta, en mío y tuyo.

Una vez trocados mío y tuyo, se convierten en “nuestro”, que es la determinación en la que radica la fuerza propia de la pasión amorosa y la amistad, o donde al menos estas son fuertes. Mas “nuestro” significa para la comunidad exactamente lo mismo que “mío” para el individuo aislado, pues sin duda “nuestro” no está formado a partir del mío y tuyo en litigio, ya que de ahí no puede formarse ninguna asociación, sino a partir de lo mío y tuyo reunidos, trocados. ¡Mira, esta es la razón de que la pasión amorosa y la amistad en cuanto tales no sean más que amor de sí ennoblecido y ampliado, a la par que no puede negarse que la pasión amorosa sea la dicha más bella de la vida y la amistad el mayor bien temporal! La revolución del amor de sí en la pasión amorosa y la amistad no es en modo alguno lo suficientemente profunda, desde los fundamentos; por eso dormita en ellas todavía, como una posibilidad, la diferencia originaria y en litigio entre mío y tuyo del amor de sí. Se suele considerar como un símbolo plenamente característico de la pasión amorosa el que los amantes se intercambien los anillos; claro que, además de ser plenamente característico, es no obstante un símbolo mediocre del amor, ya que lo que se hace es intercambiar. Y un intercambio no suprime en absoluto la diferencia de mío y tuyo, porque aquello que adquiero en el trueque se convierte a su vez en mío. Cuando los amigos mezclan su sangre mutuamente, acontece sin duda una transformación fundamental, ya que al mezclar la sangre surge una confusión: “¿Será mi sangre la que corre por mis venas? No, es la del amigo; pero entonces es mi sangre la que a su vez fluye por las venas del amigo”. Esto quiere decir que el yo ya no es lo primero para sí mismo, sino el tú, y, sin embargo, acontece también lo mismo a la inversa.

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El amor no busca lo suyo, porque prefiere dar de tal manera que el don parezca ser propiedad del que lo recibe.

Cuando en las relaciones civiles hablamos de la condición de los seres humanos, diferenciamos a aquellos que están por cuenta propia, de aquellos que son dependientes, y deseamos a todos que puedan algún día, según se dice, ponerse a punto para estar por cuenta propia. Pero también en el mundo del espíritu constituye cabalmente lo supremo el llegar a estar uno por cuenta propia y ayudar amorosamente a uno para que sea él mismo libre, independiente, esté por cuenta propia. Ayudarle a mantenerse a él solo: eso representa el máximo beneficio. Porque, ¿cuál es el máximo beneficio? Desde luego, no cabe duda de que es este que acabamos de mencionar, cuando, notémoslo bien, el amoroso sabe además pasar desapercibido, de suerte que el que ha sido ayudado no se haga dependiente de él al deberle el máximo beneficio. Esto significa que el máximo beneficio es cabalmente el modo en el que se hace el único beneficio auténtico. Esencialmente ese modo es uno solo, aunque en otro sentido puedan ser muy varios los modos de llevarlo a cabo; cuando el beneficio no se hace de este modo, entonces está muy lejos de ser el máximo beneficio, e incluso muy lejos de ser un beneficio. Así las cosas, no se puede decir cuál sea el máximo beneficio, consistente en ayudar a otro a mantenerse él solo, no puede hacerse de manera directa.

Procuremos entender esto. Cuando digo: “Este ser humano se mantiene solo…gracias a mi ayuda”, y suponiendo que sea verdad lo que digo, ¿habré realizado entonces lo máximo que podía hacer por él! ¡Veámoslo! ¿Qué quiero decir con esto? Yo digo que “se mantiene él solo exclusivamente gracias a mi ayuda”; pero entonces resulta que no se mantiene él solo, resulta que no está por cuenta propia. Es a mi ayuda a la que le debe todo esto, y él lo sabe. Ayudar a un ser humano de este modo es en realidad engañarlo. Y, sin embargo, es éste el modo en el que suele las más de las veces hacerse el máximo beneficio en el mundo, es decir, del modo en que no puede hacerse; y, sin embargo, es éste el modo apreciado especialmente en el mundo, cosa por cierto muy natural, ya que el modo auténtico se eclipsa, luego no se ve, de suerte que exime tanto al mundo como a los propios interesados de toda dependencia. Y el que ha sido ayudado del modo indebido y sin sentido, no se cansa de alabarme dando las gracias por el máximo beneficio (el de que se mantenga él solo gracias a la relación de dependencia conmigo); él y su familia y todos absolutamente me venerarán y elogiarán como a su máximo benefactor, ya que tan amablemente he hecho que aquél dependa de mí, o bien, cosa bien curiosa, que la gratitud se exprese de un modo totalmente descabellado; pues en vez de decir que lo he hecho depender de mí, se dice que lo he ayudado a mantenerse él solo.

Por lo tanto, el máximo beneficio no se puede hacer de tal modo que el que lo recibe se entere de que me lo debe a mí; pues si él se entera, entonces no será precisamente el máximo beneficio. En cambio, si alguien dice: “Este ser humano se mantiene él solo…gracias a mi ayuda”, y suponiendo que sea verdad lo que dice, entonces no cabe duda de que aquél ha realizado en favor de tal ser humano lo máximo que un ser humano puede hacer por otro: lo ha hecho libre, independiente; y cabalmente, al ocultarte su ayuda, le ha ayudado a mantenerse él solo. En una palabra: a mantenerse él solo…¡con la ayuda de otro! Fíjate, hay muchos escritores que usan los puntos suspensivos cada vez que carecen de ideas; y también los hay que los emplean con pericia y sentido del gusto. Pero en verdad jamás se han usado de manera más significativa y jamás se podrán usar de una manera más significativa que en esta pequeña frase, con tal de que el que lo use, notémoslo bien, lo haya llevado a la plenitud, caso de que exista alguien semejante; ya que en esta pequeña frase se contiene de la manera más ingeniosa nada menos que el pensamiento de la infinitud, se supera la mayor de las contradicciones. Se mantiene por sí mismo, esto es lo máximo; se mantiene él solo, no ves nada más; no ves ninguna ayuda ni apoyo, ni mano alguna de cualquier burdo chapucero que lo sujete, igual que tampoco se le ocurre a él mismo que alguien le haya ayudado; no, se mantiene él solo…con la ayuda de otro. Mas la ayuda del otro permanece oculta para él, no en cuanto el ayudado, sino a los ojos del independiente (pues si supiera que había sido ayudado, ya no sería, en el sentido más hondo, el independiente que se ayuda y se ha ayudado a sí mismo): está oculta tras los puntos suspensivos.

Se da una noble sabiduría, la cual es, al mismo tiempo, en el buen sentido, infinitamente astuta y pícara. Es de sobra conocida; si mencionara la palabra extranjera con que se la nombra [ironía], apenas encontraríamos a alguien que en estos tiempos no la conociera de nombre, aunque en realidad no muchos la conocerían si se la describiera sin hacer mención de su nombre. Frecuentemente, en el mundo se hace mención incorrecta de ella y de su nombre; cosa que no es tan extraña, pues el mundo es un pensador demasiado aturdido como para, a fuerza de tantos pensamientos, tener el tiempo y la paciencia necesarios para pensar un solo pensamiento. Aquel noble sencillo de la antigüedad sí que era maestro en esta sabiduría, y en verdad, aquel noble no es que fuera precisamente un ser humano malo o perverso, sino que además, expresándome de una manera un poco socarrona, él era, eso no se le puede negar propiamente, una especie de pensador, aunque no tan profundo como lo son los giros del moderno modo de pensar, ni tan digno de admiración como éste lo es por su poder de esclarecimiento, ya que aquél jamás llegó a tanto como para poder esclarecer más que lo que entendía.

Este noble socarrón [Sócrates] había comprendido hondamente que lo máximo que un ser humano puede realizar en favor de otro es hacerlo libre, ayudarlo para que se mantenga él solo. Y además se había entendido él mismo en la comprensión de ello, es decir, había comprendido que, para poder realizar tal cosa, el auxiliador no tenía más remedio que ocultarse él mismo: en cierto sentido, magnánimamente querer su propia aniquilación. Era, según se llamaba a sí mismo, y entendido espiritualmente, uno que ayudaba a “dar a luz”, y trabajó al servicio de tal cosa de manera desinteresada, a costa de cualquier sacrificio; ya que lo altruista radicaba cabalmente en que el al auxiliado se le ocultara el modo y el hecho de haber sido ayudado; lo altruista radicaba en que al mundo le fuera imposible comprender y, en consecuencia, apreciar su altruismo.

(Fuente: “Las obras del amor”, Editorial Sígueme, Kierkegaard)

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